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27/01/2011

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Claras señales. - Columnas

Una despedida, un adiós. Una carta. Una foto. Una llamada telefónica. Un mensaje. Dios en todo un y una. Nostalgia y alegría que embarga mi espíritu esta mañana. Aquí la historia.

Una despedida, un adiós. Despierto y me dirijo a mi laptop para trabajar un rato. Al abrir mi correo, recibo un e-mail de alguien a quien quise mucho en mi vida reciente. El asunto del correo decía: Adiós. Escrito en francés. En cinco sucintos párrafos, dos de ellos de una sola línea, esta persona me expresaba su reconocimiento al afecto que le prodigué así como a valiosas e inolvidables enseñanzas, pero al mismo tiempo me confesaba con lamento su incapacidad para seguir cultivando una relación conmigo. Palabras hermosas y en verdad halagadoras hacia mi persona, profunda gratitud por la enseñanza recibida y por la transformación generada. Pero, como con frecuencia me sucede, a todo esto lo acompañaba la explicación de lo difícil que es llevar una relación con alguien como yo, entre tantos viajes, compromisos, habituación al liderazgo, y sui géneris gustos por estar en paz y tranquilidad el mayor tiempo posible. En verdad una despedida hermosa, de esas donde no hay mucho que explicarse. No hay rencor, no hay rencillas, no hay dolo, nada de esas barbaridades del inframundo de tan bajas frecuencias vibratorias. Simplemente se escribieron 5 párrafos con verdad y ante ella, no hay nada que hacer. Muchas veces las cosas terminan porque terminan y no hay mayor explicación. Respondí el mail amorosamente, no había otra forma de hacerlo. Gocé cada palabra que comuniqué. Me hubiera gustado hablar esto en persona, pero sólo recibí un correo electrónico de pocas líneas; y es que escribir conlleva inherente la complicidad con la mayor facilidad para expresar lo que uno siente, a diferencia de la abrumadora presencia física que muchas veces dificulta la comunicación por vergüenza o incapacidad ante alguien que te impone. Acepté la verdad y seguí adelante. Derramé una lágrima de nostalgia ante la exquisitez de lo vivido dándome la oportunidad de sentir. Agradecí y supe que no hay nada más que hacer. Fue un momento hermoso, o más bien, que lo hice hermoso percibiéndolo con Nueva Conciencia.

Una carta. En mi proceso de amorosa contestación, por supuesto que se arremolinaban en mi mente preguntas sin respuesta. Pero…, sin respuesta hasta segundos después. Decidí, gracias a Nueva Conciencia, no estancarme en el momento al saber que la vida es hacia adelante y continué revisando mis correos. Entró otro e-mail de un fan de Nueva Conciencia y ahí me decía la persona que me había enviado una carta hace tiempo y que no había recibido mis comentarios, que me la volvía a enviar. Abrí la extensa carta donde me felicitaba ampliamente por lo que mis libros han hecho en su vida. Leí la carta por primera vez. Al terminar de leer tan linda carta me encontraba llorando de gratitud. La carta se llamaba: “Etapas de mi vida”. En algunas partes de la carta, el señor que me escribe usa algunos párrafos enteros escritos con mayúsculas, con la evidencia por hacer resaltar la idea, y aquí están algunas de ellas escritas así: “…no puedes seguir viviendo de esta manera…”. Otra: “…gracias a Dios… creo que lo emocionante de la vida son las etapas que vivimos en el transcurso de nuestras vidas, qué aburrida sería si no fuera por los cambios que vamos teniendo y cómo avanzamos por este camino…, no puedo ni debo criticar lo que en cierta etapa de mi vida me sirvió”. Y al final hay otra: “Cada paso que damos por el mundo es una nueva etapa, cada nueva etapa es un nuevo descubrimiento y al final un Dios para todas las etapas”. La emoción que sentí por el mensaje tan directo a mis preguntas me llevó a las lágrimas, sólo dos, pero de esas que se sienten claramente cómo surgen desde la garganta. Mis ojos se quedaron prendidos de la pantalla durante varios minutos, no sé cuantos. Mi mano tapando mi boca. No puedo negarlo, había franca sorpresa. Supe con certeza que la carta era el mensaje perfecto en el momento perfecto en la forma perfecta. Claras señales que confirmaban una comunicación que viene desde más arriba.

