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27/01/2011

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Tener o Detener. - Columnas

Si hay algo que al ser humano sano le desagrada es sentir que algo o alguien lo detiene en su crecimiento. Estoy convencido de que el ser humano nació libre y la aventura de la vida muchas veces resulta en el desafío de mantenerse así y en algún momento compartir con otro ser amado esa misma libertad. Para mí, el verdadero amor (ese donde no se sufre) procura libertad auténtica, dejando ser al otro en plenitud, fomentando su crecimiento y progreso, para que de esa forma, se comparta con esa extraordinaria persona las experiencias de la vida. Eso es lo que yo identifico como “tener” a alguien en tu vida para disfrutar conjuntamente del crecimiento personal compartido. Cuando uno tiene a alguien así, la vida es una mágico viaje de aventura compartida en contemplación mutua, pero así, “compartida”, no retenida. Las personas que creen que el amor es posesión (ese donde se sufre), no tienen a una persona, la detienen. Ahí la vida se hace un infierno, y para ambos, quien detiene y el detenido. Y para mi sorpresa, peor aún cuando hay alguien que se siente amada o amado al saberse detenido. Eso no es sano por donde quiera analizarse.

            Te comento esto por las reflexiones que he tenido con ciertos pacientes que me han visitado a últimas fechas. El temor, el miedo, y en muchos casos el pavor a el abandono. A que alguien los o las deje. Personas, todas ellas, que han elegido ser detenidas, no tenidas. Personas que han olvidado quiénes son en verdad, y juzgan su propio valor en virtud de lo que alguien les confiere al procurarlas. Así, cuando alguien les deja de procurar, de proteger, de amparar, es decir, cuando alguien les abandona, sienten que no valen nada y ese juicio de valor lo extienden a la vida entera, creyendo que la vida misma no vale nada, otra forma donde queda demostrado que uno ve afuera tan solo lo que lleva dentro. De esa manera crean su infierno aquí en la Tierra todas aquellas personas que no saben quiénes son en realidad. ¿Te das cuenta de lo delicado –delicadísimo— que es mantener la ignorancia de quién eres realmente?

            Quizá por ello le tengo tanto cariño a mis libros “El verdadero éxito en la vida” y “Cree en ti”. En el primero explico abundantemente cuál es nuestra esencia en verdad y cómo identificarla en comportamientos de la vida cotidiana. Y en “Cree en ti” explico y demuestro la hermosa dimensión espiritual de la “dignidad humana”. ¡Es tan importante tener este conocimiento! Cuando no se tiene, uno no sabe quién es en verdad y de esa forma se gesta el infierno personal del que te hablé en el párrafo anterior, el infierno del ego. En cambio, adquirir el formal conocimiento de quiénes somos en verdad, eso es abrir las puertas del paraíso aquí en la Tierra. ¡Eso es lo que procuro compartir con toda la gente que se acerca a mí en Nueva Conciencia! Ya sea leyéndome o asistiendo a mis conferencias o consultándome como médico terapeuta y life coaching o navegando por mi página. La misión de mi vida es “Ayudar al ser humano a sentirse extraordinariamente bien” y una de las estrategias más poderosas para lograrlo es enseñando y aprendiendo quiénes somos en realidad. Cuando sabes quién eres en verdad, en ese momento, en ese preciso instante, se cae, de derrumba todo miedo, todo pavor al abandono se desvanece. Y es que alguien que comprende quién es en verdad alcanza a saber que así como está, tal cual, ya está completo.

            Sé que muchas personas –por no decir todos— hemos pasado por etapas en la vida (estados de conciencia previos) donde uno no se daba cuenta quién se es en verdad. Yo mismo lo viví. ¡Claro que lo viví! Y sufrí mucho (harto). Hace muchos, muchos años, yo era de esas personas que se deprimían cuando alguien no les quiere, cuando no detienen a alguien en específico en sus vidas y de esa forma interpretan no sentirse amadas. Hoy, gracias a Nueva Conciencia, me di cuenta que no me sentía bien pero no por no tener, sino por querer detener a otra persona. Por supuesto que me abandonaron. Por supuesto que sentía que la vida se me iba. Por supuesto que había una poderosa razón para sentirme así... por ignorante de mi propia identidad más auténtica.

