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27/01/2011

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La solución de un cambio está en mí - Columnas

En la etapa adulta y de vida de relación, si el comportamiento de otra persona me molesta, la solución para que deje de molestarme con un cambio no radica en que esa otra persona deje de hacer eso que me molesta, sino en mí, exclusivamente en mí, en mi aceptación o no aceptación de ese comportamiento, y de no aceptarlo, ¡no debo pedir que esa otra persona cambie su proceder!, ¡Por qué! ¡Eso es control! Sino detenerme en total silencio, sin decir nada, a pensar si ese tipo de relación es lo que quiero en mi vida o no. Y si no lo quiero, tomar la empoderante y sanísima decisión de alejarme, dejándole -o pidiéndole- a esa otra persona que se retire un poco más del círculo de importancia de mi vida. ¡Esa es la verdadera solución a una infinidad de conflictos de relación!

Sé que existe la posibilidad de usar la humana y trascendente estrategia de “comunicación” para poder expresar mi disentir frente al comportamiento de alguien a quien le he conferido yo mismo el valor de importancia para mi vida de relación, comentar desde la forma sutil hasta con gran enfado en toda esa gama de intensidades posibles, mi rechazo frente a determinados comportamientos, y bajo una condición esencial y fundamental, justificaría entonces, y sólo entonces, el haber hablado logrando un cambio de aquella persona para mi bien, o para bien quizá de ambos. ¿Cuál es esa condición esencial y fundamental donde justifico comunicarse? Cuando la otra persona se comporta ocasionalmente de determinada manera que me disgusta. Sólo ahí vale la pena hablar, y precisamente por la rareza de aquel comportamiento, la otra persona con gusto “podrá” dejar de hacerlo, ya que fue algo ocasional y no parte de su identidad. Pero ahora hablemos de algo delicado... cuando el comportamiento de alguien te disgusta y ese comportamiento es parte de su identidad, es decir, parte de su naturaleza.

Cuando alguien hace algo que te disgusta, ¡tienes que detenerte a pensar si ese comportamiento es parte de su naturaleza! Para saber eso basta con observar que (1) lo hace con tremenda facilidad y (2) con gran frecuencia y (3) sin sentir ningún reparo moral en su proceder. ¡Esas tres características son las que defino para un comportamiento por naturaleza! Y de ser así, la solución de un cambio radica exclusivamente en uno mismo, no en el otro. Aquella persona nunca va a cambiar. Sí, leíste bien, “nunca”. Y algo peor: si lo hace -por darte gusto, por amor, por comprensión, por lo que quieras-, se estará esforzando al luchar contra su propia naturaleza y por lo mismo, pronto volverá a proceder con aquel comportamiento. El conflicto no tan sólo se perpetúa, sino se multiplica. Y aquí algo interesante: el conflicto sólo estará dentro de ti, en tu cabeza y en tu corazón, el único que sufrirá serás tú. ¡Tienes que dejar esa relación!, o cuando menos ese tipo de relación. Ese es el más poderoso y transformador cambio. Y como ya lo he expresado no necesariamente tienes que dejar la relación en su totalidad, ya que en determinados casos, lo único que hay que hacer es dejar el nivel de relación y pasarlo a otro. De novios a amigos, de amigos a conocidos, de conocidos a paisanos, en fin, el cambio que sea, pero lo que nunca dejará de impresionarme es que el verdadero cambio está “dentro de uno”, en lo que uno piensa y en lo que uno siente confiriendo valor al otro. Es propio de una Nueva Conciencia descubrir con asombro y poder que lo que uno piense, y por ello luego uno termine sintiendo, puede ser modificado con el valor que uno mismo asigne a la relación. Por ejemplo, si la otra persona “coquetea” con alguien más, y tú le conferiste el valor a esa otra persona designándolo como tu pareja, entonces te dolerá ese coqueteo, pero qué interesante es descubrir que si a esa misma persona que coquetea igual con otra, si tú le confieres el valor a nivel de “cuatacha o cuatacho”, hasta divertido será escuchar aquel comportamiento. ¿El cambio? Exclusivamente en ti. ¿La solución? Exclusivamente en ti.

