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27/01/2011

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La felicidad de un viaje. - Columnas

Lo que voy a comentar hoy es de trascendente importancia para cualquier persona que quiera disfrutar de un viaje. Son un viajero frecuente, pero muy frecuente, y ello me ha invitado a filosofar acerca del verdadero y más auténtico origen de la felicidad de un viaje. La enorme dicha que Dios me ha permitido vivir a través de viajar tanto a lo largo y ancho del país y muchos otros lugares del mundo, todos viajes de placer (ya que es placenterísimo para mí el ir a dictar una conferencia al igual que ir a descansar o a convivir con amigos) me ha hecho confrontarme con una verdad fundamental que siempre he afirmado en mis conferencias: el ser humano solo ve lo que lleva dentro, es decir, la persona solo alcanza a ver en su exterior lo que desde antes ya albergaba en su interior.

            Si nuestra vida está dominada por la búsqueda de la felicidad, quizá pocas actividades revelan tanto como los viajes acerca de la dinámica de esta búsqueda, en todo su clamor y con todas sus paradojas. Sé que analizar la felicidad de un viaje rara vez estima que se planteen problemas filosóficos, es decir, asuntos que requieran un pensamiento más allá de los límites de lo práctico, pero hoy lo juzgo menester en este tema. Y es que al acercarse el verano, como muchas otras fechas, nos vemos inundados por recomendaciones publicitarias sobre adónde viajar, pero poco es lo que oímos acerca del por qué y cómo ir. Y como aquí se trata de despertar una Nueva Conciencia, he de comentar lo que más de una década de viajar intensamente me ha revelado: el arte de viajar parece acarrear, por su propia naturaleza, numerosas cuestiones que no resultan ser ni tan sencillas ni tan triviales y que muchas veces nos alejan de una verdadera felicidad, sobre todo cuando no sabemos dónde radica la más genuina felicidad de un viaje.

            Una de las cuestiones en las que quiero reflexionar es en la diferencia que puede existir entre la anticipación del viaje y su realización efectiva. Cuando en la agencia de viajes o en la revista o en el folleto, contemplamos una hermosísima fotografía del lugar a donde se puede viajar, muchas veces cuando hacemos efectivo el viaje, nos llevamos la sorpresa de que la felicidad y placer contemplados como posibilidad en la fotografía, no suceden en la realidad. La idea de que la realidad del viaje no coincide con lo que imaginamos por anticipado nos resulta familiar a más de uno. Es decir, no es lo mismo ver una hermosísima fotografía (muy maquillada y exprofesamente diseñada con ciertos atractivos) de un día muy soleado con gente bella y sonriendo en un afamado parque de diversiones, que viajar a ese parque de diversiones y ser sorprendido por un aguacero cercano al diluvio. Se trata de algo diferente. Sin embargo, aquí quiero aportar una opción de mejora para no vivir esta frustración: si nada resulta ser como lo había imaginado, sólo es frustrante si se tiene muy en cuenta qué es lo que se había imaginado. Tal vez por ello resulta más asombroso viajar sin expectativas, para dejarse sorprender con lo que se sea que se presente en la realidad. Con esta actitud he elegido viajar muchas veces y así siempre hay magia en mis viajes. De paso esté decir que esta actitud es valiosa tanto para un viaje, como para la vida misma (que como sabes, resulta en un viaje también).

            De hecho, estudiando a un filósofo contemporáneo que admiro, me ha sorprendido la verdad cuando afirma que ciertos elementos valiosos pueden ser más fáciles de experimentar en el arte y en la anticipación (imaginar el viaje) que en la realidad misma. Por ello es hermoso apreciar el arte e imaginar. Para el cerebro humano, bioquímicamente hablando, no hay diferencia entre hacer el viaje y contemplar intensamente y con pasión la fotografía del destino. J.K. Huysmans comenta en su novela A contrapelo, que muchas veces imaginar nos ahorra el desgaste y desagradable trabajo de vivirlo en la realidad. O sea, este autor en su personaje central de la novela –un pesimista por excelencia- nos hace reflexionar en que cuando veo una hermosísima fotografía de un mar azul turquesa con un divino día soleado, me reconforta muchas veces más que la quemada que me puedo dar estando ahí bajo el sol o lo sucio de llenarse de arena o lo cansado que sería llegar hasta ese destino. ¿Curioso pensar así, no? Irónica paradoja a la que este autor nos induce: parece que estamos en mejores condiciones de habitar un lugar cuando no nos enfrentamos al desafío suplementario de tener que estar allí. Sin embargo esta reflexión me ayuda a llegar a donde quiero, a analizar el origen de la auténtica felicidad de un viaje. Sin duda ninguna, el viaje en sí mismo por más hermoso y paradisíaco que sea el destino, no garantiza felicidad alguna, sino solo la actitud del que viaja es la que la logra generar.