            Y es que no sabía quién era, y esa ignorancia uno la paga muy caro. Por eso es tan importante, tan trascendente, tan imprescindible, darse cuenta de quién es uno en realidad. Por eso es hermoso estudiar el desarrollo humano y ahí descubrir quién es uno en verdad. Cuando descubres que eres un ser espiritual y que estamos conectados todos, que todos somos uno, cuando sigues avanzando en Nueva Conciencia y descubres que nada ni nadie tiene importancia salvo la que uno decide darle y en esa decisión radica un enorme poder personal, cuando te das cuenta de que las personas que se acercan a nuestra vida son de tres tipos, por: razón, época o vida (como lo explico abundantemente en otro de mis libros: “Siempre hay otra opción”), cuando distingues entre esas tres y no confundes que alguien llegó a tu vida tan solo por una razón y un breve tiempo y luego “se tiene” que ir por beneficio de ambos, cuando sigues avanzando en el apasionante descubrimiento de saber quién eres y así te percatas de que todo, absolutamente todo, ocurre por algo bueno y para favorecer el crecimiento de los involucrados, cuando sigues asombrándote al descubrir quién eres en verdad y así te das cuenta de que todo está bien tal cual sucede en un orden perfecto que está por arriba del entendimiento meramente humano, cuando te das cuenta de todo esto..., el abandono es simplemente algo inexistente. El abandono es meramente un espejismo de los estados de conciencia más primitivos en la evolución humana. Sí, se oye fuerte, pero más fuerte aún es el dolor de ignorar esta gran verdad.

            Abandonar, según el diccionario de la academia española, es dejar desamparada a una persona o cosa. Sin embargo, me llama poderosamente la atención otra acepción que le da el diccionario a la misma palabra: “Abandonar: Confiarse uno a una persona o cosa”. Entonces, sin necesidad de muchos conocimientos de la psicología humana ni profundidad académica o intelectual en los conceptos, podemos deducir que si me abandono a otra persona, me olvido de mí. ¡Y eso es precisamente lo que elige mucha gente! Primero se abandona a sí misma prendiéndose de otro, para luego así gestar las condiciones de que ese otro les abandone también. Por eso hay tanto pavor al abandono. Porque primero la persona se olvida de sí misma al no saber quién es en verdad incluso empeorando el escenario cuando nunca investiga ni quiere saber al respecto, para luego así gestar las condiciones donde percibe su propio valor como asignado por lo que otra persona o cosa le confiere, ya sea por su trato, por su cercanía, por su protección o por detenerse ahí con ella o él. Y he de afirmar algo: nadie se detiene. Todos estamos avanzando, unos a más velocidad que otros, y otros cuantos lentísimo, pero todos vamos avanzando. Así que si quieres “detener” a alguien para que tú te sientas bien, te adelanto que te vas a sentir bien muy poco tiempo. Es mejor tener a alguien con quien compartir el crecimiento, y si no se tiene, igual de bien. El crecimiento es personal, la superación es personal, el progreso es personal. Si alguien lo quiere compartir contigo, será una mágica aventura, pero si no, es valiosa la experiencia en sí misma también.

            No debes depositar tu idea de valor o felicidad en la actitud de otra persona. Eso es jugar con toda la intención de perder. Afirmo esto por dos razones: 1) Porque eres digno, eres digna. Y aquí el concepto de dignidad no es el que mucha gente cree, sino el filosófico, dignidad como axioma, como referencia absoluta. Cuando descubres esto (que explico mucho mejor y más ampliamente en mi libro “Cree en ti”), te das cuenta de que tú no eres valioso, sino más bien tú eres el que le da valor a todo lo demás porque tú eres algo mucho más allá de todo juicio de valor, eres digno, eres referencia absoluta; y 2) Porque es tremenda injusticia y gran presión el generarle a otra persona la responsabilidad de mi propia felicidad o bienestar. Esa presión mucha gente la ejerce tan fuertemente que resulta insoportable para quien la tiene, y así se puede gestar el abandono, y es que dan ganas de abandonar a quien me quiere responsabilizar de su propia felicidad. La propia felicidad es responsabilidad única y exclusiva de uno mismo, de nadie más, de nadie.

