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27/01/2011

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El Monstruo. - Columnas

  • “El pueblo decía asustado:
  • Le tenemos mucho miedo al monstruo, nos ataca.
  • ¿Dónde está? –preguntó el héroe.
  • No lo sabemos.
  • ¿Cómo es?
  • Tampoco lo sabemos.
  • Pero entonces ¿cómo le tienen miedo?
  • Tampoco sabemos. Lo único que sabemos es que nosotros lo hemos creado y no encontramos la forma de detenerlo.

Lo único que supo el héroe es que sería la primera vez en su vida en que no podría ayudarlos”. 

El breve cuento con el que abro esta columna especial, con la que inicio otro ciclo en la publicación de mis columnas, se me ocurrió anoche mientras conversaba con una amiga acerca de lo que se vive en esta época navideña; al seguir filosofando supe que no era algo exclusivo de esta temporada, sino de todo un estilo de vida en donde miles y miles de personas no han decidido vivir como su corazón se los indica, entonces, ahí nace el monstruo al que luego le tienen tanto temor por tanto que los ataca.

            En época navideña, la “presión” por regalar y ver a determinadas personas, es un verdadero monstruo que ataca la economía de miles de personas, ataca su dignidad también, ataca su paz, ataca sus valores, ataca su autoestima. Miles y miles de personas en esta temporada se vuelcan a los centros comerciales para buscar el mejor regalo que les es posible dar a determinadas personas con quienes sienten el deber de regalar. No niego que en algunos casos exista la sublime y hermosa excepción de “querer” regalar y así se transforme en una dicha ese acto de generosidad. Ahí no hay monstruo. Pero a lo que me refiero hoy es a lo que mayoritariamente observo en la sociedad: una ansiedad y preocupación por tener que regalar, por tener que hacer ciertas llamadas, por tener que visitar a alguien, por tener que ir a esa comida que con tanto tráfico se llega molesto, por tener que hacer lo que en el fondo no deseamos hacer en verdad. ¿Pero, entonces, por qué lo hacemos? Porque nos hemos convencido todos –casi todos— de que en esta época, “así debemos actuar”. A lo largo de generaciones y generaciones, a lo largo de mucho tiempo, hemos creado un monstruo al que ningún héroe se ha atrevido a matar, y es que el pueblo ya se acostumbró a tenerle miedo y quizá el pueblo mismo rechace al héroe y no al monstruo; el pueblo ya aceptó que así debe ser. A mí, nada me quita de la cabeza que esta ansiedad y preocupación que viven miles de personas es autogenerada. La persona misma se crea su propia ansiedad. En esta época aplica perfecto el que las personas no “caen” en depresión, “crean” su propia depresión, que es distinto. No caen en un agujero negro, sino que lo cavan, lo arreglan con salientes dolorosas, lo preparan para que quien caiga sufra, y luego se arrojan a él. Por una u otra causa, hemos creado como sociedad un inconsciente colectivo en el cual, por obvias razones, nos empezamos a comportar sin darnos cuenta del porqué de ese comportamiento, solo actuamos y sufrimos las consecuencias. Quizá lo único que nos queda es esperar a que pase la temporada y que las aguas vuelvan a tomar su cause. Yo hoy quiero proponer un nuevo inconsciente colectivo, literalmente una Nueva Conciencia para esta temporada: no regales nada material. Convive y disfruta de la compañía regalando tu tiempo y sincera atención. Resiste los embistes del monstruo que te harán sentir la necesidad de regalar por compromiso, ¡sal de ese inconsciente colectivo de una vez por todas! Sal de la debilitante creencia donde supones que si no regalas, todo el año venidero te lo cantarán en tu cara y serás presa de la crítica y el escarnio familiar, mismo que te quieres evitar dando tu regalo; eso es tan solo tu miedo al rechazo, una de las más poderosas fuerzas del monstruo. Vive la paz y la armonía de gozar unos días donde puedes cambiar de actividad y en ese cambio ya hay disfrute. Conversa. Disfruta tomando un té con galletas junto a la persona amada. Goza con la esencia de la temporada, recordando el nacimiento de un gran ser llamado Jesucristo, ejemplo a seguir para todos; platica acerca de los valores que este gran hombre nos quiso enseñar, siente la inspiración que surge cuando se habla de Él, ¡siéntela!, percibe la paz y la alegría que conlleva pensar en Él y hablar de su historia y tratar de imaginar qué pasaría si entrara hoy a tu casa, si fuera tu invitado para festejar su cumpleaños. ¡¿Te imaginas todo lo que te podría platicar?! Yo tan solo de imaginarme la escena se me pone la carne de gallina al pensar todo el tiempo que me pasaría escuchándolo y contemplándolo así tan de cerca, cenando en mi propia mesa. Serían de esos momentos en que lloraría de la pura emoción. Su mirada viéndome, su rostro, su presencia, su ser. ¡Y platicando conmigo! Yo no le diría nada, solo lo escucharía, una o dos preguntitas, pero solo eso quizá. Es más, no me gustaría ni que se fuera. No dormiría por seguirlo escuchando. Sus anécdotas, sus mensajes, su sonrisa, verlo comer en mi mesa, aceptando de su mano un poco de pan. Tocar su piel..., bueno ahí creo que sí me desmayaría. Luego (al reponerme del desmayo), leer algo de la Biblia juntos o de algún otro libro famoso que yo no entendiera y pedirle que me lo explicara o me diera su versión de los hechos. La verdad, a Él sí se me antojaría regalarle algo, aunque ahora que lo pienso, no sabría ni qué, no tengo la menor idea de lo que le gustaría a Jesucristo para su cumpleaños si se tratara de algo material, y si lo encontrara, creo que no lo aceptaría y me diría que mejor se lo regalara a alguien que lo necesitara, quizá a mí sólo me diría que mi mejor regalo para Él fue haberle permitido entrar a mi casa; todo esto diciéndomelo con su mirada tan hermosa. En esos momentos explotaría de la emoción y hasta me sentiría mal de haberle comprado un detallito que no se necesitaba cuando hay tanto amor de por medio. Bueno, en fin, creo que ya profundicé mucho en mis propios pensamientos y para colmo haciéndolos públicos. Este nuevo inconsciente colectivo que propongo creo que cambiaría mucho la perspectiva de la temporada, ¿no crees?