            Recuerdo cuando hace muchos meses invité a un grupo de amigos a irnos de viaje a un lugar que a mí me encanta, un mágico lugar que me fascina, las playas del caribe mexicano, específicamente una zona cercana a Cancún y un parque al que le tengo gratos recuerdos, Xcaret. Hay tanta belleza ahí, hay tanta armonía entre la hermosura propia de la naturaleza junto a las maravillas creada por el hombre, que no dejé de admirarme que en pleno parque, uno de mis amigos empezó a llorar, pero no de la emoción, sino de su tristeza. ¡Sí, increíble, pero así pasó! En pleno llanto por problemas personales, al tiempo que caminaba por primera vez en su vida en ese lugar, un formidable ambiente rodeado de exquisiteces de la naturaleza, un mar divino de fondo, un clima perfecto, amigas y amigos todos guapísimos (y además yo), gente bonita y amable rodeándonos por donde pasábamos, comiendo platillos deliciosos en momentos de hambre sublime, alrededor plantas exuberantes de gran belleza generando un aroma singular, caminando en arena blanca tipo talco, atención muy personalizada para todos nosotros por las relaciones que tengo con la empresa, todo absolutamente gratis para mis amigos porque yo los invité, y ahí, aquel sujeto deprimido. Algo se podía leer a todas luces en esa escena y que resultó en gran aprendizaje de la conducta humana: el ánimo rehúsa dejarse levantar por apoyos externos donde incluso puede sentirse insultado por la perfección climática y por la felicidad de los demás. Así es el ser humano, lo he observado. Por supuesto que esa persona, desde aquella vez ya no se encuentra en mi grupo de amigos, por obvias razones, meramente por cuestión de vibración e incompatibilidad de frecuencias. Sin embargo, me dejó gratas lecciones que hoy analizo y sé que sirven para filosofar como lo estoy haciendo hoy aquí.

            Mi experiencia me ha llevado a confirmar, como lo afirma Alain de Botton,  que nuestra capacidad de encontrar la felicidad en los bienes estéticos o materiales parece depender, de manera decisiva, de la previa satisfacción de un repertorio de necesidades emocionales y psíquicas más importantes, entre las cuales figuran la necesidad de comprensión, de amor, de expresión y de respeto. Alguien que no se siente amado ni comprendido y mucho menos respetado, alberga ira en su interior, alberga dolor y resentimiento, y eso es lo único que puede percibir del exterior, aunque lo llevemos al lugar más hermoso del mundo. El ejemplo que cité de mi amigo fue uno de tantos, incluso como yo mismo lo viví hace más de 15 años, cuando no tenía Nueva Conciencia. Recuerdo perfecto cuando viajé hace muchos años con un ser al que amaba, y en un viaje orgullosamente pagado por mí, a otro lugar divino, nos peleamos, se habló de traición y sentí que me faltó al respeto. Ya sabes, horas dejándonos de hablar, estando en la misma habitación pero aquella persona prefiriendo quedarse a dormir. Me dolía mucho su actitud, pero en aquel entonces no me daba cuenta de lo que realmente me dolía era mi propia actitud, siempre queriendo que los demás hicieran lo que yo quería (garantía de sufrimiento), y así, nunca se goza. No disfrutaremos –somos incapaces de gozar- de exuberantes jardines tropicales ni de apetecibles cabañas de playa de madera, ni de imponentes rascacielos y ciudades si, de forma abrupta, una relación íntima se revela inundada por la incomprensión y el resentimiento. Sin duda la felicidad de un viaje no está en el viaje mismo ni en el destino a llegar, sino en el interior del corazón de los que viajan. Saber esto por anticipado ayuda enormemente a tomar la decisión de viajar o no, si se trata de buscar felicidad.

