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27/01/2011

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Siempre hay otra opción. - Columnas

Cuando crees que todo se te derrumba, cuando pierdes tu trabajo, cuando te divorcias, cuando terminas con tu pareja, cuando calladamente deseas salirte de esa carrera y solo el miedo te detiene aunque tu corazón te grita que la dejes, cuando percibes que el horizonte se te acaba, ahí, precisamente ahí debes saber que no se trata de que el horizonte se termine, sino de una falsa percepción generada por la estrechez de tus miras. Lo que tú alcances a ver a lo lejos es independiente de la magnitud real del horizonte. Por eso afirmo, siempre hay otra opción. ¡Siempre! Que no la alcances a ver, eso es otra cosa, por suerte muy otra.

            La semana pasada recibí un correo electrónico por uno de mis exalumnos. Alguien a quien le di clase de “Ética y Valores” en su escuela preparatoria hace 4 o 5 años aproximadamente, modestia aparte, la clase más aclamada de toda aquella escuela. Recuerdo que pasaba lista y cada semana aparecían más y más alumnos aunque la lista ya estuviera llena. Fue una época que tuvo su magia. Un día me mandó llamar la coordinadora por órdenes de la directora, para averiguar qué estaba pasando en mi clase porque a esa hora cada vez más alumnos faltaban a otras clases para meterse a la mía. Recuerdo haberle dicho que no sabía, que simplemente era algo que sucedía. Lo que sí recuerdo es que dictaba mis clases con toda la pasión como si fuera una conferencia sólo para esos jóvenes; sabía que se estaban transformando vidas. Bueno, pero volviendo al tema, el correo que recibí fue este:

Alejandro: ¡Hola! Acabo de leer un boletín tuyo, el de “Algo diferente”, y pues me dieron ganas de escribirte; qué pues, si no nos hemos podido ver, mínimo saber de ti, saber que estas bien. Ha pasado bastante tiempo desde la ultima vez que platicamos y de hecho ya va van casi dos años desde que vivo otra vez en Monterrey y pues me he preguntado… ¿Qué hubiera pasado conmigo si hubiese seguido el camino que enseñaste? Lo que platicábamos y cuando éramos amigos. Creo que serian las cosas muy diferentes para mí, creo que seria feliz y pues seria otra persona, porque honestamente las cosas aquí no marchan bien, no me siento bien y no quiero ser de esas personas que cuando lleguen a los 40 años volteen y digan: “¡Qué porquería ha sido de mi vida!”. Creo que no he seguido mis sueños y eso se hace más frustrante para mí, porque mientras más pasa el tiempo, me vuelvo un individuo más amargado y gris. Y pues no sé qué va a pasar y de verdad, si volvieras a venir, créeme que me haría feliz el poder platicar contigo, porque creo que he tomado la senda más tomada y creo que por ahí no va mi vida. Me despido esperando saber pronto de ti. –C.

No puedo negar que me impresionó. Un joven de casi 21 años escribiendo esto con toda seriedad. Para mi Nueva Conciencia, no puedo sentirme bien escuchando a un joven de tan temprana edad percibiéndose como amargado y gris. ¡No! ¡La vida es aventura! ¡La vida es un himno a la alegría! ¡La vida, y más de joven, debe ser constante emoción por existir! Le respondí que el único fin de semana que estaría en México sería este 12 y 13 de noviembre. Al siguiente día me dijo que si lo podía recibir un ratito el domingo. Por supuesto que acepté. Supuse que, como muchos estudiantes en Monterrey, vendría este fin de semana con su familia y de paso podríamos charlar. Nos citamos a desayunar. Cuando llegué al restaurante, nos dimos un efusivo abrazo y percibí sus ojos llenos de emoción. Lo empecé a escuchar. Mi primera sorpresa fue que no vino a México a ver a su familia, sino que sólo y exclusivamente vino a conversar conmigo. Mi sorpresa aumentó cuando por lógicas condiciones financieras a esa edad, no tomó ningún avión, sino que se vino desde Monterrey en camión tomándolo el viernes a las 9 pm, para llegar a México a las 9:30 am del sábado y llegar a desayunar conmigo. Su plan era charlar conmigo, hacerme preguntas, verme, y de inmediato tomar otro camión para emprender el regreso. ¡Wow! Eso es desear conversar con alguien. Lo aplaudí y seguí escuchando.

