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27/01/2011

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Análisis del robo. - Columnas

 El tema que he elegido para comentar hoy puede ser material para todo un libro, o para una profunda e interesante reflexión filosófica en cátedra universitaria o para un juicio en estado de derecho, pero aún así lo intentaré en el breve espacio que me confiero en esta publicación. ¿Por qué alguien es capaz de robar y, de hecho, lo hace?

            Me ha llamado poderosamente la atención que una de las compañías que contrata mis conferencias, la semana pasada anunció que Alejandro Ariza hablaría del tema: “Prevención de pérdidas”, en un acercamiento para evitar fraudes y robos. Confieso que cuando vi anunciada así mi conferencia en su programa, me sorprendió. ¿¡Qué tiene que hablar Alejandro Ariza de un tema que no es característico de su filosofía!? En casi 18 años como conferenciante, mis temas han sido fundamentalmente en la línea de pensamiento de la superación personal y la autoayuda, en filosofía y psicoespiritualidad. Y más sorpresa aún cuando a últimas fechas, ya muchas compañías me invitan simplemente a que hable en sus convenciones sin anunciar tema alguno, sino simplemente “Alejandro Ariza viene a hablar con nosotros…”, así sin más. Esto es algo que sin duda me ha halagado por partida doble: es algo que siempre soñé, cristalizado ya en realidad, y es hermosa esta invitación en sí misma por la confianza inspirada ante la trayectoria recorrida. Y pues precisamente bajo esta perspectiva, me toma con cierta perplejidad ver mi nombre asociado a la presentación del tema: “Prevención de pérdidas”. Momentos antes de subir al escenario, busqué un lugar solitario para hablar con Dios y preguntarle por qué me enviaba a desarrollar ese peculiar tópico que sentí salía de cierta tradición temática en mí. Y confieso que quise saberlo sólo por curiosidad mas no por dificultad alguna, ya que agradezco a Dios mismo que me diera la capacidad para desarrollar el tema que sea, siempre y cuando me dedique a estudiarlo concienzudamente con antelación. Sé que mi talento, en forma mayúscula, tiene como piedra angular “la forma” de comunicación que cautiva la atención de mayorías. Esto es algo que nunca estudié, simplemente sucedió en mí, como todo talento acaece. Por eso, mi gratitud perenne ante el depósito que hizo Dios en mí, ya que ha sido de gran ayuda. Pero vuelvo al momento en que busqué esa soledad para hablar con Él, y ahí escuché una voz que me dijo con tono de extrañeza: “¿Se te figura un tema ajeno a ti la prevención de pérdidas? Yo no lo creo. Te he preparado con la experiencia para que puedas hablar desde ahí”. Así de sucinto, así de contundente. No necesité más. Dios, como siempre, me confrontaba con la verdad. En la vida me han robado. He perdido mucho así. De esta manera, a estas alturas de mi vida, noté que ¡claro que tengo experiencia en el tema! ¡Cuánta fuerza sentí en ese momento! ¡Cuánta congruencia vital para desarrollar un tema así! Me remití a decir una vez más: “Gracias. Y aquí estoy como siempre para Tu servicio. Entonces, una vez más, seré Tu mensajero”. E inicié mi conferencia.

