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27/01/2011

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¿Cómo te resuena? - Columnas

¿Aceptas o discriminas? ¿Recibes o rechazas? Preguntas que ante cualquier tema, persona o circunstancia te puedes hacer, y de hecho, actuarás en consecuencia a ese proceso mental. Pero quizá algo más allá, algo más profundo sería pensar: ¿Con qué referencia discriminas o aceptas? ¿Mediante qué proceso rechazas o aceptas? Y si ese “algo” con que lo haces… ¿fuera movible como referencia? ¿Te imaginas? Pues por ese movimiento se explicaría el porqué lo que en un principio discriminabas, puedes terminar aceptándolo, o viceversa.

            Aceptas o rechazas por una referencia dentro tuyo. Esa referencia son tus creencias. Y éstas se han forjado por toda la información que se ha tejido en ti a lo largo de tu vida, una información heredada, y otra de mayor responsabilidad: información elegida personalmente, lo que has decidido aprender, más allá de tu familia, tribu y escuela tradicional. Los “buscadores” de información y experiencias divinas hoy empezarán a encontrar.

            Hace un par de días un amigo mío me recomendó un libro y terminó diciéndome muy naturalmente: “Léelo, a ver qué tal resuena esa información dentro de ti”. ¡Wow! Me quedé estupefacto ante esa frase y solo atiné en responderle de inmediato: “Esa frase es perfecta”. Me preguntó por qué y le dije: “Creo que es lo mejor que le podemos decir a alguien para cuando le compartimos información”. Y sigo en pie. Es la mejor frase que una persona puede alcanzar a decir, ¡es perfecta! ¿Por qué? Porque exonera de todo valor al objeto de estudio, y más bien desborda la total responsabilidad de asimilación axiológica en el sujeto que estudiará al objeto al emitir juicio sobre tal.

            Dicho de otra manera, cuando alguien opina sobre algo o alguien, más bien no opina en verdad sobre ese algo o alguien, sino que revela sus propias creencias al emitir algún juicio de valor, revelando así más algo suyo que del objeto criticado. ¡Esto lo he explicado abundantemente en varias de mis conferencias! Cuando tú criticas a alguien, no defines nunca a ese alguien, sino que te estás revelando tú, por lo menos en el área de tus gustos. Eso sí. Cuando estás frente a una silla y opinas que está muy vieja y fea, eso no hace vieja y fea a la silla, sino que revela tus capacidades de apreciación ante un objeto de determinadas características que “tu” percibes como viejo y feo. Es impresionante cuando llegas a darte cuenta de esto. Es sobrecogedor cuando al fin despiertas a este estado de conciencia donde todo lo que opines de algo o alguien, nunca definirá en verdad a ese algo o alguien, sino más bien define tus gustos frente a ese algo o alguien. Por eso, cuando das información, ya es muy temerario decir: esta es la vedad, esto es bueno, esto es útil. No. Así ya no funciona. Lo más que podemos atinar sería en decir: “Pues a ver qué tal resuena esta información dentro de ti”. Ni es verdad, “pero” tampoco mentira. Sólo será veraz o falso ya dentro de ti, dependiendo de ti, no de la información en sí.

            Sé que esta postura cae de lleno en el famoso relativismo moral que tanto puede afectar al orden de una sociedad. Pero no me estoy refiriendo a tal estructura ética. Sino más bien a la innegable eficiencia conceptual y práctica del concepto. Incluso por ello la democracia rasga en la utopía. En fin, el hecho práctico de la reflexión que hoy quiero compartir es que toda información que llegue a ti, tan sólo te dará sentido o no, dependiendo del nivel de conciencia que tengas, no de la información en sí. Por ello gente tan distinta en conocimientos y emociones es imposible que se entiendan. Por ello los pleitos, las discrepancias y las agresiones. Porque dos distintos no pueden nunca –ni podrán—alcanzar a ver lo mismo. ¡Ahora imagínate intentar ponerse de acuerdo! Imposible. No alcanzan a ver lo mismo, luego nunca encontrarán un punto pacífico de acuerdo. Uno lo ve, y el otro no. Punto. En ese caso, ¿qué sería lo más sano? Qué el que alcanza a ver ya no intentara más que el otro lo alcanzara a ver también. Qué el que entiende ya no intente que el otro o la otra entienda también. Sino que simplemente, en forma pacífica y amorosa, respete que el otro o la otra no alcanza a ver, no alcanza a entender, y así, mejor guardar un pacífico silencio. Y ese silencio puede estar aderezado con tal amor, que se deslice en misericordia.

            Hace rato en la comida platicando con mi alma gemela –la única persona que más se acerca a ver lo que yo veo—, comentaba mi gran sorpresa vivida el fin de semana pasado. Traté de dar y compartir con sincero amor y respeto a alguien quien ese mismo acto lo llegó a sentir con una doble intención e incluso llegó a sentir miedo y rechazo hacia mí. Una historia increíble, pero que se entiende por la presión del inconsciente colectivo actual. En ese momento mi alma gemela atinadamente comentó: “¿Y ya te diste cuenta de que esa otra persona tiene casi 20 años de diferencia contigo?”. Guardé silencio. Ella continuó: “Con todo lo que me platicas, reflexiono y percibo que estamos a años luz de aquella persona que me comentas”. ¡¿Años luz dijo?! Sí. Eso dijo. Años luz. Porque no son sólo 20 años terrestres, sino lo que ambos hemos hecho en nuestros años y eso podría ser mucho, mucho más la diferencia. Y debo afirmar: ninguno de los involucrados es mejor que otro, nadie está bien, nadie está mal, nadie está arriba y nadie está abajo, solo somos diferentes y cada quien vive su momento evolutivo particularmente normal. No más. Y cuando pensé en esto, y en mi mente todavía revoloteaban ideas para intentar hacerle comprender a la otra persona mucho de lo sucedido durante el fin de semana… una voz imponente dentro de mí escuché diciendo: “Cómo para qué explicar a quien no va a entender. Sólo te queda una opción: guarda silencio y respeta la evolución de cada quien. Vívelo en actitud de paz y amor”. No fueron necesarios más comentarios. Súbitamente se esfumó todo intento de querer seguir hablando. Súbitamente se desvaneció el deseo de continuar. Y se desvaneció con una paz y amor que tranquilizaron la experiencia, y la dejaron ir llena de amor.

