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27/01/2011

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Educar. - Columnas

¿Quién puede educar a quién? La respuesta, aunque la suponía, me avoqué a confirmarla con el rigor de las definiciones literales y su moralidad filosófica inspirado por una reflexión que hice ayer por la noche. Tuve una diferencia con una amiga con quien nunca había tenido una en años, pero cuyo ego se ha incrementado por su vida actual y no le permitió entender lo que yo le decía. ¿Te ha pasado que comentas algo y la otra persona responde con otro comentario que no viene al caso en lo más mínimo? Pues así lo viví ayer y me divertí al confirmar cómo el ego hace hasta lo imposible, malabares y contorsiones mentales por querer demostrar que tiene la razón incluso mediante la más absurda argumentación por la imposibilidad de aceptar el error cometido. La única forma de evitar esto es precisamente con la educación. Pero..., ¿quién nos la puede brindar? El ego siempre responderá: nadie. Y es que el ego hace creer a la persona que nunca se equivoca, y por ello a quien lo quiere educar lo percibe como amenaza e intenta desacreditarlo mediante, incluso, el manejo del más grande desatino y falsedad.

            Sucedió que le vengo pidiendo un favor a esta amiga para que simplemente me envíe un correo electrónico mensual cada vez que realiza un pago en responsabilidad a un compromiso adquirido y no lo logra hacer prácticamente nunca. Siempre debo terminar recordándoselo y luego de casi 10 meses en que ella ha caído en el mismo error (el humano es el único animal que tropieza más de dos veces con la misma piedra) y yo insistir mes con mes para que no lo vuelva a olvidar al siguiente, ayer luego de mi cordura por todo este tiempo decidí decirle: “¡Caray! Te debo educar para que lo logres”, a lo cual, ella arremetió con un comentario que aprendió y solo repitió de un conocido mío que tuve hace meses, cuando dijo: “No Ariza, ni que fueras mi papá para educarme. Tu papel es ser mi amigo y no tienes por qué educarme”. Eran exactamente las mismas palabras de aquel sujeto pero que mi amiga solo repetía por lo que le aprendió, a aquel cuyo estado de conciencia era muy primitivo para así afirmar esto. De hecho eso fue lo que más me sorprendió, que ella, a quien identifico con un estado de conciencia superior a aquel sujeto, en verdad copiara y pensara que la única persona que puede educar a otra es su propio padre y nadie más. ¡Increíble e inaudita estrechez de horizonte para la propia superación! Cuando le comentaba que sí puedo educar aún sin ser padre del educando, ella (bueno, su ego) arremetió con otro comentario atropellando mis palabras en urgida defensa propia: “...además tú bien sabes que yo soy muy distraída y tengo mucho trabajo...”. ¡Wow! Ahora el tonto era yo por olvidar o no valorar que se trataba de una persona distraída y que por tanto debo comprender que lo más lógico es que se le olviden las cosas tomando la distracción en ella como un comportamiento propiamente natural y normal per sé en su persona. Es increíble lo que hace la neurosis cuando nos domina, esgrimimos los más absurdos argumentos y para colmo creemos que son verdad.

            De tal suerte que tuve curiosidad por buscar la definición exacta de la palabra “Educar” en el diccionario de la lengua española para ver si ahí decía algo así como: “...privilegio exclusivo de un padre para enseñar...”, o “...característica peculiar y única de un padre para disciplinar...”, etc. Y es raro que por más que busqué acuciosamente esas condiciones intentando erradicar mi posible ignorancia y aprender de mi amiga para corregir mis conceptos, pues me llevé la sorpresa de que no dice así, ¿tú crees? El diccionario de la lengua española afirma en su definición de “Educar”: “Desarrollar o perfeccionar las facultades y aptitudes para su perfecta formación adulta; en general, enseñar o dirigir a una persona”. En su segunda acepción afirma: “Desarrollar y perfeccionar una función o aptitud, especialmente la sensibilidad o movimiento”. En su tercera acepción: “Enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía”. Y pues se me hizo raro que en ninguna definición pusieran la figura del padre como condición para el proceso de educar. También llegué a pensar que si así fuera..., ¿qué sería de los niños que no tuvieron la fortuna de tener papá al haberlos abandonado cuando nacieron? Pobrecitos seres sin educación para toda su vida,— eso imaginé si mi amiga o aquel sujeto a quien copió en sus comentarios tuvieran razón. Pero afortunadamente no es así. El ser humano puede ser educado por quien sea una figura propia para guiar y dirigir, para ayudarle a desarrollarse. Incluso, ¡el ser humano se puede educar a sí mismo si lo desea! Y esto resulta en una verdadera bendición.