            Hace muchos años, quizá más de 15, solía leer lo que otros autores decían para que luego yo simplemente lo repitiera, como dije mi talento se mostraba en el filtro de que yo lo comunicara y de esa forma el conocimiento lo hacía más atractivo aún. Pero de ser un mero repetidor interesante, me convertí en un autor mismo y en referencia como tal, cuando me atreví a vivir por mi cuenta. Creo que de esa forma nace un verdadero autor, cuando se arriesga a experimentar la vida y sus consecuencias y lo hace con tal atención y conciencia, que de sus propias elecciones de vivencias en la amplia gama de valores y antivalores que se atrevió a experimentar depura la riqueza vivida en cualquier circunstancia para luego transformarla en tema a desarrollar en beneficio de la comunidad. Ahí es cuando Alejandro Ariza –o cualquier otro— se transforma en autor y referencia. Ahí nace un original, que de suyo, tiene mucho de interesante y atrayente. Y siendo así desde hace ya varios años, ahora me paraba frente a un grupo de gerentes y directivos de una exitosísima empresa de talla e influencia internacional para desarrollar el tema “Prevención de pérdidas”. Y como para preparar la emoción que puliría el tema, tan solo 1 día antes me acababan de robar… otra vez. ¡Vaya que si me han mandado la experiencia para hablar del tema! Ahora el robo fue por parte de cierta persona a quien llegué a estimar bastante, al grado de abrirle las puertas de mi casa, para que dentro de ella y luego de un tiempo, se atreviera a robarme. Tremenda historia con singular aprendizaje y reflexión en donde alguien que se jactaba de profesarme un afecto de gran magnitud, fuera el mismo que aprovechando mi distracción, abiertamente tomara mi cartera y retirara una fuerte cantidad de dinero en efectivo, para luego, despedirse con un beso y un abrazo, e irse a trabajar como si nada. ¿De qué tiene que estar hecho alguien para poder actuar así? ¿Qué materia prima emocional debe imperar dentro de un ser para atreverse a robar a quien más quiere con las tres agravantes de la ley: premeditación, alevosía y ventaja? ¿Cuál es el nivel de conciencia que se debe tener para tan deplorable atrevimiento que lo marca para siempre? ¿Y cuán despreciable se puede hacer alguien ipso facto al ser atrapado confesando la verdad de su atrevimiento? Para que luego de breves minutos de coraje deslizados más adelante a tristeza y decepción, surgiera el análisis en la calma de mi intimidad: ¿Por qué robó?, misma que arrastró otras tantas preguntas como: ¿Cómo se atrevió? ¿Qué lo motivó? ¿Acaso fue el primer robo, o sólo el primero en ser atrapado? En fin… en 24 horas posteriores a la experiencia vivida y el profundo análisis realizado por mi parte, Dios me llevaba a un escenario donde debía desarrollar el tema de: “Prevención de pérdidas”. Sin duda, la vida siempre te prepara magistralmente. Y, modestia aparte, el desarrollo del tema fue espectacular, triste fruto de la reiterada experiencia incluso aderezada con lección muy reciente.

            Con este marco contextual, inicié mi conferencia. Y haciendo gala del tremendo impacto de contundencia que tiene lo breve y lo conciso me remití a dar tres motivos por los que la gente se atreve a robar: (1) Por necesidad, (2) por ambición, y (3) por ser un hijo de la… [por respeto a mi estilo de comunicación escrita, no pongo la palabra que tan bien, atinada y fácil me sale cuando hablo en conferencia, pero intuyo que el lector la podrá deducir con singular sencillez]. En este tercer motivo, súbitamente hubo aplausos por parte del auditorio. Curiosa aceptación colectiva del motivo. Se manifestó la fuerza del mismo. Ahora bien, interesante resulta profundizar con otro cuestionamiento… ¿Y por qué habiendo gente con necesidad y/o con ambición y/o pudiendo ser un hijo de la…, aún así no se atreve a llevar a cabo el acto del robo? Mis cavilaciones me llevaron a la siguiente respuesta: Porque se atora en sus valores. Hay “algo” dentro de la persona que puede llegar a ser mucho mayor que su más grande necesidad, ambición o falta de educación en ausencia de lecciones morales por parte de la progenitora, y ese “algo” lo detiene, sin poder proceder al acto del robo. Ese “algo” son valores que han crecido tanto –pero tanto—, dentro de la persona, que lo limitan en su conducta, circunscriben su proceder, ya que de lo contrario la persona sentiría la libertad de acción sin ningún marco limitante de moralidad lo suficientemente grande como para hacerlo infranqueable. Atención en esto: puede haber un marco de moralidad, pero tan débil, tan bajo, que fácilmente se puede “brincar” y traspasar su límite, es decir, se sabe del valor, se observa claramente el mal que se puede elegir, pero eso no detiene a la persona para su consecución. De ahí que me atreva a deducir que no es suficiente conocer el valor, sino practicarlo tanto que la persona lo acreciente en su conciencia y lo transforme en un tamaño tal dentro de los límites de su conducta, que lo hagan infranqueable. Entonces sí, y sólo hasta entonces, los valores limitan la conducta circunscribiéndola al bien.