Una foto. En ese momento, no tuve otro impulso que voltear a ver hacia atrás de mi escritorio donde tengo una foto de Jesucristo. Le voltée a ver y se engarzaron nuestras miradas varios segundos que se sienten como horas de plenitud. Ese instante es sobrecogedor. Mentalmente y con una extraña pero divina sensación dentro de mí, le dije: “Eres tú, ¿verdad? Qué claras señales mandas. Cuando veo tu foto me entra tanta ansiedad por escuchar tu voz, como si estuvieras a punto de hablarme…”. Y en ese preciso instante, suena mi celular…

Una llamada telefónica. Volteo a ver el identificador de llamadas y no reconozco el número. Desde hace muchos meses no contesto ninguna llamada que no reconozca o no esté autorizada por mi sistema, sin embargo, esa llamada que no reconocí, contra todo hábito, la contesté de inmediato y así como así en forma directa una voz femenina me dijo luego de yo decir “Bueno…”: “Dios te ama y lo llevas muy dentro. Eres un ser especial y lo sabes. Escribes con un mensaje que sólo Dios da, en verdad Él está contigo y te usa. Qué privilegio contar con tu amistad. Qué gran dicha poder contarte como mi amigo…”. Y continuó con otros halagos como escritor. Yo escuchaba agradecido pero me quedé pasmado. En esa llamada, como si se hubiera apretado un botón, en automático se derramaron todas las lágrimas que se habían atorado. No podía hablar. La garganta se me cerró unos instantes. Luego, esta mujer, curiosamente llamada “María”, me siguió diciendo ya no sé de qué…, no puede captar bien qué me decía. Yo seguía impávido por las claras señales. Acababa de decirle a la foto que quería escuchar su voz y en ese instante suena mi celular con la voz y su mensaje. María notó mi silencio y el cómo yo estaba fuera de… de algo. Le expliqué lo que había sucedido y la sincronía de eventos. Lloró conmigo por teléfono y se ufanó amorosamente, con justa razón, de ser un canal de Dios para comunicar su mensaje. Hoy no me queda la menor duda: se nos usa a todos para dar un mensaje a todos. Le envíe un beso y tuve que colgar.

El mensaje. En estos minutos de la mañana, donde todo esto sucedió quizá en 22 minutos, me di cuenta que yo estaba escribiendo mi respuesta, a aquel mail del adiós, a las 11:11, porque en algún momento mis ojos se voltearon a ver el reloj. Y supe lo que eso significaba. Durante lo que viví en toda esta experiencia, en algún momento que pareció no venir al caso, sentí el impulso irrefrenable de escribir un mensaje de texto por celular a un amigo arquitecto que hace tiempo no veo. Escribí casi en forma automática: “Eres un gran ser humano. No se te olvide”. Y el enviarlo, sucedió otra sensación de oleada interior tras mis ojos queriendo expulsar otra lágrima. Un par de minutos después, me responde por escrito a mi celular: “Hoy me hacía falta escucharlo”. Y en mi interior surgió imponente otro mensaje que escribí de inmediato: “Lo sé. Y sabe que yo no te envié este mensaje, viene de mucho más arriba”. Segundos después recibo: “Me haces llorar de alegría. Gracias por tus palabras”. Y ahí supe que las gracias no me las estaba dando a mí, aunque él crea que sí.

¿Por qué pasa todo esto? ¿Por qué capto claras señales? ¿Por qué suceden estos eventos ya diariamente? Tengo la firme idea de que nos está pasando a muchos. El nivel de conciencia colectivo, se está elevando. Todo pasa por algo, y ese algo siempre es algo bueno, aunque no lo entendamos así mientras pasa. No somos quienes planeamos, sino que somos dichosamente planeados. Todo está bien, todo el tiempo. Cada quien recibe lo que debe recibir en virtud del siguiente nivel al que está siendo invitado a ascender. Hay claras señales para todos, todo el tiempo. Todo es cuestión de querer ver. Y justo aquí será decir que no se ve con los ojos, sino con la conciencia, y por ello, dependiendo del estado de conciencia que desarrollemos será lo que alcancemos a ver de este mundo encantado. Dios está más presente que nunca, o mejor dicho, nosotros nos estamos haciendo más presentes que nunca con Él porque Él siempre había estado ahí, pero nuestra conciencia no nos permitía verlo con tan claras señales.

Sé que hoy se me está haciendo tarde. No debía haber escrito porque tengo prisa y que correr para llegar a una conferencia que inicia en un par de horas. No me he arreglado (¿o ya me arreglaron?) y ahora tendré que correr más. Sin embargo, todo este tiempo “algo” en mi interior me decía que tenía que escribir esto y publicarlo porque sería esta nota “claras señales” para quien lo leyera precisamente ahora. Contra toda posibilidad de darme tiempo para escribir ahora mismo, pues aquí está. Sé que deberá servir, por la apasionante y misteriosa red que se arma en este hermoso viaje llamado Vida. Sirva esto como manantial de inspiración para muchos. No te imaginas el amor que siento por todo el mundo en este instante. Qué bueno que estoy solo, si no ya mejor ni lo cuento. Viva Nueva Conciencia…, con ¡Emoción por Existir! –Alejandro ArizA.

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