            Si a lo anterior le aunamos la definición de la palabra “Líder”: “Aquel que dirige”, pues caza perfecto conceptualmente el que cualquier líder que se enfoca al bien y la verdad, puede educar, ya que se trata de dirigir a una persona hacia su buen desarrollo. De esa forma, al considerarme líder propositito y humano, me di cuenta de que tengo, al menos, facultad nominal para educar. Luego reflexioné que quizá eso sea lo que vengo haciendo en los últimos 15 años de mi vida en Nueva Conciencia, educar con amorosidad y siempre a manera de optativa invitación. De hecho, es lo que vengo haciendo desde siempre con esta amiga que es menor que yo y que conocí como aventajada alumna en uno de mis cursos hace más de una década, pero que ayer por la noche ya no lo recordó. Al final de mis reflexiones solo terminé confirmando el erróneo cambio de perspectiva que incluso un alma buena puede tener cuando se deja caer en las trampas de su ego y se imposibilita a sí misma para aceptar sus errores y creer que ya no puede ser educada.

            Ayer, al final de nuestra conversación telefónica donde ella se encontraba claramente molesta, terminé diciéndole en extremo claro: “Solo envíame un sencillo correo electrónico y no necesitas enviarme el documento fotocopiado ni escaneado...”. Hoy, cerca del mediodía, al abrir mi correo me llegó el documento escaneado. ¡Exactamente lo contrario a lo que le dije! Hoy en la mañana me empecé a preocupar por ver quizá menguadas mis dotes como comunicador. Fui tan claro, tan extremadamente claro y no se pudo entender. Sé que como líder, lo primero que uno se debe preguntar es: ¿En qué me equivoqué yo? Pero luego hay que responder con verdad y la posibilidad de que uno no se haya equivocado existe por supuesto. Entonces, ya luego y educándome a mí mismo buscando información veraz para aclarar mis conceptos, me di cuenta de que no se trataba de mi menguada capacidad para comunicar, capacidad que sin duda es muy alta y eficiente a todas luces manifiesta, modestamente, sino que me di cuenta una vez más de que el ego ofendido, se ofusca, no escucha y contradice. Esto es tan evidente que la misma evidencia puede ayudarnos a comprender el comportamiento de la otra persona y ahí detener el proceso de reflexión.

            En mi libro “El verdadero éxito en la vida: más allá del ego”, precisamente en el capítulo “Del control y la dominación a la comprensión y la tolerancia”, afirmo: “La magnitud del coraje y de la frustración en una persona está muy en proporción al control que quiera establecer sobre alguien más”. Y sí, ayer sentí ese coraje al no sentirme comprendido por poco más de 10 meses. Dominé a mi ego por todo ese tiempo, hasta el 10° mes, y me alegro por ello. Sin embargo, en ese mismo libro y capítulo que tanto me ayuda incluso a mí para eliminar poco a poco las trampas de mi ego, afirmo: “Las ideas que expondré para ti en este apartado de nuestro libro van muy encaminadas a las relaciones humanas entre adultos. Quiero acotar esta advertencia en este momento porque mucho de lo que expondré aquí no creo que sirva para una relación entre [una persona] con una niña o niño pequeño y berrinchudo”. Y es cierto, entre más pequeña sea la persona –en su evolución espiritual y no necesariamente cronológica— menos será posible un diálogo donde haya total aceptación y tolerancia, resultando el “educar” como única opción sana y viable para la relación con el o la pequeña. Aquí es cuando hablo de un o una pequeña como alusión a la lógica poca madurez emocional o mental y no necesariamente como parámetro cronológico, y donde se le debe educar por su propio bien y el de la relación, sin que en esto intervenga el ego del educador ni la condición de ser padre del educando, como hemos visto. De esa forma, cualquier persona más madura que otra puede educar si lo cree justo y pertinente, cualquier persona que encuentre en sí mismo las facultades de un pedagogo (persona que acompaña a otra sirviéndole de guía o consejero, también según la definición del diccionario).