            Los medios de comunicación, actualmente nos bombardean con noticias que parecen enarbolar la magnitud con la que se sucede el mal en todas sus manifestaciones: robos, secuestros, homicidios, bombas, etc. “Y sí sólo y exclusivamente de eso alimentamos nuestra mente y corazón, tendremos la percepción que así es siempre”. ¡Y no es así! De hecho, creo en que eso se suceda el menor número de veces. Solo que al bien, no se le hace publicidad, aunque sea lo que predomine. De ahí que si quieres incrementar el valor del bien dentro de ti, tendrás que ocuparte por tu propia cuenta para meter en ti imágenes, relatos, conocimiento en general, que enarbolen y distingan al bien como pieza fundamental de la vida. Pero eso lo tendrás que hacer tú sólo.

            He visto que mucha gente piensa que “el diablo” se aparecerá en las calles con cola y cuernos, todo de rojo, persiguiendo a la gente…, y pocas personas han caído en la cuenta que “el diablo” (figura metafórica que uso para entender al mal), sería muy estúpido si viene vestido de rojo con cuernos y cola y una camiseta que diga “soy el diablo”. Yo afirmo que el mal entra a nuestras vidas muchas veces no como persona, sino como un aparato televisor. Y hay uno o más de uno en cada casa. O como una computadora. Piensa en esto. Y luego analiza por qué las nuevas generaciones están como están. Pronto comprenderás que es en virtud de lo que ven. Si logro explicarme en esta reflexión paralela, muchos, miles, cientos de miles de aparatos de televisión y computadoras tendrían cuernos y cola y serían rojos. Verás claramente como tientan.

            Pero siguiendo con el tema… ¿Cómo incrementar el tamaño de mis valores a ese grado en que circunscriban infranqueablemente mi proceder a terrenos exclusivos del bien y la verdad? Infiero las siguientes condiciones:

1.     Conociendo y viviendo valores de orden superior dentro de la familia. Esto es fruto de la educación recibida en los años donde más apertura hay para la introyección de los valores: la infancia y la educación recibida ahí, específicamente dentro del núcleo familiar. De ahí que la infancia marque una importante directriz en el destino. De ahí la trascendencia del valor –como educación— heredado por madre y padre con la lección más importante: el ejemplo. De ahí la impresionante trascendencia de la cuna de los valores: la familia y la educación que brinda durante los primeros años de vida.

2.     Cultivando valores de orden superior en nuestra persona, haciéndonos así mejores. Este es una segunda condición ya más personal. Esta es la única salvación para quien careció de la condición anterior. Aquí, la persona ya se confrontó con “la diferencia” entre su comportamiento y consecuencias de él y de otros que sí tuvieron la suerte de tener una familia educada que heredara dicha educación con amor y, de ese contraste pudiera surgir la apetecible preferencia por vivir una mejor calidad como persona…, que de ese contraste pudiera surgir el personal deseo de ser mejor. Así, la persona por motus proprio tiene que cultivar valores en sí misma. Es revelador y confrontante que el diccionario define “cultivar” como: Sembrar o poner todos los medios necesarios, todas las labores necesarias, para mantener y así obtener resultados.

3.     Eligiendo inteligentemente con quién convives. A la persona en cuestión le surgirá la condición de demostrar en actos concretos el desafío de la elección tan entera y profundamente “personal” de ser mejor. Y para nosotros, aquí también importante es comprender que nada ni nadie podrá hacer nada por aquel que no desea ser mejor persona y así lo demuestra. No hay nada que hacer para ayudar a mejorar a alguien que no lo desea. ¿Entonces qué hacer para vivir dentro del bien y la verdad si hay cerca alguien que no lo desea? Respuesta: Alejar a esa persona de nuestras vidas. Eso es lo único que se puede hacer en dado caso. Lo único. Si insistimos, será necedad de nuestra parte. La confianza es una cualidad muy peligrosa, pero el peligro radica en la necedad.