            Ahora más que nunca creo entender a un Jesucristo, a Dios, cuando ya no dice más. ¡Pues cómo para qué caray! Me ha quedado tan claro que somos tan inmensamente pequeños de entendimiento frente a lo que Dios quisiera que entendiéramos, que incluso ni Él ya intenta más. Y lo único que Le queda es vernos con total e infinita misericordia. La misericordia del Padre. Donde no hay nada que decir, sólo queda amar y entender al que no entiende, o sea, nosotros. ¿Qué podría decirnos más Dios para que entendamos su mensaje de amor luego de todo lo que ya nos ha dicho a lo largo de los tiempo? ¡¿Qué otra cosa le faltaría como para que entendiéramos?! Ya nada. Por eso durante años y años y años, sólo le ha restado vernos con infinita misericordia. No hay nada más que hacer.

            A momentos, siento que eso puede aplicar entre ciertos humanos cuya información y experiencia de vida es tan disímbola, tan distante, tan diferente, que intentar entenderse cae de lleno en el terreno del absurdo. Entonces qué queda. Mirar con absoluta misericordia. Sin resentimientos, sin dolor, sin amargura, sin menosprecio de ningún tipo, sin bajas pasiones. Simple y llanamente hay temas inaccesibles para algunos y punto. Hoy más que nunca entiendo eso de que… “no ha llegado tu momento”. Y así es. Cada uno de nosotros tenemos un determinado momento para entender y así avanzar. Y si ese momento no ha llegado, no se avanzará, por más que se empuje o se jale. El avance es enteramente personal. Y quien ha avanzado, debe seguir buscando tal avance aún, que llegue a ese momento donde no hay interés en que los demás avancen si no ha llegado su momento de hacerlo. Y desde ahí, sienta amor y entendimiento que combinados hagan surgir bendita misericordia. Y no, no percibo ni intento que se perciba esto como una postura de menosprecio endulzada de compasión, sino todo lo contrario, es una postura a la que se llega por amor, es una virtud que inclina el alma.

            Toda esta página, absolutamente toda, toda ella, está llena de información y emoción que no es verdad ni es mentira, no es buena ni es mala. Simplemente es como resuena en mi interior. Y lo más que te puedo decir es: “Léela, a ver que tal resuena en el tuyo”. Si te sirve y te ayuda, ¡me alegro mucho! Y si no, también me alegro porque descubriste que por aquí no va tu camino, y así se te deberá abrir otro. ¡Bueno por ti en ambas posturas! Y así, cuánta libertad para quienes expresamos ideas. Tantos años donde muchos quisimos “demostrar” qué es útil y sirve, pero hoy, y cada día con más fuerza, me percato que todo depende de ti. Tu capacidad de entendimiento liberador depende exclusiva y enteramente de ti. Y no de nada afuera de ti.

            Para todos aquellos que llevan años preparándose en temas de Nueva Conciencia, para todos aquellos buscadores, llega una época donde todos tus esfuerzos de lectura y comprensión, donde todos tus atrevimientos por ver más allá de lo evidente, donde todas las horas invertidas en escuchar a maestros, donde todos tus viajes de búsqueda de conocimiento, empezarán a tener los frutos de ver cómo se corre el velo. Enhorabuena. Prometimos que eso sucedería, y tiene especial exquisitez para el alma la experiencia de una promesa cumplida. Disfruten. Disfruten aquellos que podrán hacerlo. Y reserven misericordia para quienes no. Todos estarán en su momento perfecto. No intenten cambiar a nadie. El tiempo para ello ya sucedió. Ahora es otro tiempo.

            Confieso que mientras escribía… “algo” se metió dentro de mi y me dicto lo escrito. ¿Cuándo se sucedió el entramado de su discurso y el mío? No lo sé ni lo noté. Pero luego de toda mi intención por borrarlo y editarlo, también “algo” me dijo: “Déjalo así”. Pues obedezco.

            “Nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira”, refrán popular que en esta nota remonta en claridad. “Nada es bueno y nada es malo, sólo el pensamiento lo hace tal”, frase de Shakespeare que también hoy me resuena generando total responsabilidad en aquel que alberga el pensamiento.

            Lo que sé, lo que siento, es que es una dicha que por ley de semejanza, nos encontremos y convivamos quienes dentro nuestro resuena lo mismo. Y esa generación de grupo, esa atracción natural, es bendita, es protectora, es deleite compartido. Hoy más que nunca se te acercarán personas que manifestarán tu nivel de conciencia, por eso te buscarán precisamente. Y bajo la misma lógica, se alejarán personas de ti. El grupo con que te quedes será una de las más hermosas formas de disfrutar conjuntamente una gran… ¡Emoción por Existir! –Alejandro ArizA.

 

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