            En la reflexión que hago hoy contigo, no me deja de sorprender hasta mi mayor asombro que la majestuosa felicidad de los proyectos de viaje que ponemos en marcha, la impresionante construcción de un hotel de lujo a donde se pueda llegar o la paz y hermosura de una bahía o la exquisitez de los alimentos que más se antojan, contrasta con la simplicidad de los nudos psicológicos capaces de minar aquella majestuosidad a la que somos expuestos. Con qué rapidez logra un berrinche echar por tierra las conquistas de la civilización. Con qué celeridad logra un coraje hacer que se desvanezca la apreciación de la belleza que nos circunda. La incapacidad para deshacer esos nudos psicológicos, la falta de voluntad para sentirse bien deliberadamente, el deseo de sobresalir por sobre la belleza de la naturaleza con un berrinche, apunta, como comenta Botton, a la sabiduría austera e irónica de ciertos filósofos de la Antigüedad cuando proclamaban que los ingredientes genuinos de la felicidad no podían ser materiales ni estéticos sino obstinadamente psicológicos. Cierto, certísimo. Por ello un Diógenes, identificado por muchos como el filósofo más sabio de Atenas, era tan feliz viviendo adentro de un tonel. Y es que cuando la riqueza interior de un ser humano es tan grande, no importa el exterior en absoluto. Es cuando la imaginación y la actitud pueden suplir fácilmente la vulgar realidad de ciertas circunstancias. Por todo lo que te comento es que afirmo desde hace años que el ser humano solo puede ver lo que lleva dentro.

            Me es muy evidente, luego de tantos viajes, que nuestra capacidad de aprecio hacia los aspectos estéticos permanece a merced de desconcertantes demandas psicológicas o físicas. ¿Qué tal cuando frente a una obra de arte o frente a un exquisito manjar o frente a una hermosa puesta de sol, súbitamente aparece un intenso dolor abdominal? Ahí toda felicidad circundante parece desaparecer. Desconcertantes demandas físicas son prioridad ante nuestra capacidad para fundirnos con la hermosura circundante. Pero más asombroso para mí son las demandas psicológicas de gente que podría nombrar como “discapacitados emocionales”, aquellos que no gozan con nada porque sus berrinches y constante mal humor los incapacitan para disfrutar de nada por más hermoso que sea a lo que se exponen. Quizá por ello, aunque se oiga fuerte mi confesión, desde hace tiempo no viajo con gente así, y es que es imposible disfrutar plenamente de un viaje acompañado de quien sale con su constante dolor e insatisfacción interior. Desde hace tiempo ya no viajo con ciertas personas por esta poderosa y liberadora razón propia de una Nueva Conciencia. Y sí, por lo mismo es que mejor elijo viajar solo con quien está a la altura de una auténtica emoción por existir, de alguien cuya alegría de vivir es expansiva y hace aún más bello lo circundante. Esta es la razón por la que soy tan feliz cuando viajo tan solo con mi alma gemela. Ella también me envió un mensaje a mi celular hace unos días diciéndome: “...ArizA, queda confirmado, solo puedo ser feliz cuando viajo contigo..., no te imaginas lo horrible que es viajar con personas que todo el tiempo están quejándose. ArizA, te extraño”. Pero cómo no. La felicidad de un viaje está en el interior de las personas que lo emprenden, en ningún otro lado, ni en el destino. Y es inteligente y sano saber elegir con quién se viaja. Pero más inteligente aún es descubrir que el arte de viajar para sentir felicidad en él, radica en que previamente seamos sanos psicológicamente y alberguemos amor en nuestro corazón. Tener un corazón noble y una franca alegría por vivir en nuestro interior, es lo que hará que cualquier viaje, a cualquier lado, en cualesquiera condiciones, sea una gran fuente de... ¡Emoción por existir! –Alejandro ArizA.

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