 

Una persona con necesidad o ambición, sentiría como un arrebato de su lógica el pensar: “Si él tiene –y hasta de sobra— y yo necesito o ambiciono algo de eso, entonces se lo puedo robar… ni se dará cuenta, ni le afectará gran cosa”. Vamos, es el tipo de laxa conciencia que pensaría que robar es juicio de cantidad, no de acto. Es a quien su lógica le dice: “…no le afectarás gran cosa”. Es gente cuya altura del conocimiento del valor es tan pobre que su lógica les hace sentir el permiso al percibir como poco o nulo el daño que pudiera causar su conducta. Poniendo atención a todo lo que pueda tener el otro, no se fija en sí mismo dejando de observar que un robo es un robo, censurable y deleznable en sí mismo, independientemente de la magnitud de lo robado. Pero es tan pequeño el valor de la persona que roba, que al compararse con la persona a la que le roba, simplemente desaparece casi en la nada, por eso no se alcanza a percibir a sí mismo, o ser percibe como poco, y si siendo poco lo que es, apreciar un acto de ese poco, parece más poco aún. Por eso ese nivel de personas no alcanzar a ver como grave un acto que lo ven tan “pequeño” al no saber que lo ven así por contraste con lo grande y valioso de la persona o empresa a la que roban. Atino a citar aquí el texto de la Ética de Scheler –referencia obligadísima en Axiología— cuando dijo: “El mundo de los valores no es de naturaleza lógica sino que pertenecen a una legalidad propia del mundo de los valores y se fundan en conexiones de esencia y en incompatibilidades de esencia existente entre los valores mismos”. Traduciendo un poco esta profundidad conceptual: Cuando alguien ha logrado ser una mejor persona, con sus valores tan altos y sólidos, fruto de su educación familiar y más luego de su cultivo personal, cuando se le pregunta: “¿Por qué no robas?”, con tremenda extrañeza ante el simple hecho de planteársele tal calidad de pregunta, se remitiría a responder sin más: “¡Por que no!”. Simplemente para una persona de tal envergadura de nivel moral, robar es algo impensable, insondeable, literalmente inoperante ni en el terreno mismo del pensamiento, mucho menos así en la práctica. Imposible. Aquí no hay lógica o silogismo que justifique el robo. Simplemente no puede robar. Imposible.

            Entonces… qué hacer para prevenir las pérdidas. He desarrollado 3 estrategias para seguirse en orden:

1.     Responzabilizarse uno mismo por ser robado. Sí... para sorpresa de muchos, cuando un robo acaece, de inmediato se señala como único culpable a quien robó. Y yo no lo creo así. Nosotros somos muchas veces –sino todas— co-responsables del robo, en virtud de generar las circunstancias, muchas veces óptimas, para que se suceda. Por supuesto que el ratero es el responsable del robo, pero como líder he de afirmar que para que el robo se sucediera se necesitó (1) de la infortunada existencia cercana de un ratero pero (2) aunada a la muy posible circunstancia generada por nosotros mismos para tentar a quien tan pobre es en valores. Entonces… cómo hacer para responsabilizarse uno mismo por ser robado, dos reflexiones dentro de esta misma estrategia:

a.     Tener o aumentar controles. Todo lo que como personas o empresa podamos hacer para controlar la posibilidad de un robo, hay que implementarlo. Yo hace años empecé con un endeble control: simplemente mis palabras al pedirle a mi equipo que sea honesto y noble, que no haga mal las cosas por favor. Así, fui muy robado. Hoy, al paso de los años, por supuesto que ese control sigue en pie, pero aunado a unos cuantos controles más como cajas de seguridad, chequeras con firmas mancomunadas, cámaras ocultas, sorpresivas auditorías, y un sinfín de extraordinarios controles que expertos en la materia le dan a uno.

