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27/01/2011

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¿Hacer o no hacer caso? - Columnas

Quiero empezar esta nota advirtiendo que no creo concluir nada, por si es que aún así te atreves a leerme. Insisto, quizá no sirva de nada lo que escribiré hoy aquí y solo intente satisfacer mi necesidad por escribir, aunada a la extraña sensación que experimento precisamente ante esta nota.

Cerca de la media noche, en un domingo entre semana (o sea, un día festivo como hoy) sonó el timbre de mi casa. Esto es una verdadera sorpresa. En mi estilo de vida, nadie viene a visitarme sin avisar y prácticamente nadie sabe donde vivo. Por esto, por la hora, y por la forma, porque me encontraba meditando, cuádruple sorpresa para mí. Son de esos momentos en donde me alegré de no haber estado haciendo algo..., algo. Cuando vi quién era, se trataba de un amigo a quien quiero mucho y que no veía desde hace tiempo. Me agradó su visita. Pasó a la sala y conversamos. Su única intención fue pasar a saludar me dijo. Mi amigo es de provincia y su visita fue muy al estilo de tal, donde se llega sin avisar, algo que demuestra la pureza que reina todavía en muchas provincias y que ya poco veo en la capital (aclaro que este punto de vista es muy personal y tremendamente subjetivo). Estadísticamente hablando, en mi vida, no había pasado esto en 5 años por lo menos.

            Mi inesperado visitante se trataba de un joven inteligente y con singular curiosidad por la vida en general, alguien que también disfruta de las amistades sanamente. En fin. La conversación se sucedió con fluidez. Siempre pasa así cuando hay determinada inteligencia y afinidad en los participantes. Tocamos temas tan variados. Su visita la advirtió de unos cuantos minutos que se convirtieron en casi dos horas. Así también pasa cuando hay riqueza emocional e intelectual en una verdadera conversación. Cada quien respetando sus turnos e intercambiando aportación por sincero interés, efecto sucedido en el hermoso péndulo de una plática. Mi amigo de 23 años de edad corpórea eligió temas tan variados como: física cuántica, "viejas", desafíos en el ambiente laboral, amistades, infidelidad y lealtad, enamoramiento, irresponsabilidad, secuestros, amor, etapas de búsqueda, necesidad de padres, y algún otro más que se me escapa. Obviamente, algunos temas los prohibí sutilmente por el simple hecho de estar en mi casa y porque no tienen ningún interés para mí en su frecuencia vibratoria (todo lo relacionado con temas del lado oscuro de la vida), algo que mi amigo gustosamente respetó y disfrutó. En algunos otros temas, le dije abiertamente que yo no era el personaje ideal para comentarlos por mi franca ignorancia sobre ellos. Pero de una u otra forma en esta extraña y por demás misteriosa visita, llegamos a un tema que me dejó pensando demasiado. Nunca supe cómo derivamos hacia él. ¿Por qué cierta gente hace caso y por que otra no? Ese fue el tema, si es que se le puede llamar así. ¿Por qué hay gente que sigue recomendaciones y otras no, cuál es la diferencia entre unas y otras? Sé que este tema podría extenderse horas y horas por el simple y poderoso hecho de trastocar el abundante tema en materia de liderazgo y motivación humana. Me he convertido un experto en estas materias y ello complicaría más el análisis (aunque parezca absurdo). Caray... ¿Qué es lo que hace que una persona obedezca a otra? La respuesta a esta pregunta podría ser fácil, insisto, si se analiza el tema de liderazgo que te digo. Prestigio, liderazgo de opinión, ejercicio del poder coercitivo, poder de recompensa, poder referencial, poder transformador, y toda una sarta de teorías que quizá hubieran dejado tranquila la curiosidad intelectual del momento y haber pasado a otra cosa. Pero hubo una pregunta más interesante para mí todavía: ¿Qué es lo que hace que una persona NO obedezca a otra? ¡Wow! No creo que esta pregunta, al ser la contraria a la previa, se satisficiera con respuestas simplemente contrarias a las respuestas previas, por lógica. No, no creo (y tampoco sé por qué no creo). ¿Qué es lo que hace que una persona NO haga caso a otra? ¿El pleno ejercicio de su libertad? ¿La adolescencia y su rebeldía? ¿Una abrumadora ignorancia? ¿Una tremenda terquedad? ¿Maldad y venganza? ¿Por ego y su necesidad de demostrar quién gana y tiene la razón? ¿Por el mero placer de ser antagonista, o más comúnmente dicho, el primitivo goce de llevar la contra? ¿Depende? Porque no es de confianza quien aconseja, o tal vez, porque no y ya. Debatimos y llegó un momento en que me quedé filosofando en voz alta mientras que mi amigo me observaba con ojos incrédulos ante los cuestionamientos que estaba presenciando en mi ser. Ni hablar, me atrapó encuerando mi alma en cavilaciones arizescas en su versión de ejercicio intelectual y de consecuencias inútiles y vagas (algo que suelo hacer estando yo solo y que hoy se me coló alguien). ¿Por qué hay personas que tienen la necesidad de una guía, de un gurú, de quien les diga por dónde y..., por cierto, quién guía al guía, quién es el maestro del gurú, quién le dice por dónde al que dice por dónde? ¿Por qué les creemos a esas personas? ¿Por los resultados que han logrado y su prestigio? Hoy tengo mis dudas al respecto. Me empecé a sentir extraño. Pero siguiendo con la pregunta que se me hizo más importante, ¿Qué cualidad o característica tiene la gente que siente no necesitar en absoluto de un padre, de una madre, de un maestro, de un guía? Mi amigo alcanzó a argüir que él era así, que no tenía gran necesidad de nada de ello, ni de padres ni guías ni nada. Luego comentó que se encontraba en una etapa de su vida caracterizada en una búsqueda constante, yendo de un lado para otro, conociendo una y otra y otra personas. Al mismo tiempo, yo sentado enfrente y con franca sensación de ya no buscar nada desde hace años, ya asentado en "mi lugar" y sin buscar ya a nadie, y ahí mismo sintiendo una enorme gratitud al saberme guiado todo el tiempo. ¡¿Acaso no estábamos al revés?! Luego intercalé otra pregunta a mi amigo: ¿Te quieres enamorar? A lo que me dijo sí. ¿Cuándo? le pregunté; a lo que me respondió: cuando ya haya llegado a mi lugar, no se puede antes ¿o sí? Esto que escuché se me figuró de lo más sensato de la noche. En eso, luego de un significativo silencio, se me ocurrió otra pregunta con respecto al tema que funcionó como hilo conductor de la última hora: ¿No hacer caso a nadie será un privilegio o una maldición? Mi amigo no movía su mirada que había clavado en mis ojos. El silencio se alargó. Luego mi amigo miró el reloj y súbitamente me dijo que tenía que irse porque lo esperaban en una fiesta. Se despidió de mí y se marchó. Cerré la puerta y me puse a escribir esto. –ArizA.

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