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27/01/2011

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Un gran, gran consejo. - Columnas

En muy pocas palabras se pude encerrar una gran sabiduría. En una sola frase puede haber un conjunto de conocimientos amplios y profundos. En la buena intención que encierra la breve sugerencia de una persona sensata puede haber un gran, gran consejo para la vida. Eso fue precisamente lo que sentí cuando hace algunos días recibí un correo electrónico por parte de una nueva persona que está llegando a mi vida.

            Sucede que mi alma gemela me platicó de un joven médico dermatólogo muy talentoso, haciendo referencia a él como un extraordinario ser humano, hermano de una amiga suya. Me he enterado poco de su trayectoria de vida pero con lo que mi alma gemela me compartió fue suficiente para percatarme y constatar de que sí, se trata de un ser especial. Así, este colega y yo empezamos una amistosa comunicación vía correo electrónico desde hace poco tiempo ya que él radica en el extranjero; en algún correo le comentaba que estaba a punto de tomarme unos días de vacaciones a uno de mis destino preferidos, Nueva York, y al yo saber que a él le encanta viajar y vivir bien y que así sabe de varios lugares recomendables, le pedí me diera sus sugerencias. Así lo hizo amablemente. Recuerdo que me dio tantas recomendaciones de lugares de arte, bares con exquisita música y restaurantes inolvidables a lo cuales ir que supuse habría pensado que mi estancia sería por semanas. Bromeando le contesté que sólo iría 5 días y que no pensara que me quedaría semanas. Su correo de respuesta fue algo así como: “…nunca pensé que irías tanto tiempo, pero bien sabes que cuando uno está gozando un viaje, ni ganas de dormir dan…”. En ese momento pensé: “Bajo los parámetros de este chico entonces creo que no sé gozar un viaje”. Y es que disfruto enormemente dormir como oso cuando viajo de placer y despertar sólo y exclusivamente hasta que mi fisiología me abre el ojo o el esfínter vesical (sobre todo el primero, porque he desarrollado el talento de que se me puede abrir el segundo sin la necesidad de abrir el primero). Y tengo la dicha de que, lógicamente, a mi alma gemela le pase igual. Así que nunca hay pleito por salir del hotel casi a las 1 de la tarde, felices y contentos. No obstante, empezaban a resonar sus palabras en mí: “…gozando un viaje, ni ganas de dormir dan…”. Los últimos días noté que nos levantamos un poco más temprano, poco.  Sin embargo, al terminar de leer su correo, me impactó lo que me dijo casi al final en forma tremendamente natural por la cadencia de su discurso, tanto en sintaxis como en semántica, con la contundencia de la verdad cuando es expresada en breve; prácticamente remata su amable correo diciéndome muy amistosamente las siguientes sabias palabras para gozar más mi viaje: “…es bueno aprovechar para conocer y hacer cosas diferentes. Atrévete a hacer, atrévete a conocer y vivir más al límite”. Me quedé paralizado al leer sus palabras. Sentí perfecto en mi pecho el impacto energético de su sugerencia, recuerdo cómo fue tremendamente manifiesta la alta frecuencia vibratoria de su recomendación cuando al leerla se me erizaba la piel de los antebrazos: “…es bueno aprovechar para conocer y hacer cosas diferentes. Atrévete a hacer, atrévete a conocer y vivir más al limite”. Incluso me llevé mi mano a la boca que estaba abierta. “Vivir más al límite”. Vivir más al límite. ¡Qué maravilla! ¡Éste es un gran, gran consejo! Consejo que solo almas nobles y evolucionadas se atreven a dar, porque existe ya gran valentía en el mero hecho de atreverse a expresar un consejo así. Consejo que remonta a mucho mayor envergadura, a la transformación, si quien lo sugiere lo ha vivido en carne propia. Y es el caso. Por eso ciertas palabras se llegan a “sentir” y transforman a quien las escucha o las lee, sucediendo así tan sólo en el intrincado y misterioso fenómeno del poder transformador que tienen las palabras cuando quien las dice les confiere dicho poder como reflejo de lo ya vivido.