b.     Saber elegir a quién metes a tu vida o a tu empresa. Este es un punto más que fundamental, diría yo esencial. ¿Por qué? Porque “en el origen está la comprensión del comportamiento futuro”. ¿De dónde viene esa persona que vas a contratar? ¿De qué tipo de familia proviene? ¿En qué lugar conociste a esa persona a quien vas a dejar entrar a tu vida? Y ahí, en un altísimo porcentaje, podrás ver: “En el origen hay destino”. En el caso que en esta publicación comento al inicio, quien me robó hace unos días, fue alguien a quien conocí –como origen en mi historia— en uno de los medios más desconfiables, corrientes y vulgares de la vida actual –sí, también ahí me he metido, también probé esa experiencia en la vida de la que hace años orgullosamente elegí y logré salirme—, y hoy en la perspectiva que me da la relectura de mi vida, confirmo: “En el origen hay destino”. Si conocí a un ser en un nivel de cierta repugnancia, se alcanza a entender cómo fue quien precisamente me robara, en el origen hay destino. En mi vida se ha repetido un patrón: encontrarme con seres pobres en su calidad humana, e ilusionarme con transformarlos en seres más evolucionados. ¡Muchas veces lo he logrado! Sé que es parte de mi misión, pero varias otras no, y esa es parte de mi responsabilidad, al no alejar de mi vida a quien no hay cómo ayudarle. Tan solo te digo: siempre hay señales claras desde el origen. Pero no las queremos ver por el idealismo –propio de Nueva Conciencia— queriendo hacer un efecto Pigmalión en quien es imposible de suyo por incapacidad total. Intentar que prefiera el bien a quien no lo conoce en realidad, es como echar una tacita de agua al mar creyendo que esto hará diferencia. Una vez tomada la responsabilidad personal de todo lo que nos sucede, paso a…

2.     Transformar a la empresa en un centro educativo para incrementar el ethos humano. O convertirte tú en un maestro de valores y virtudes. Hoy en día, con la abrumadora evidencia de los hechos, hay una enorme cantidad de personas que no han tenido la dicha de conocer los valores de orden superior en sus familias desde la infancia. Y esas personas crecen. Y esas personas llegan a pedir trabajo a empresas o desean ser tus amigos o amigas. Aquí no veo otra opción para evitar el fraude: hay que enseñarles otra vida, hay que mostrar el bien y hacérselo apetecible “antes” de permitir la entrada de esa persona a nuestra vida o empresa. La empresa que hace años justificaba su existencia para producir utilidades, hoy debe tener una Nueva Conciencia siendo una solución viable el convertirse además en un centro de educación ética. Hoy la empresa debe transformarse también en un centro educativo para mostrar a su gente lo que posiblemente no pudo conocer en su leyenda personal. Y de esa forma abrigar la esperanza y abrazar la ilusión de que la persona, al conocer esta nueva vida en la empresa, la sienta apetecible y la prefiera. ¡Ahí la persona cambia! Y ahí la empresa cumple una hermosa justificación existencial. Ahí es cuando la empresa logra aportar una nueva persona a la sociedad. Esta es la nueva dimensión humana que toda empresa debería de tener y donde agraciadamente participo cuando dichas empresas me invitan a dictar mis conferencias. Algunas empresas cumplen con esta aportación existencial en forma apenas incipiente (organizando una convención anual donde sólo hay una sola conferencia con estricto límite de dos horas para hablar de algo tan trascendente), pero ya es un atisbo para empezar el cambio de conciencia. Existen otras empresas mucho más evolucionadas en su desarrollo humano que incluso para permitir que alguien trabaje en ellas, mandan a su propia universidad a los candidatos que desean trabajar en ella. Y luego de casi un año de capacitación, motivación, inspiración y entrenamiento, entonces y ahora sí, les permiten entrar a trabajar. La empresa primero transforma de fondo a la persona en su educación, para luego permitirle trabajar y aportar valor en ella. Curiosamente son las empresas donde menos índice de fraude y robo hay. Como empresa o como personas tenemos que ayudar a elevar el ethos humano, porque como lo sabemos, es ahí una de esas dimensiones que con mayor cuidado hay que cultivar hoy en día, precisamente porque su olvido o descuido es el origen de tanta maldad, injusticia y transtornos en el mundo. Y al final, luego de todo esto, puede ser necesario…