            Sé que en este momento de la lectura se suceden dos opciones, gente que diga: “...sí, tiene razón ArizA y me está haciendo sentir bien lo que me dice, me ayuda a descubrir quién soy y me hace sentir fuerte, me libera, me regresa a mi felicidad”, y otro tipo de personas que quizá dirán: “...mejor dejo de leer esto porque me está dando la solución a mis problemas para dejar de sufrir y yo prefiero seguir sufriendo, prefiero seguir acostada en mi cama por horas y horas, prefiero llorar y deprimirme hasta pensar en que me quiero quitar la vida porque mi novio(a) o pareja me dejó, yo prefiero que mi pareja vuelva a mí para sentirme bien”. Y sí, así hay gente con estados de conciencia tan primitivos todavía. Mira, alguien con un estado de conciencia muy primitivo dice: “Prefiero que mi pareja vuelva a mí para sentirme bien”, y alguien con Nueva Conciencia dice: “Prefiero sentirme bien para que mi pareja vuelva a mí”. Aquí el orden de los factores sí altera el producto y mucho. Nadie, ¡nadie!, nadie en su sano juicio queremos convivir con personas deprimidas, berrinchudas, cambiantes en sus estados de ánimo y chantajistas, agresivas. Nadie. Pero casi todos queremos convivir con alguien que se siente bien. Con una persona así, claro que dan ganas de salir, de comer, de bailar, de hacer el amor. Convivir con una persona que se siente extraordinariamente bien y que estando así me quiere tener (no detener), es una bendición de Dios, es parte del paraíso aquí en la Tierra.

            Quiero compartirte una de las más grandes verdades que Dios me ha permitido conocer hasta el estado de conciencia donde he llegado hoy: Las realidades más grandes y más bellas de la vida, más las tendré tanto cuanto menos las retenga o posea. Si quieres tener el mar sólo hay una forma: contémplalo. Si quiero tener el mar deteniéndolo sólo para mí caeré en un absurdo imposible que solo lo intentaría un loco.

            Si quiero sentir más el agua en el interior de mis manos, he de abrirlas para experimentar cómo pasa por ellas. Pero si cierro mis manos queriéndola detener, me llevo la sorpresa de que el agua entonces no la experimento en el interior de ellas, me abandona corriendo por fuera de mis manos.

            He aprendido que si quiero tener un amigo, debo aceptar que al igual que todos nosotros es un peregrino de la vida, y debo dejarle marchar, para tenerlo. Pero si lo quiero poseer, si lo quiero así detener conmigo, entonces perderé automáticamente a un amigo, y solo ganaré un prisionero. Y créeme en esto: es muy diferente, extremadamente diferente, convivir con un amigo a un prisionero. He convivido con ambos y sé de lo que te estoy hablando.

            Cuando tengo la fortuna de viajar a donde hay sol, arena, mar y viento, me encanto de tenerlos. He descubierto que la única forma de que todo el viento lo pueda tener es extendiendo mis brazos y abriendo mis manos. En el momento en que me cierre queriendo detenerlo para mí, lo pierdo. Queriendo detener me quedo con nada. Cuando se me antoja tener el sol, solo abro mis ojos y lo contemplo, ¡y ahí lo tengo! Pero si se me ocurre cerrar mis ojos para detener en mi la luz que ya me llegó, me quedo a oscuras.

            El que tiene disfruta, el que detiene sufre. En eso podría sintetizar el mensaje de esta nota de mi diario. Lo he vivido. Lo he visto en parejas de amigos y pacientes. Lo he alcanzado a observar incluso en padres de familia. Papás que quieren tener a sus hijos todo el tiempo, lo único que hacen es detenerlos. Muchos no se han alcanzado a dar cuenta de que si quieren tener a sus hijos, deben dejarlos crecer, dejarles partir y que se alejen para que se conozcan a sí mismos, así los tendrán maduros a su regreso en el más común de los casos. El papá o la mamá que retiene poseído a su hijo, lo detiene en su crecimiento, y de esa forma lo pierde para siempre, porque no tendrá así a un hijo nunca, sino a un esclavo. Y es tan diferente el comportamiento de uno y de otro. Uno te ama y el otro te odia. Uno quiere estar contigo y el otro se quiere liberar de ti.