            Dos días después le escribí sucintamente diciéndole lo mucho que me impresionó el gran consejo que encerraba en una frase. Incluso le comenté que sería fuente de inspiración para alguna de mis publicaciones futuras, y que lo citaría dándole sus créditos. Me volvió a sorprender su noble actitud cuando me respondió: “…si quieres usa lo que te haya escrito, pero prefiero que no me nombres ya que mis pensamientos los prefiero reservar para mis amigos”. Luego de agradecerle la deferencia que me confería en su comentario (valoro mucho el concepto de “amigo”), le expresé que así sería. Y por eso hoy te lo comparto a ti respetando su solicitado anonimato. Como ves, es de los grandes cuyo ego lo tiene, por lo menos en este comentario, bastante disminuido. No quiere figurar, quiere compartir. Y la verdad, qué gran consejo, te lo repito: “…es bueno aprovechar para conocer y hacer cosas diferentes. Atrévete a hacer, atrévete a conocer y vivir más al límite”. Sin duda seguí su consejo en mi viaje. Sin duda hubo más emoción por existir de esa manera.

            En estos días que me he permitido hacer una relectura de mi vida, efectivamente la he vivido en forma muy intensa, extremadamente intensa a momentos. ¿Cuándo?, cuando me he atrevido a conocer y hacer cosas diferentes. Cuando me he atrevido a hacer, cuando me he atrevido a conocer, cuando me he atrevido a vivir más al límite. De hecho, como deberás comprender, no puedo confesar todo acerca de mi intimidad vital porque muchos lectores creo que se asustarían a un grado mayúsculo, y sí, estoy de acuerdo, eso es sólo reservado para mis amigos más cercanos, y los más para mi alma gemela. Lo empecé a notar en mi programa pasado “La senda menos tomada” donde en varios momentos comenté con mis asistentes, tal como lo prometí, muchas reflexiones de vida, y de mi vida, que nunca antes había compartido en público. Noté perfecto los silencios en mi audiencia con una actitud de incredulidad y asombro combinadas. Uno de los momentos más álgidos del programa fue cuando les dije: “Imaginen por un momento que no existe el bien y el mal y de esa manera analicemos el comportamiento…”. En la audiencia todos escuchamos perfecto cómo alguien por ahí en las primeras filas emitió el súbito sonido con una inspiración de boca abierta: “…hhiiii!!”. Cambié de tema de inmediato y me dije: “…todavía no es el momento de compartir estas cosas tan abiertamente; quizá mañana”. Seguí con otro tema interesante. Al día siguiente, cuando empecé a hablar de mi perspectiva en el comportamiento sexual del ser humano y su relación con la moral en diferentes culturas, las miradas de mi audiencia, esos ojos pelones que vuelvo a ver tan solo de recordar mi programa de hace unas cuantas semanas, me invitaron a no profundizar en el tema. Todavía no había llegado el momento tampoco. Quizá en un futuro. La gente despertamos poco a poco.

            Sí, he hecho en mi vida algunas cosas que bien podrían considerarse como inauditas para algunos que han creado una imagen alrededor mío. Hoy me alegro tanto que yo no tenga esa imagen de mí mismo. Me he permitido varias veces. Por ahí tengo una tela que alguien me regaló hace años, y que solo yo guardo, donde está zurcida una frase que dice: “Tengo permiso”. Cuando se me antoja hacer algo fuera de lo común, siempre la leo. Y hoy, a estas alturas de mi vida, le doy tantas gracias a Dios de haberlo hecho, para bien o para no tan bien. La maravilla consistió en que me atreví a hacerlo. Sin duda ninguna han sido momentos que me han generado una gran emoción por existir, esa de la que tanto hablo y de las que muchos solo la leen, pero todavía no la sienten. Mi gran maestro, R.W. Emerson, expresó alguna vez: “La vida es un experimento. Experimenta en ella”. Conforme pasan los años, poco a poco, alcanzo a ver su verdad.