3.     Deshacerse de quien delinque. Si luego de todo lo anterior, permanece alguien prefiriendo el fraude, no queda más que eliminarlo de nuestra vida de inmediato y sin vuelta atrás jamás. La experiencia me ha dicho en forma contundente que si, luego de realizar las dos estrategias anteriores, la gente no cambia, prácticamente es garantía de que nunca va a cambiar, por lo menos no en esta vida. Entonces, lo único que podemos hacer es alejar a esa persona de nuestras vidas en forma rotunda con todo lo que esto implique. Ahí sucederá una purificación del sistema y se prevendrá el fraude sin duda.

 

De mis estudios de filosofía mantendré mi convicción de que “El bien tiene razón de fin”, es decir, el bien sin duda es un valor que se debe y se puede tener como objetivo. Algo que es bueno resulta apetecible. Entonces, muchos paladines del bien lo único que debemos mantener es nuestra fe para no cejar en el empeño de creer que la gente pueda cambiar, pero al mismo tiempo abrir nuestro entendimiento y aceptación que si aún así no cambia, lo mejor es dejarlo de lado enviandoles nuestra bendición y amor, pero para caminar por senderos paralelos de experiencias jamás intercalables por convicción de bien.

            En este breve análisis que la vida me ha permitido tener para contar con la autoridad por la que incluso fui invitado a hablar del tema “Prevención del fraude”, he de decir, desde mi “expertise” –el área de la conducta humana— que todo es cuestión de valores y su magnitud introyectada. Los valores en su versatilidad pueden presentarse como paradigmas o bien como virtudes. Si son paradigmas (esquema formal de pensamiento al que se debe ajustar la conducta) serán principios regulativos sin gran imperio sobre la voluntad, aunque sí con un posible imperio político sobre la imagen social. Esta es la razón por la que he visto que resulta tan atractivo y ejemplar disertar sobre una cátedra acerca de valores, pero distando mucho de su ejercicio en la vida práctica real. “Se ve bien” hablar de valores, pero siendo esto algo que puede distar mucho de su ejercicio real. Y si los valores se toman como virtudes –siendo una decisión tremenda y enteramente personal, cuando mucho inspirada por la imagen o educación que otro nos dio, pero no más—, la persona podría alcanzarlos a ver como destellos de la perfección del ser que –por serlo— se manifestarían en su valía como universales y así, muy apetecibles porque el valor es el brillo del ser, el resplandor del ente, bajo la razón del bien. Si hacemos de los valores como el bien, la verdad, la belleza y la unión, virtudes de nuestra persona, entonces se tornan de figuras meramente intelectuales o gramaticales o meramente cognoscitivas, en cualidades de la persona adquiridas por loable esfuerzo y se individualizan de tal manera que al ser vividos, la persona crece cualitativamente y en sentido positivo, en aquella dimensión específica de su personalidad en la que ha ejercitado aquel valor o virtud. En ese sentido es cuando podemos afirmar que ese alguien se ha convertido en una mejor persona , se ha perfeccionado, y no solamente desde la perspectiva ética, sino como consecuencia en todo su ser. Una persona así, ya logra tener límites autoimpuestos por placer autogenerado resultado de saber elegir el bien en toda circunstancia e independientemente de ella.