            Si quieres vivir el tremendo gozo de tener a alguien en tu vida, libérate por decisión propia de la manía de poseer, de retener, de detener a otra persona en su lógico crecimiento y avance por la vida. Se puede tener todo, sin detenerlo, sin poseerlo. Te garantizo por experiencia propia que sólo así gozarás la vida de relación, solo así no hay miedo a peder nada porque no detengo a nadie, solo así no hay pavor al abandono porque yo ya me sé completo en mi individualidad y de esa manera solo queda la opción de gozar la compañía, no de padecerla ante la posibilidad de perderla todo el tiempo que está junto a mí. He aprendido que tengo y gozo cuando no poseo a una persona amada. He aprendido que detengo y sufro cuando retengo a un prisionero y vivo en la ansiedad de que se me escape.

            Todos estamos “de paso” en esta vida, todos estamos de viaje. Y se trata de gozar el viaje, de “tener” tantas oportunidades de apreciar y contemplar a alguien a nuestro lado, para así comprender que es imposible “detener” nada ni nadie conmigo porque pronto me iré de aquí. Es imposible detener porque algún día me iré. Detener y poseer es una obsesión del ego quien domina nuestras vidas en estados muy primitivos de conciencia. Pero cuando elegimos evolucionar con Nueva Conciencia, tengo, tengo y tengo la oportunidad de contemplar y convivir con un ser amado. Así vale tanto la pena el viaje.

            Me encanta esta historia: cuentan que un turista visitó a un gran sabio que se encontraba en un lejano lugar del mundo. Al entrar a su habitación, el viajero se sorprendió al ver que el famoso sabio vivía en un pequeño cuarto muy simple, lleno de libros, y tan solo con una sencilla cama, una mesita y un banco. “¿Aquí dónde están sus demás muebles?”—preguntó el turista. “¿Aquí dónde están los tuyos?”—respondió el sabio. “¿Los míos? –se sorprendió el turista—, pero si yo estoy aquí sólo de paso”. “Yo también”—le respondió el sabio.

            Tu no puedes retener a nadie. Estás de paso. Al igual que yo, al igual que todos. Si aún así insistes en detener a alguien junto a ti para ser feliz, entonces no has comprendido de qué se trata este apasionante viaje llamado vida. La vida en la Tierra es temporal y quien se alcanza a dar cuenta plenamente de esto, solo se interesa en “tener” valiosas experiencias, pero jamás en detener a nadie poseyéndolo. Sé que algunos, basados en lo que les dicta su ego, viven como si fueran a quedarse aquí eternamente y de esa forma se olvidan de ser felices por viajar. El valor de las personas en nuestra vida no está relacionado con el tiempo que duran detenidas junto a nosotros, sino con la intensidad que tenemos experimentando la vida con ellos. ¡Dios! No sabes cuánto me emociona escribirte esto. ¡Me encanta mi diario! Me regresa a mi centro y quizá de paso te lleve al tuyo. Por eso, para mí, es una bendición de Dios tener a un alma gemela en esta Tierra y en este turno. ¡Dedico mis reflexiones a ella hoy! Con ella he aprendido a tener y no detener. Al ser dos personas completas en nuestra propia individualidad, es sublime compartir, no hay miedo a perder nada, así es la mejor forma que he conocido para que en este viaje experimentemos momentos inolvidables, cosas inexplicables y viviencias incomparables que nos llenan de una gran ¡Emoción por existir! – Alejandro ArizA.


Te quiero compartir una de las canciones que más me encantan y que escucho prácticamente todos los días. Me llena de energía confirmándome mucho de lo que hoy he compartido contigo, cuando al fin no queremos poseer y preferimos disfrutar de tener tanta riqueza que nos rodea sin pensar un instante en su valor...

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