Ahora bien, si has dado el valor a otra persona condecorándolo con un nivel muy alto en tu escala de valor y tremendamente cercano en tu vida de relación y por ese afecto tan intenso no quisieras o o pudieras ya bajarlo a otro nivel de importancia, y si aquella persona se comporta naturalmente en alguna forma que te incomoda, te aseguro por años y años de ver cientos y cientos de pacientes y por lo que he vivido en mi propia vida, que la única solución también radica en ti, alejándote tú de esa persona porque su proceder te daña. La solución no está en él o ella, está exclusivamente en ti. No vale la pena intentar que alguien a quien quieres mucho cambie su comportamiento cuando éste es su naturaleza. No podrá hacerlo por mucho tiempo, y el tiempo que lo logre, no será auténtico, no será su verdad, sino solo un bálsamo para hacerte sentir bien, pero yendo en contra de su naturaleza. Todos sufren, todos salen perdiendo. Nada bueno podrá salir de ese “cambio” que por más tiempo que dure será momentáneo. Para atreverte a cambiar tú con el poder e inteligencia de tu alejamiento, deberás de comprender a profundidad lo que alguna vez afirmó R. W. Emerson: “Es más hermosa la verdad que el fingimiento del amor”.

El problema sostenido lo he visto -y vivido en mi pasado- cuando se prefiere el fingimiento del amor por sobre la verdad. El fingimiento del amor, paradójicamente, ¡puede ser por amor y bien intencionado! Pero aún así nunca dejará de ser un fingimiento. Y es que en serio y con toda fuerza aquí aplica trascendente el que “La verdad os hará libres”. Y yo le aumentaría: y sanos y felices y seguros y en paz. Esas son las consecuencias de elegir una relación donde el comportamiento de ambos es natural, es verdadero y ese comportamiento agrada a los dos. Una relación libre, sana, feliz, segura y en paz. ¡Eso es para mí la relación perfecta! ¡Y existe! Tengo la dicha de vivirla y desde la experiencia como evidencia es que afirmo esto. 

La necesidad de control -una de las más atractivas preferencias de nuestro ego- radicará en querer que otra persona se comporte como uno quiere. Y hoy aquí te desenmascararé algo que tienes que saber por tu salud: la gente se comporta como se comporta porque así es. No más. Alguien podrá “actuar” dándote gusto satisfaciendo tu control, pero te aseguro con total severidad que la consecuencia de tu necesidad de control, la consecuencia de tu deseo porque la otra persona actúe diferente (a su naturaleza) se manifestará en experiencias como las siguientes: guardará silencio y preferirá no comentarte nada de lo que hace, se sembrará el terreno propio para que se te mienta, se favorecerá el ocultamiento y la evasión. ¡Esas son las consecuencias de desear que otra persona cambie cuando tu propuesta de cambio va en contra de su naturaleza! La culpa la tienes tú. El otro miente u oculta porque tú deseas controlar. Elimina tu deseo de control, y el otro no sentirá la necesidad de mentir y ocultar, ahí sabrás la verdad, y una vez sabiéndola, tú eliges continuar o no. ¿O quieres que se te mienta y oculte para todos llevar la fiesta en paz? Para sopresa, varias personas he visto que dicen que sí, que prefieren ese ocultamiento, mentira y silencio a la otra opción... dejarse por amor a la verdad. A ese grado puede llegar la soledad y baja autoestima de alguien. Pero cuando alguien tiene una sana autoestima y sabe que lo que viene es algo mejor por derecho y semenjanza de niveles de conciencia..., la solución del cambio está en uno mismo... en alejarse pacífica y amorosamente y tan sólo permitirse la posible nostalgia del recuerdo de los buenos ratos que coincidentalmente se tuvo con aquella persona. Pero... ¡a lo que sigue! Por el bien... de todos los implicados. Tarde o temprano todos descubren que fue el mejor cambio. Permitir y permitirse que cada quien se desenvuelva en los niveles morales y de conciencia que por naturaleza propia a cada uno le corresponden. Reitero, el conflicto surge cuando el ave y el pez se quieren enamorar y uno terminará queriendo que el otro se comporte igual, y no podrá... por naturaleza.

Lo he aprendido y comprendido en mi vida una y otra vez, la solución de un cambio está en mí, exclusivamente en mí. Y resulta tan pacificador y empoderante saberlo. Nada depende del otro, sino solo de mí. No puedo -ni debo intentar- modificar la forma de pensar y proceder de otro cuando ese otro actúa en forma natural, ese pensamiento y proceder radica en una mente y un corazón que no son los míos, y ahí yo no tengo la más mínima injerencia, y el tiempo utilizado en mis vanos y desgastantes intentos lo demostrará. Yo solo puedo modificar lo que está en mi mente y en mi corazón, ¡esos sí son mis terrenos!, ahí es desde donde percibo, entiendo y siento todo. Saber que así, la solución siempre está dentro de mí y en ello aceptando gloriosamente la total responsabilidad de mi propia felicidad por lo que elijo, siempre me ha conferido una indescriptible, pacífica y amorosa libertad llena de... ¡Emoción por Existir! -Alejandro Ariza.

 

 

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