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27/01/2011

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La alegría de vivir. - Columnas

“Para alcanzar una experiencia milagrosa de la vida, necesitamos abrazar una perspectiva más espiritual de ella. De lo contrario, algún día moriremos sin nunca haber tenido el conocimiento de la verdadera alegría de vivir”, dice Marianne Williamson. Estoy totalmente de acuerdo con ella.

Con lo que he vivido en estos últimos tres días, y estando a estas alturas de mi vida me queda claro algo: cada persona que conocemos, cada circunstancia que vivimos, cada experiencia que pasamos, no es otra cosa que una lección en la constante escuela de la vida que nos da la oportunidad de aprender la continua actualización de nosotros mismos, para así algún día alcanzar a descubrir quiénes somos en verdad con su subsecuentemente maravillosa alegría de vivir. La alegría de darse cuenta.

Creo que todo lo que nos pasa, sea lo que sea, es una hermosa consecuencia (nos guste o no) de la perenne invitación a aprender quiénes somos realmente. En forma casi misteriosa, atraemos a nuestras vidas personas y circunstancias, o atraemos soledad y ciertos hechos que nos ayudarán a llegar al siguiente nivel. Con cada lección se nos desafía a ir más profundo, siempre haciéndonos más sabios y más amorosos al final. Cualquier persona, como yo, que ha pasado por profundas desgracias en algún momento de su vida, al final de la historia e incluso mucho tiempo después, descubre que fue una bendición de Dios para que desde esa profundidad, lográramos ascender a mayores niveles de conciencia. Con cada cambio que da la vida se nos desafía a conocer quiénes somos realmente.

Creo que las lecciones no acaban nunca, porque lleguemos al punto que lleguemos, ahí nos tiene aguardando la siguiente lección. La vida es un gerundio, como dijera Ortega y Gasset, y así el aprendizaje nunca termina, es constante. En cada lección se nos da una de las dos grandes opciones: miedo o amor. En cada una elegimos.

            Creo que gran parte de la alegría de vivir consiste en experimentar el apasionante proceso de irse convirtiendo en seres más grandiosos cada vez; y uno se convierte tan solo dándose cuenta de la grandiosidad de nuestro espíritu, descubriendo quiénes somos en realidad. Y aquí me resulta imperioso afirmar radicalmente lo siguiente: este proceso no es un fenómeno de avance en la horizontal, sino un emocionante progreso en vertical, es decir, en el ir descubriendo la profundidad de nuestro ser. Cuando el ser humano hace conciencia de su ego y lo sigue, avanza en la horizontal y experimenta la competencia, demostrando que más rápido y más adelante es mejor. En cambio, cuando hacemos conciencia de quienes somos realmente, de nuestro espíritu, nos alegramos por vivir al ir descubriendo poco a poco, la profundidad de nuestro ser, progresando en la vertical.

            Creo que la vida no consiste en ir a determinado tiempo y a determinado lugar por más anhelado que sea, sino en profundizar más en nuestros corazones. ¿Sabes? Como dice mi colega Marianne Williamson: “...sé bien que frente a ti, en este preciso momento, hay cosas por hacer y pensamientos que albergar que representan un “factible tú” muy superior al que eres ahora. Y experimentarás una alegría de vivir más superior mientras más profundo vayas en tu corazón”. Ahora mismo, mientras yo escribo esto y tú lo lees, hay más amor del que podemos ver y más amor del que podemos expresar. Si nos atrevemos a vivirlo, surge consecuente una enorme alegría de vivir. Hasta que nos atrevemos a amar, entonces encuentras amor hasta en el aire. (Quizá por eso disfruto tanto, pero tanto, despertar todas las mañanas con una de mis canciones preferidas: “Love is in the air”. Al final de esta nota, te comparto la canción. Siéntela, disfrútala).

            Creo entonces, que la verdadera alegría de vivir no se trata de avanzar, sino de profundizar. Yo he encontrado que en un mundo que va tan deprisa, que nos exige pagar cuentas cada vez con mayor prontitud, que nos impele a lograr resultados con mayor eficiencia y celeridad, precisamente ahí nos podemos perder de nuestra vertical. La velocidad con la que se mueve el mundo puede ser una trampa de la Oscuridad para no ver en qué consiste el viaje. Se trata de dejar de correr y hacer un alto. Sin embargo, me parece curiosa y paradójica la intempestiva necesidad que tiene el ser humano de acelerar el paso y correr más cuando se ha perdido del camino. Así se avanza en la Oscuridad.

            En estos días en que me he detenido obligadamente a pensar en lo que estoy haciendo de mi vida, me atrapé con una gran fuente de autoconocimiento..., el maravilloso hecho de detenerme. Mi mente a veces me insiste en avanzar pensando y pensando en el futuro, pero mi ser me invita a continuar con la exquisitez de detenerme, lo que incluye lógicamente detener mi mente, si es que me quiero detener en verdad. Cuando logro detenerme siento alegría, cuando mi mente se me escapa hacia el futuro, me preocupo. Si mi mente se mueve en la horizontal, avanzando o retrocediendo, siento manifestaciones de la Oscuridad: preocupación o culpa. Pero cuando logro concentrarme en mi aquí y en mi ahora, cuyo único movimiento permitido es en mi vertical, puedo profundizar en el verdadero conocimiento de mi ser y ahí en lo más profundo se enciende una luz que me hace ver que todo está bien. Hoy sé que conocer a Dios genera una indescriptible, incomparable, inconmensurable y sublime alegría de vivir. Y si alguien me preguntara dónde está Dios para irlo a conocer, yo diría: está aquí y ahora, vamos, pero muy aquí y muy ahora. Y si Dios se halla aquí y ahora, entiendo perfecto por qué casi nadie lo encuentra. Profundizar en uno mismo es una vía directa para conocer a Dios. Pero cuánto trabajo cuesta profundizar cuando fuimos educados a buscar afuera, arriba y adelante, allá por el cielo.

Cuando ves el mundo luego de profundizar en ti, lo ves con amor; cuando ves el mundo solo luchando por avanzar, lo ves con temor. Gran parte de la alegría de vivir es profundizar a tal grado que logremos avanzar ya sin miedo, al saber quiénes somos realmente. De esa forma, con cada cambio que se sucede en nuestras vidas, alcanzaremos a notar que se trata de una lección más para conocer quiénes somos realmente profundizando en nuestro ser, descubriendo a Dios. Ese hallazgo, ese encuentro, genera una gran alegría de vivir, una verdadera ¡Emoción por Existir! –Alejandro ArizA.

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