            Sus quejas eran más que comunes para mis oídos. Alguien que se ha detectado como infeliz mientras hace lo que hace, llegando a tener temporadas donde dormía 18 horas al día, ningún deseo por levantarse para ir a la Facultad ni de ver a nadie. Ha notado que sus amigas y amigos ya se lo dicen inclusive. Franca depresión ha vivido. Empezó la carrera de Medicina y no le hace nada feliz en absoluto. Sin embargo, mi sorpresa llegó a niveles mayúsculos cuando, entre toda su frustración y tristeza, me dijo: “Sólo empecé a estudiar Medicina para poder llegar a hacer Psiquiatría, y sólo quiero hacerme psiquiatra porque quiero ser como tú y hacer lo que tú haces”. Casi me caigo de la silla. ¡¿Qué?! –le dije. ¿Empezaste una carrera solo por querer ser como yo? Sí –me respondió. Entonces, la charla se hizo más interesante. Le dije que jamás copiara la actividad de alguien a quien admira, sino más bien imitara la actitud y la visión de esa persona. No se trata de copiar, sino de imitar. La diferencia la explico más ampliamente en mi libro Cree en ti. Ahí hay una breve historia que sirve de preámbulo de mi libro y lo expongo con detalle. La tarea ahora consistía en averiguar qué era lo que en verdad le inspiraba a él, así como a mí lo que hago en mi vida. Por supuesto, previamente habiéndole aclarado, para su sorpresa, que en mi caso, casi todo lo que hago aquí en Nueva Conciencia es resultado de seguir la guía de mi espíritu, de mi más auténtica inspiración y pasión, y que eso no tiene nada que ver con Medicina o Psiquiatría. Prácticamente nada, gracias a Dios. Nueva Conciencia ya es una filosofía de vida, mi filosofía ante la existencia, filosofía de grandes beneficios y enorme expansión demostrados ya en cientos de miles de personas alrededor del globo. Se trata de vivir en paz y emocionados por existir.

            Cuando llegamos a la pregunta de qué es lo que deseaba hacer con su vida, no encontró respuesta en ese momento. Clásica postura. Estaba bloqueado. Y con sincera angustia me dijo: “Si dejo lo que hago, no sabría qué otra cosa hacer. No veo nada factible. Y no me imagino lo que dirían mis papás…, en verdad no sé ni qué. Veo mi futuro totalmente oscuro”. Quizá mucha gente aquí aconsejaría lo que yo nunca diría: “Acaba lo que empezaste…, no le hagas eso a tus papás…, al rato le vas a encontrar el gusto…, todos pasamos por un mal momento pero luego pasa…, ya déjate de tonterías y ponte a estudiar…, no traiciones la expectativa que tus padres han depositado en ti…, termina y luego te dedicas a otra cosa…, esto es momentáneo…”, y un sinfín de etcéteras por el estilo. ¡Con Nueva Conciencia jamás diría eso! Lo único que comenté fue: “Nunca es tarde para cambiar. ¡Nunca! Y no hay que temerle al cambio, de hecho, lo peor que puede pasar ya está pasando. Tu futuro es extraordinario, si tan solo le haces caso a los dictados de tu corazón, y éste siempre te hablará en su propio idioma: tus sentimientos y emociones”. Alzó las cejas. Noté su lógica sorpresa. Luego comentó: “Es que precisamente ahí está mi conflicto creo. Mi mente me dice algo y mi corazón me dice lo contrario”. Entonces le afirmé enfático, a la vez que con afecto, lo siguiente: “Querido C., por favor escucha con atención. Cuando tu mente y tu corazón entren en conflicto, cuando la postura de uno discrepe con la del otro, recuerda: tu mente supone, tu corazón sabe; tu mente pondera, juzga y analiza, tu corazón jamás juzga ni analiza, éste siente claramente la verdad; tu mente te hace percibir miedo ante la incertidumbre, tu corazón te muestra la certeza y la seguridad propias de amar lo que siente como verdad para ti. Tu mente percibe que el horizonte se acaba, tu corazón sabe que estás preparado para el infinito donde las posibilidades nunca se agotan. Tu corazón siempre está en paz, tu mente es el abogado del diablo...”. Se hizo un silencio. Nos envolvió una burbuja de paz y armonía que percibí perfecto. Se le llenaron sus ojos de lágrimas y luego continué: “¡Ánimo! La vida no se acaba ni nada grabe está sucediendo. Por favor, créeme en esto: tú no tienes problemas, sólo piensas que los tienes, y ese es origen de tu propio infierno. Sal de él. Sal con una sola decisión y que, por cierto, es muy fácil tomarla”. “Es que no creo que sea tan fácil” – me dijo. “Esa es una de las creencias más limitantes del ser humano. Creer que para realizar algo que valga la pena, debe de costar trabajo. Eso es falso. Por favor créeme, basta una decisión, algo que termina siendo un proceso eminentemente mental, y todo te cambiará. El día en que cambies la forma en que ves las cosas, verás cómo las cosas cambian de forma”. Además le hice ver su enorme liderazgo. Recuerdo que le comenté mi sorpresa ante un poderoso hecho en materia de liderazgo; si el líder es aquel que mueve gente, pues le hice notar su gran liderazgo por moverme a mí, recuerdo que le hice hincapié en que no dejara de ver que me sacó de mi casa en domingo y me tuvo sólo para él en un restaurante durante 3 horas. Poca gente puede esto sin duda. Sé que ahí notó su fuerza, era cuestión sólo de recordárselo.