            Ahora mismo viene a mi mente uno de los consejos más valiosos que recibí en la clínica de Psiquiatría por parte de una de los residentes más sensatas que nos daban clase. Cierro mis ojos en este momento y juro que parece como si estuviera volviendo a vivir la escena. Me sorprende que no recuerdo el tema del que nos estaba dando clase aquel día (han pasado muchos años), sino que lo que único que recuerdo fue un momento en donde la doctora hizo un silencio a manera de pausa dramática del discurso; luego miró hacia el suelo, su mano derecha se la llevó a la cintura y la izquierda a la barbilla dándose pequeños golpecitos con su dedo índice en el mentón, caminando lentamente de un lado para el otro, para luego detenerse, voltear a vernos y arremeter con estas palabras que se grabaron en mi corazón y mi mente: “…jóvenes, si quieren el más valioso consejo para ser un gran médico psiquiatra, les recomiendo que se atrevan a vivir muchas, pero muchas cosas de la vida. De todo tipo. Esa será una de las mejores enseñanzas que puedan recibir para lograr entender de verdad a sus pacientes”. Nunca he olvidado esas palabras. Sin duda, la enseñanza más valiosas del curso de Psiquiatría de pregrado. Todo lo demás estaba en los libros. Y sí, hoy me doy cuenta que gran parte, enorme,  de mi éxito como terapeuta ha sido en consecuencia de aquel consejo.

            ¿Puede uno equivocarse si se atreve a hacer y a vivir más al límite? Puedes apostar a que sí. Y es que cuando alguien desea algo debe saber que corre riesgos, pero precisamente por esos momentos la vida vale tanto la pena. ¿Puede uno quizá llegar a arrepentirse? Posiblemente sí, pero ¿sabes? Sólo al principio. Cuando pasan los años, te das cuenta de que no hay nada de qué arrepentirse, sobre todo cuando descubres que todo fue parte de un plan perfecto. Claro para llegar a pensar así, se requiere una Nueva Conciencia, un significativo avance en el estado de conciencia, para alcanzar a ver el mapa y no solo arrepentirse por determinado fragmento del camino. He llegado a reflexionar que el error más grande, el más, no se compara con la desdicha de no haberlo intentado.

            Con la oleada de inspiración que siento en este momento, generada desde aquel gran, gran consejo, viene a mi mente cuando hace años en mi compañía, la Organización Nueva Conciencia, les dejé leer a todos mis colaboradores un pequeño libro que es una de mis obras favoritas de literatura, La muerte de Ivan Ilyich, de León Tolstoi. En aquel entonces había desarrollado el hábito corporativo de leer un libro al mes y luego juntarme con todos mis colaboradores a analizar el libro. Fue una época encantadora, para mí. Te recomiendo mucho esta pequeña-gran obra. En ella, Tolstoi describe a Ivan Ilyich como un hombre que está motivado sólo por las expectativas de los demás y no es capaz de vivir sus propios sueños. La primerísima línea del segundo capítulo de esta obra literaria dice así: “La historia de la vida de Ivan Ilyich era de las más ordinarias, simples y por lo tanto terribles”. ¡Wow! ¿Leíste bien? “La vida […] era de las más ordinarias, simples y por lo tanto terribles”. Tolstoi describe como terrible una vida ordinaria y simple. ¡Estoy total y enfáticamente de acuerdo con él! Cuando recibo correos electrónicos donde la gente me pide ayuda, consejo, para salir de la depresión o malestar en que se encuentran, y en donde algunas personas se sueltan con párrafos y párrafos y párrafos contándome su vida, alcanzo a ver gran parte del origen de lo terrible que se sienten: una vida simple y ordinaria sin más. Una vida donde durante años, no ha pasado nada, más que lo terrible. Mujeres u hombres grises, como los grises de Michael Ende en su obra Momo. Por ello es un gran, gran consejo: “…atrévete a hacer, atrévete a conocer y vivir más al límite”.

            He de confesarte que si tus expectativas de vida se centran en ser normal, cumpliendo únicamente con lo que te demanda la sociedad, tan sólo a llevarla en paz con los demás, adaptarte a la tribu todo tranquilo, sabrás lo que es durar y sentir miedos, pero no lo que es vivir y experimentar valor; siendo una persona básicamente ordinaria, te garantizo que tu frecuencia vibratoria será en reciprocidad a tu actitud de vida, ordinaria. Y de esa manera, por ley de atracción, atraerás a tu vida solo cosas ordinarias, comunes y corrientes. Serás del tipo de persona, que si se atreve a asomarse un poquito (esto ya es mucho pedir para esta gente), posiblemente alcances a envidiar, con el maquillaje de admiración, a aquellos que les suceden cosas extraordinarias y únicas en sus vidas y creerás que es cuestión de suerte. En cambio, si tus expectativas de vida son precisamente experimentar esas cosas en verdad extraordinarias, ver, sentir y generar milagros, emocionarse por existir llegando varias veces hasta las lágrimas, has de elevar tu frecuencia vibratoria de lo ordinario a lo extraordinario. Has de adquirir una Nueva Conciencia del “deber”, donde descubrirás que éste, para ti, se entreteje con tus más preciados anhelos. Como mi nuevo amigo me recordó: atrévete a hacer, a conocer, a vivir más al límite. Este gran, gran consejo puede sintetizarse aún más como lo hizo Hafiz alrededor del año 1350: ¡has de atreverte a decirle sí a la vida! He rescatado de mis libros consentidos lo que Hafiz, afamado poeta persa del siglo XIV, distinguido por escribir temas místicos e inspiradores exaltando la belleza, expresó hace tantos siglos:

Casi nunca me permito que la palabra “No” se escape de mi boca.

Porque es tan evidente para mi alma

Que Dios a gritado: “¡Sí, sí, sí!”

A cada movimiento luminoso de la Existencia.

Siento las palabras de Hafiz llenas de una verdad inspiradora. Cada vez que digas , se te abrirán puertas que te llevarán a vivir una muy especial emoción por existir que hará que tu vida valga la pena vivirse. Con el paso de los años, tu vida será una obra de arte que las siguientes generaciones apreciarán como gran fuente de motivación. Quizá esa sea una de las mejores herencias que puedas dejarle a tus hijos y a los hijos de tus hijos.

            Por cierto, observa en los párrafos anteriores que en ningún momento comenté qué expectativa de vida está bien y cuál mal. Para mí, ninguna está ni bien ni mal. Desde hace tiempo no me distraigo en buscar afanosamente esa distinción. Son simplemente opciones de expectativas de vida que puedes elegir, y la que elijas, es enteramente respetable en todos los sentidos.

            Hace algunas semanas estaba cenando con una amiga y fan de Nueva Conciencia, y me llamó la atención el intenso brillo de sus ojos, el aumento en el volumen de su voz, su apasionante movimiento de manos, cuando me platicaba su sublime experiencia de cuando semanas atrás se atrevió a lanzarse en paracaídas. Su pasión remató invitándome a hacerlo. Mi impulso fue un no rotundo al principio, al principio. Hoy lo estoy pensando seriamente. Ya te platicaré. He notado, por ejemplo, que la gente que practica deportes extremos, vive la vida en forma enteramente distinta a la mayoría. De hecho, casi te podría decir que vive la vida y no solo la observan. Con esto no te quiero decir que mañana mismo te lances casi en caída libre para esquiar por la montaña más encarpada que conozcas ni que practiques surfing con las olas de un Tsunami o empieces acrobacias con tu bicicleta de montaña desde un segundo piso. Simplemente son ejemplos de vida donde hay gente que la vive atreviéndose. Cada quien tenemos oportunidades muy particulares que la vida nos dará, donde incluso, comer lo que nunca habías comido, hacer esa llamada telefónica, ir allí, salirte de allí, enviar ese correo electrónico, tocar de esa forma, hablarle otra vez a aquella persona o conocer a alguien nuevo, ya puede ser un gran atrevimiento. Cada quien a su paso y escuchando al unísono a su intuición.

            Sólo sirva esta nota para inspirar a aquel que se encuentre en su momento preciso para despertar al ¡sí! Sirva esta nota para que la guardes y la leas cuando tengas duda de atreverte a hacer, a conocer, a vivir más al límite y quizá te impulse, como me impulsará a mí también, en esos momentos llamados “oportunidad” donde la vida nos invita a vivir. Recuerda: tienes permiso. Tengo permiso. Tenemos permiso. El permiso que se confiere como lógica consecuencia del deseo más intenso de vivir. Permiso que sin duda, la sabiduría de un moribundo nos daría. Permiso al fin y al cabo que tú mismo te das. Permiso para atreverte a hacer en tu vida algo extraordinario y que, sin querer, inspirará a muchos para hacer lo mismo. Creo que cuando te decides a vivir, ayudas a que otros también quieran vivir. De esta forma, atreverse a vivir más al límite, al límite del , es una de las más intensas fuentes de auténtica ¡Emoción por Existir! – Alejandro ArizA.

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