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27/01/2011

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Hogar dulce hogar. - Columnas

“Nuestra casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Un verdadero cosmos en todo el sentido de la palabra”. Esa fue una de las frases que alcancé a ver hace algunos días al apreciar con mi alma gemela una exquisita tienda de muebles para el hogar. Simplemente, me encantó. Y sí, en ese rincón del mundo que hacemos nuestro, nuestra casa, es en donde debemos experimentar un verdadero santuario. Me he dado cuenta del enorme placer que tengo todos los días, todos, cuando entro a mi espacio, mi “casita del árbol” –como alguien ya bautizó— y experimento la inconmensurable paz impregnada que diario vivo aquí. El olor a todos los libros y maderas que tapizan las paredes. Parte de mi ser que aquí dejo todos los días y me recuerda mi finita dimensión material que tanto gozo. Paredes cómplices de mis más alocadas aventuras. Muebles y sillones testigos de mis más intensas emociones durante inolvidables diálogos con seres que amo. Espacio donde he podido comer lo más delicioso que mi paladar ha conocido por el único aderezo que se puede verter en los platillos aquí servidos: el amor de mi alma gemela cuando los prepara. Lugar donde he podido llorar y reír a rienda suelta. Bendita ubicación del mundo donde me he encontrado varias veces con Dios. Universo en donde soy el centro rector, al mismo tiempo que elemento girando. Mi cosmos. Mi espacio para ser tal cual soy. ¡Eso creo que debe ser la casa de uno! Así y sólo así es cuando uno puede decir al entrar… ¡hogar, dulce hogar!

            Si no vives una experiencia similar, siento que te estás perdiendo de una experiencia formidable. Tu casa, sugiero que deba ser ese sublime espacio donde sólo permitas entrar a el amor. Desde hace casi 9 años en que vivo en esta casa, mi casa, así lo decidí. Aquí casi nadie entra, y es que es muy difícil acceder hasta aquí en donde estoy ahora. Y es que tengo el indescriptible placer de haber decidido que a mi casa nadie entra si no viene con el corazón hinchado de amor, paz y buena voluntad. De lo contrario, para cualquier otra clase de emociones, está “el tercer espacio”, ese lugar que ni es tu casa ni tu lugar de trabajo, es decir, los cafés, los restaurantes o bares en donde se puede perder toda intimidad fundiéndose con el relativismo moral que tan bien cobija a cualquier relación humana ahí sucedida. Pero mi casa no. Mi casa es un santuario, donde toda aquella persona que ha entrado lo ha sentido, pero sobre todo, donde yo siempre lo experimento. Tal vez por eso no me gusta salir. ¿Para qué? Si aquí adentro estoy en mi rincón del mundo donde rige el amor y el bienestar como constantes.

            Triste historia la de aquellos que dicen preferir salirse de su casa para estar más en paz. Para como veo las cosas afuera, ¡no me quiero imaginar lo que viven dentro y aún así prefieran salir! Pero así es en muchos casos. La casa se convierte en la sala de torturas y quien juega el papel de verdugo no se explica por qué nadie quiere visitar esa casa. ¡Qué ganas de no ver! Quizá por eso otra frase que encontré en un libro el mes pasado, me encantó por su repleta verdad intrínseca: “¿Qué es un estúpido? Un ciego voluntario”. Si alguien no quiere entrar a determinada casa, ¡es por motivos evidentes! No hay mucho que analizar sin en verdad se quiere ver. Por favor, por y con Nueva Conciencia, no te pierdas el exquisito placer rutinario de poder llegar a decir al entrar a casa: “Hogar, dulce hogar”. Elige la paz en tu interior, y luego permite que sin esfuerzo alguno se impregne en tu derredor. Así sucede. Todo cambio en tu casa empieza desde un cambio en tu interior. No habrá otro cambio auténtico.

“La casa es la historia viviente de una persona; es un lienzo para expresarnos. Sólo hay una regla: deja espacio para el cambio, un lugar para lo que se va y para algo que llega”. Esta frase la vimos al voltear a la pared de enfrente y también me fascinó. Hay tanta verdad en ella. Al principio, en lo que más estoy de acuerdo es en que la casa sea una historia “viviente” de la persona. No comprendo aquellas casas que parecen museos que, obedeciendo a las demandas del ego porque todo siempre se vea limpio y en orden, deja de parecer que hay vida. Y no, por lo menos yo no estoy dispuesto a vivir en un museo para que entre la gente a apreciarlo y presumir mis colecciones o finezas. Eso no sería una casa, más bien sería eso, un museo; y yo prefiero vivir en casa, no en un espacio donde se esponje mi ego queriendo ver desfilar alabanzas maquilladas de envidia. Creo que mi casa se trata del espacio necesario para que viva y disfrute yo, no para que los demás observen nada. Tal vez por eso seguí encantado con la idea de que la casa “…es un lienzo para expresarnos”. ¡Caray! Todo lo que podemos mostrar de nosotros por la forma que le hemos dado a nuestra casa. Pero… ¡alerta! Cuando digo que “podemos mostrar” no me refiero a los demás, si no a nosotros mismos cuando nos detenemos al centro de la casa y observamos amorosamente el derredor. ¡Es tan manifiesta nuestra personalidad ahí! Y si no puedes observar esto en tu casa, ojalá lo puedas por lo menos en tu habitación. De lo contrario, estarás viviendo en el espacio de otro. Y ahí no perteneces, salvo quizá como otro mueble más.

Me alegra la única regla que expresa aquella frase que vi: “…deja espacio para el cambio, un lugar para lo que se va, y para algo que llega”. Esta es la única manera de no sufrir: eliminando los apegos. Todos los bienes materiales que puedas tener en casa, no deberían de servirte más que para dos cosas: ayudarte a apreciar la belleza momentánea, y recordarte la finitud de todo, y es que materialmente hablando, nada es para siempre. Deja que lo que pasó pase, y que lo que venga llegue. Y mientras permítete apreciar la hermosura del fenómeno tan constante llamado “cambio”.

Son estas, breves cavilaciones que hoy te escribo precisamente desde mi casa, las que me han permitido sentir que te comparto parte de mí en esta breve nota. Gracias por aguardar mi escritura. Gracias por tantos correos que me piden que no deje de escribir. Gracias por recordarme mi verdadera misión. Cada correo que recibía a últimas fechas era como una amorosa bofetada que me decía: “¡No te distraigas de lo que realmente es lo tuyo! No desperdicies tu energía en lo que no es tu verdadera misión”. Así sentí en estos días. Gracias por ayudarme a recordar. Gracias por permitirme volver a disfrutar de mi hermosa mesa de escritura, mi cansada silla (¡me aguanta todavía!) y saborear cada palabra que expreso en mi escritura para ti, acompasado con breves sorbos de agua al tiempo que me reclino en mi respaldo y veo lo que “sale” de mí para ti. ¡Es hermoso este encuentro! Siempre bendeciré esta indescriptible dimensión resultante en el privilegiado espacio donde se dan cita escritor y lector… éste, nuestro espacio, un tipo de… casa nuestra. Dejarme convivir así contigo me genera ¡Emoción por Existir! –Alejandro Ariza.

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