            En fin, el resultado de nuestro desayuno fue garantizarle que siempre hay otra opción y que el mundo no se acaba por más trágico que aparente ser el momento por el que estamos pasando. ¡Es tan trascendentemente importante saber esto! Quizá por eso te lo quise compartir hoy aquí. Y es que precisamente en mi libro titulado Siempre hay otra opción, cito uno de los más bellos poemas que conozco, “La senda menos tomada”, de Robert Frost. Y por eso este chico en su correo me decía: “…creo que he tomado la senda más tomada y creo que por ahí no va mi vida”. Correcto. Si tomas la senda que la mayoría toma, con toda seguridad no es la tuya, es la de la mayoría. Te adelanto que se regresó a Monterrey feliz y me dijo: “Ariza, hace más de un año que no sonrío como hoy. Hace muchos meses que no siento ilusión y emoción como ahora mismo”. Lo festejé y supe que este domingo cumplí una vez más con mi misión.

            Cuando estés parado frente a un horizonte donde no encuentras camino, esa será la señal más inequívoca de que estás frente a tu propio camino;  y la garantía de que se trata del tuyo propio es precisamente porque con cada paso que des lo irás creando tú.

            Hay más de lo que alcanzamos a ver. Hay más que hacer de lo que sabemos se puede hacer. Hay más por realizar de lo aprendimos como lo convencional para realizar. Hay más gente allá afuera que merece tu cariño y tú el de esa persona. Hay más por descubrir que todo lo que todos nos han mostrado. El horizonte puede aparentar tener un final, pero la verdad es que se trata del infinito donde no acaba nada, solo cambian las cosas y siempre para bien. Además, cuando la vida te de un aparente golpe en forma de frustración, desengaño, tristeza o pérdida, piensa más bien que quizá todo ello sea el maquillaje de una poderosa señal-guía que te está indicando a todas luces que tu camino no es por ahí. Vivo en la certeza de que la vocación de un ser humano es tan poderosa, que ella misma te imposibilita para hacer lo que no estás destinado a realizar. Si la gente supiera que sus tristezas y frustraciones son exquisitas señales para emprender otro rumbo, la perspectiva de un cambio sería enteramente otra. Para lograr este cambio se requiere Nueva Conciencia. Por eso estamos tú y yo aquí compartiendo. Por eso este chico en un viaje de más de 24 horas en camión, ida y vuelta, llegando ayer y yéndose hoy, fue mi inspiración para escribirte esto hoy aquí. Sé que este chico ha dejado una gran lección para todos nosotros. No hay acto de gallardía colmado de ilusión que no genere expansión de respuestas y bienaventuranzas. Pase lo que pase, suceda lo que suceda…, siempre hay otra opción. Cuando creas que todo se te derrumba, lo más seguro es que tú te estés elevando, y por eso parece que todo se cae, es una ilusión de óptica. El mundo, tu mundo, no se acaba. No se acaba nunca. Nunca. Solo puede cambiar para reindicarte tu verdadera misión y compromiso con la existencia. Es cuestión de darse cuenta. Es cuestión de abrir los ojos a las señales y seguirlas. Tus sentimientos son la guía. Confía en ellos. Nos llevan a buen puerto siempre. Siempre. Te lo afirmo con mi vida, con mi ¡Emoción por Existir! –Alejandro ArizA.

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