            Por fines pedagógicos es que se puede dividir el ser del actuar, pero eso sólo pasa en el pensamiento para dichos fines de estudio, porque en la vida práctica y real, en el análisis que sostengo, hay una fundamentación ontológica de los valores sobre el subjetivo orden de las preferencias. Por ello afirmo: por ser bueno, se es valioso, y por ello siempre se actúa bien. Todo es uno. Se actúa por lo que se es. Santo Tomás de Aquino afirma en su Suma Teológica I, q. 2 a 3: “Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice que lo más caliente es lo que más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo; pues como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad”. Entonces, apuesto a que cuando un ser se lanza a investigar qué es esa máxima entidad, e incluso si tan sólo la alcanzara a sospechar, quedaría prendido de ella y enamorado a tal magnitud que tendería inexorablemente hacia allá. Así pasa cuando conectas con Dios. Ya no puedes ir a otro lado. Ya no puedes ser el mismo. Y no puedes ser el mismo porque por primera vez prefieres tender hacia Él con tal fuerza y magnitud que cualquier comportamiento que te aleje de esa dirección empieza a ser incompatible en tu vida para terminar siendo impensable en su cantidad más nimia.

            A mis casi 40 años de vida puedo afirmar que lo que uno va descubriendo en esta vida es tan sólo un mundo variado, complejo, heterogéneo, pero no por ello absurdo ni irracional. Todo tiene una explicación de fondo: conocimiento o no de los valores; experiencia sublime del Valor Total (Dios) o ausencia de Él. En los actos que todos realizamos tan sólo se evidencian una enorme gama de tipos de ser: el de lo humano, con todas sus complicaciones sociales, culturales y políticas, el de la naturaleza física con sus variados caprichos, y por supuesto Dios. La única forma que alcanzo a ver para una verdadera transformación hacia el bien, es sentirlo hasta lo más hondo de nuestro ser, lo que sería redundar en la experiencia, y ahí, desde ahí, nada malo se puede surgir, esa opción simplemente ya no existe. Ahí nace como opción una segunda naturaleza en el ser humano, elegida por convicción propia por lo apetecible que le resulta su Nueva Conciencia. Ahí alguien se convierte en una mejor persona. Sus valores lo hacen valioso. Lo que es valioso puede ser útil, lo que es valioso puede ser por agradable, pero lo más hermoso aún es que algo puede ser valioso por ser bueno en sí mismo.

            Sólo hasta que la persona, por decisión propia, integra en uno sólo, en sí, lo bueno, lo verdadero, lo justo, lo santo, lo saludable, lo bello, calificativos que integran su valía, es que opta por el bien sin ver ninguna otra opción jamás. La falta de ese conocimiento, la falta de ese adistramiento, la falta de esa cosmovisión, la falta de la integración, es lo que abre la percepción de la persona a las opciones de maldad en sus tan variantes manifestaciones. Por ello Aristóteles afirmó: “En el mundo no hay maldad, sino abundante ignorancia”.

            Ser una mejor persona es un proceso que sin duda puede llevar años, pero no hay otra opción de cambio real. Y como sublime recomendación cito al célebre filósofo español, Oz, cuando dijo: “Hay que darle al hombre ciencia, arte, moral y religión; ciencia para que conozca la verdad, arte para que conozca la belleza, moral para que conozca el bien, y religión para integrar todo ello en él fundido con Dios”. Pero yo aumentaría a este hermoso concepto una sóla palabra: “suficiente”. Hay que darle al hombre “suficiente” ciencia, arte, moral y religión para que irremediablemente prefiera el bien, la verdad y la belleza en su comportamiento y así termine reflejando lo único que realmente es: una manifestación de Dios. De esta manera, y en forma magnánima… alguien así logrará sentir una gran ¡Emoción por Existir! –Alejandro Ariza.

PD: Hace muchos años le preguntaron al maestro Sócrates que qué era peor, robar o ser robado. Y el maestro sin dudar respondió: “Robar”. Y continuó diciendo: “…ya que si se es robado, tarde o temprano aquello robado de ser necesario se recupera, pero si se roba, aún dejando de robar, la persona por siempre será ratera, y nada, absolutamente nada, podrá hacer para borrar ese pasado. Lo hecho, hecho está y marcará un destino”. De ahí que valga la pena pensar bien, muy bien, lo que vamos a hacer, porque nos puede marcar de por vida para los ojos del afectado y más aún, para nosotros mismos.

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