            Seguía conversando con mi amiga y noté que ahora que finaliza el año, me gusta analizar muchos de los diálogos que mantuve durante este. Me sorprendí que en mi consulta y con varias de mis amistades, en varias ocasiones siempre existió una crítica punzante para el “tipo de relación de pareja” que varias personas llevaban. Si no era porque uno abusaba del otro, porque uno descuidaba al otro, porque uno maltrataba a la otra y ésta se dejaba, si porque está casada y no se entiende que mantenga amigos, si porque su comportamiento deja mucho que desear, si porque es dominante y no lo deja libre, si porque pasan demasiado tiempo con sus padres, si porque se manipulan el uno al otro, si porque casi no se ven ya que viaja mucho uno de los dos, si porque ella quiere seguir la relación aunque sepa que hay otra en su vida, si porque no es detallista, si porque pasan demasiado tiempo juntos, si porque él o ella es demasiado para él o ella, si porque mil etcéteras más. Yo ya estoy convencido de que todos estos argumentos surgen del juicio que nuestro ego siempre realiza con cada comparación que disfruta tanto hacer. Pero, ¿con qué se compara? Con un “ideal de pareja” que para sorpresa de muchos... ¡no existe! Cuando como sociedad idealizamos un modelo de pareja, surge la comparación con la pareja que tenemos o con la que observamos y ahí siempre emitimos un juicio que califica como no adecuado cualquier comportamiento que salga del parámetro de aquel modelo. Y ese modelo de pareja ideal es el monstruo. Un monstruo que creamos a lo largo del tiempo y que ¡no existe en verdad! Un monstruo que no nos deja ser como somos. Le tenemos miedo. El miedo de no cumplir con las expectativas del modelo ideal. Caray, se me hace increíble en estas cavilaciones de fin de año observar hasta dónde hemos llegado con nuestro ego colectivo. La crítica mordaz, el enjuiciamiento perenne, la discriminación aguda de personas, todo ello son las características del monstruo, del monstruo que nosotros mismos hemos creado. ¡Si tan solo nos alcanzáramos a dar cuenta de que el monstruo en realidad no existe! Es una alucinación colectiva que ha pasado su factura. La falta de paz y aceptación ha sido la cuenta que muchos han tenido que pagar..., ¡y siguen pagando! Y es que siguen creyendo en el monstruo porque lo siguen creando ellos mismos manteniéndolo en sus mentes.

