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27/01/2011

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Pues entonces ya no lo hagas. - Columnas

Durante años que llevo dando consulta, se cuentan lógicamente en miles las confesiones de mis pacientes donde en algún momento se arrepienten del mal que hicieron. Siempre agradeceré a Dios la oportunidad que me ha dado de ser una figura que inspire a otra persona para hablar y decir sus verdades. Hoy sé que esto es un don y lo agradezco infinitamente. Me gusta poder ayudar inspirando esa confianza. Ya el sólo hecho de dar cabida a una confesión, es parte fundamental de la curación en una terapia.

Ya luego de empezar a sentir la fuerza revivificadora del arrepentimiento, muchos de mis pacientes y amigos me han preguntado: “¿Y ahora qué hago?”. Siempre termino sugiriendo: “Si te dolió mucho aquello que hiciste y te arrepientes… pues entonces ya no lo hagas, y listo". A partir de este momento la transformación ha sucedido. Y sí, en esto creo. No hay más. Absurdo sería arrepentirse y luego volver a cometer aquella acción de la que te arrepientes; pienso, siento y afirmo que el verdadero arrepentimiento es generador de un cambio de conducta. No es sólo una nueva forma de pensar, es toda una transformación en el actuar que no da cabida ninguna a comportamiento pasado. El verdadero arrepentimiento obra el milagro de un cambio de conducta, pero no como promesa –eso es absurdo— sino como hermosa consecuencia. El que verdaderamente se arrepiente no hace alharaca del golpe de conciencia que lo ha invitado a cambiar, simplemente cambia y no dice nada más. Gran alusión a esta idea hizo la poetiza Ana María Rabaté cuando dijo: “Hechos son amores…”. “Hechos”, actos concretos, cambio tagible, palpable, observable. No desgaste absurdo de llanto o palabras bonitas, sino la contundente demostración de ser otra persona con una conducta totalmente distinta. Ahí no se necesitan palabras, sólo se obra un cambio y ya. Por eso me gusta decir: “Pues entonces ya no lo hagas, y ya”.

La gente tiene un gusto muy especial por querer realizar grandes proezas como para manifestar el enorme esfuerzo, tipo castigo, que merece para ser aceptado de nuevo. Ese deseo de querer hacer algo extraordinario como para compensar el mal que se hizo, te adelanto que es muy linda intención, pero no sirve da nada salvo para agrandar más el numerito. Y eso no conviene. Por eso, si hiciste algo de lo que te arrepientes, pues entonces ya no lo hagas y ya. Y ya. A lo que sigue. No comentes el cambio, no hables del pasado y de tu nueva vida. No. Te recomiendo que simple y poderosamente sigas tu vida, pero con esa Nueva Conciencia que sustenta lo que realmente importa, tu nuevo proceder. Recuerdo alguna historia donde al discípulo le preguntaba al maestro: “¿Qué debo hacer para alcanzar la iluminación?”, a lo que el maestro respondió: “Mata tres moscas y regresa”. El discípulo con cara de profunda extrañeza pensó: “Este no ha de ser maestro. Creo que ni ha de haber entendido la pregunta que le hice”. Y se retiró a buscar a otro maestro. Yo te digo hoy: el verdadero arrepentimiento obra el milagro del cambio inmediato, y listo. A lo que sigue. Sin mayor aspavientos, sin querer demostrar nada a nadie, sin buscar los reflectores para el nuevo proceder. Simple, sutil y poderosamente, tu actuar es otro y el tiempo demostrará, sin que lo busques, la trascendencia de tu momento de arrepentimiento. Maravillas te aguardan con una discreción así.