            Luego de conversar como tanto me gusta, tan delicioso con mi amiga, me quedé solo en mi apartamento y descubrí otro monstruo. El que creamos nosotros mismos para con nosotros mismos. Aquel al que le damos vida atestando nuestra agenda de actividades que luego nos causan ansiedad por tenerlas que cumplir. Me atrapé sintiendo ansiedad para ver si me daba tiempo de llegar a todos los lugares que en mi agenda decía que debía visitar en esta semana. En tres y medio días me debía dar tiempo de viajar a Querétaro, luego a Acapulco y luego quizá a Reynosa, para regresar a tiempo a México y tomar otro avión para Houston. Gracias a un más que extraordinario concierge personal que me ha dado la vida, que me brinda una ayuda excepcional a toda hora que lo requiera sin límite de nada, cabía la posibilidad de lograrlo. Aún así sentía ansiedad, cada vez más. Las llamadas telefónicas de mi concierge personal, en su franca actitud de fantástico servicio y velocidad de respuesta, yo ya las sentía como amenazas a mi tiempo y en varias de ellas sentí la presión de tener que decir “si o no” en ese preciso instante para la compra de boletos. ¡Rápido! ¡Cuánto antes! ¡Ya! No había tiempo que perder porque eso era lo que menos teníamos, tiempo. El monstruo lo sentía tras de mí. En eso, quizá en un momento de iluminación, tomé el libro que acabo de publicar, “El verdadero éxito en la vida”, y lo abrí en la página que cayera, leí el primer renglón donde mis ojos se posaran, y decía: “...cuando debas elegir, pregúntate si tu elección te trae paz o ansiedad. Si te trae paz, tómala, si te trae ansiedad, deséchala”. Desde hace muchos años creo plenamente en los fenómenos sincronísticos de la vida. Haber leído esa línea ¡en mi propio libro!, no era casualidad. En ese momento le hablé a mi concierge y cancelé todos mis viajes de menos de un día de duración. Por supuesto que se extrañó luego de tanto esfuerzo en armar la logística, pero eso ya no era de su incumbencia. En ese preciso instante, desapareció de inmediato toda la ansiedad que estaba experimentando. ¡En un chasquido de dedos se esfumó! ¿Qué hice? Maté al monstruo. Me queda tan claro que nunca iba a venir un héroe a matar al monstruo que yo mismo creé. Yo era el único qué sabía cómo matarlo, y era el único porque también había sido el único que lo había creado. Solo en mis manos, y en las de nadie más, estaba la solución. Te recomiendo amplísimamente que revises tu agenda, tanto laboral como de vida en general y te percates de cuántas cosas ahí prometiste cumplir y que desde antes de haberlas programado sabías de alguna forma que quizá no las podrías cumplir. Así creaste a un monstruo que te persigue cada vez que abres tu agenda. Cuando colgué la bocina luego de dar la orden de cancelar los viajes, caí sentado en mi sillón preferido y ahora los días venideros inmediatos se me hicieron tan pacíficos. ¡Tanto! Volví a sonreír. Cené con tanta calma, y es que hasta en la forma de comer se refleja la prisa por vivir. Creo que definitivamente sí sirve mi libro.

            Hoy te pregunto: ¿Cuántos monstruos tienes tú? ¿Ya te diste cuenta de que tú solo, sola, los has creado y les has dado tremenda fuerza? Quizá pienses que muchos monstruos que te persiguen ya son tan grandes y de tantos años, que es imposible luchar contra ellos. Hoy te digo algo: no hay que luchar contra nadie. Solo es cuestión de desaparecerlos sin el más mínimo asomo de violencia. Quizá sea bueno recordar lo que alguna vez me dijo mi maestra de Kinder: “Los monstruos no existen”. Tenía razón. Sólo existe la percepción que tenemos de ellos en nuestra mente. El miedo o temor al rechazo por la pareja que tenemos es un monstruo. Ese monstruo no existe, está solo en nuestra mente. La ansiedad por tener que cumplir con una agenda de visitas y saludos de temporada, es otro monstruo. Ese monstruo tampoco existe, está solo en nuestra mente. La necesidad y angustia financiera por regalar en determinada temporada a personas que ni vemos en todo un año o la presión por un intercambio de regalos donde nos tocó alguien que ni tratamos ni conocemos, es otro monstruo. Ese monstruo tampoco existe, está solo en nuestra mente. Hasta el miedo o temor a la desaprobación que tenemos por nosotros mismos, por ser como somos, es otro gran monstruo, y tampoco existe, está solo en nuestra mente cuando no nos aceptamos tal como somos. Ese monstruo autogenerado, ese monstruo que nosotros mismos hemos gestado y le hemos dado tanta vida y fuerza, es como la kriptonita para Superman. ¿Recuerdas las escenas donde al hombre de acero caía rendido sin fuerza ninguna ante la presencia de esa piedra verde? Pues algo así nos pasa. Y me gusta usar esta metáfora visual porque recuerdo que ni Superman alcanzaba a tener fuerzas para tirar la kriptonita a lo lejos y recuperarse. Él siempre necesitó de un héroe o heroína que le vinieran a ayudar alejando la kriptonita de él. Pero en nuestro caso, no tenemos héroe o heroína para eliminar nuestro monstruo a quien hemos gestado a lo largo de los años, a quien  hemos alimentado y fortificado cada vez más. Solo nosotros mismos podemos eliminarlo, y lo más increíble es que lo podemos lograr ¡haciendo nada! Tan solo dándonos cuenta, tan solo con una Nueva Conciencia de lo verdaderamente importante y trascendente en nuestras vidas es que renunciamos a mantener nuestro monstruo, tan solo al entender. La renuncia se sucede sola, es la sana consecuencia del comprender, de ver.

            Sirvan pues, estas cavilaciones cercanas al fin de año, para reavivar la dicha y la paz que en todo momento podemos experimentar. Tú y yo somos mucho más de lo que imaginamos. El monstruo no nos lo deja ver. Pero tú hoy ya sabes cómo eliminarlo. Hasta entonces, podrás alcanzar a ver la auténtica dicha que se puede experimentar en estas fechas y en todas las demás. Vivir sin monstruos no es cuestión de temporadas, es todo un estilo de vida lleno de verdadera dicha, amor y paz. Si lo logras porque así lo decides, te puedo garantizar sin el más mínimo temor a equivocarme que experimentarás una enorme...

¡Emoción por Existir!

Alejandro Ariza.

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