Y de paso por el tema también te digo: si el otro o la otra a quien ofendiste, te piden o disfrutan porque sufras con un nuevo cambio, te piden o disfrutan viéndote hacer grandes proezas para ganarte de vuelta el merecimiento de estar con ellos a través de su perdón valorado en la intensidad de tus nuevos actos, entonces, te sugiero que aproveches la gran oportunidad de este conflicto para dejar a esa persona y emprender tu nueva vida en tierras más sagradas y dignas de tu verdadero arrepentimiento. Te garantizo que si alguien disfruta viéndote sufrir por merecimiento, ahí no hay amor, y ni lo habrá. Y te adelanto que de regresar a él o a ella, luego de tus grandes proezas, poco tiempo pasará para que vuelvas a cometer aquel comportamiento del que aparentemente te arrepentiste, y verás que ahora ya ni te arrepentirás tanto. Piensa un rato en esta ventana al futuro que te abro como posibilidad.

Quiero citar el Evangelio de hoy, me gustó. Es el Evangelio según San Mateo, 21, 28-32: ¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: 'Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña'. El respondió: 'No quiero'. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: 'Voy, Señor', pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.

Interpreto este Evangelio como el verdadero arrepentimiento, ese del que te estoy hablando, ese que cambia la conducta sin más qué decir. Te repito, arrepentirse de verdad genera un cambio en el proceder. Si no sucede ese cambio, no existió el arrepentimiento. Por eso es tan hermoso y transformador el poder de arrepentirse, porque genera un cambio en el acto. Y hasta donde lo he vivido –porque me he arrepentido de varias cosas en mi vida— el cambio suele ser en verdad fácil, porque muchas veces no hay que hacer algo, sino tan sólo dejar de hacerlo. Y eso puede ser más fácil de lo que uno se imagina. La fuerza para dejar de hacer proviene del verdadero arrepentimiento, y se suele suceder casi en automático. La nueva conducta es una lógica consecuencia, no un objetivo. A la consecuencia se cae por dicha, mientras que al objetivo se intenta llegar con esfuerzo, y en el verdadero arrepentimiento no hay esfuerzo alguno, es la dicha de un cambio que se sucede divinamente. Punto.

Hace un rato leí por ahí una frase que me encantó y te la quiero compartir: “El verdadero arrepentimiento es contagioso”. Cierto. Se transmina de una persona a otra y tiene el mágico poder de extenderse a familias y sociedades enteras. Por eso, muchas veces me ha tocado ver en mi consulta –y también vivir en mi experiencia personal— que cuando uno confiesa algo y se arrepiente… ¡cuas! El otro o la otra aprovecha y se inspira para también aflojar y soltar otra cosita que también hizo y de la cual también se arrepiente. Breves momentos donde el primero que inició la magia del arrepentimiento no sabe si reír o llorar…, pero a fin de cuentas terminan (-mos) abrazándose y generándose un hermoso cambio. En estos casos recomiendo enfáticamente lo siguiente: ninguno de los confesos toque el tema más nunca. Ya se dijo, ya se arrepintieron, ya se perdonaron, ya se sucede la dichosa consecuencia del nuevo proceder, entonces ya no hablen del pasado, sepúltenlo en el olvido. ¡Ah cómo sirve esto!

¿Por qué quise escribirte de esto hoy? No lo sé. Simplemente mis manos tomaron mi laptop y empezaron a escribir. Pero también sé que parte de la magia que siempre se sucede en Nueva Conciencia es la sincronía con la que escribo de un tema y otra persona en alguna parte del mundo necesitaba saber de él precisamente hoy, aquí y ahora. Son cientos y cientos de opiniones puestas por mis lectores aquí en nuestra página que terminan diciendo esto. ¡Bendigo esa sincronía y la oportunidad de ser parte de ella! Saberse parte de un plan así, sin duda genera una gran… ¡Emoción por Existir! –Alejandro Ariza.

PD: Si te arrepientes y nada cambia, hay dos opciones que he visto en mi experiencia como terapeuta:

  1. No te has arrepentido verdaderamente del todo (95% de los casos)
  2. Ya hay una adicción al error de conducta y necesitas ayuda profesional (5% de los casos)

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