            Mis deseos por educarme (porque cuando uno elimina su ego, puede ser educado por cualquier otro, de todos y todo podemos aprender a educarnos) me llevaron a consultar mis libros y apuntes de filosofía y buscar la definición que se estudia en la palabra “Educación”. Aquí transcribo lo que hermosamente confirmé hoy:

“Es la transformación de un niño –al nacer casi idéntico, con muy pocas diferencias, a su ancestro de hace diez mil años— en un ser humano civilizado. [Nótese que aquí tampoco indica que el padre sea el único con el privilegio de lograr esa transformación, ¡qué coincidencia!]. Esto supone la transmisión, en la medida de lo posible, de lo mejor o lo más útil que la humanidad ha realizado, o que considera como tal: determinados deberes y habilidades, determinadas reglas [que por supuesto pueden existir incluso entre amigos], determinados valores, determinados ideales; en fin, el acceso a determinadas obras y la capacidad de disfrutar de ellas. Es un reconocimiento de que no existe transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos y que la humanidad, en cada uno, es también una adquisición: se nace hombre o mujer, pero uno se vuelve humano. [Y si la misión de mi vida y la de Nueva Conciencia es ayudar al ser humano a ser más humano, entonces queda filosóficamente avalada y en forma rotunda mi optativa facultad para educar]. Es el reconocimiento de que la libertad no nos viene dada de antemano, de que no se da sin la razón, ni la razón sin aprendizaje: uno no nace, sino que se vuelve libre. El aprendizaje no se lleva a cabo sin amor, en la familia, pero tampoco sin obligaciones. Y todavía menos, en la escuela, sin trabajo, sin esfuerzo y sin disciplina. ¿El placer? Nunca se tiene demasiado. Pero ésa no es la función de la escuela, ni siquiera de la familia. La educación se encuentra casi toda del lado del principio de la realidad. No se trata de sustituir el esfuerzo por el placer, sino de ayudar al niño a encontrar placer, poco a poco, en el esfuerzo aceptado y dominado [cuando se llega al placer del deber cumplido, de la promesa cumplida, que explico en mi libro de “El verdadero éxito en la vida]. ¿Jugar? Nunca se juega demasiado, pero es el trabajo lo que es grande y hace crecer. Por otra parte, los niños juegan a trabajar, desde muy temprano, y eso indica suficientemente cuál es su sentido. La educación no está al servicio de los niños, como se dice siempre, sino al servicio de los adultos en que quieren y deben convertirse.

  Nos engañaríamos, sin embargo, si creyéramos que la educación debe inventar el porvenir. ¿Con qué derecho los padres y pedagogos, a cuyo cargo está la educación, podrían elegir el porvenir de los niños en su lugar? La verdadera función de la educación, y especialmente de la escuela [nótese que aquí tampoco citan a padres únicamente], no consiste en inventar el porvenir, sino en transmitir el pasado. Es lo que había visto Hannah Arendt, en la década de 1950: “El conservadurismo, tomando en el sentido de transmisión, es la esencia misma de la educación”, decía ella. El progreso supone la transmisión y no podría permitir que se renuncie a ella. ¿El futuro? No es un valor en sí (de lo contrario, la muerte, para cada uno, sería un valor). Sólo vale o, mejor, sólo valdrá, ante todo, por la fidelidad a lo que hemos recibido y que tenemos la misión de transmitir”.

Con lo anterior me emociona que sí, confirmo mi facultad para educar, al igual –exactamente igual— que cualquiera otra persona que tenga amorosidad en su corazón y sienta el impulso por guiar, a manera de invitación, a otro hacia su mejora y propio descubrimiento. Un líder tiene la obligación moral con la sociedad de educar, por todos los medios que sean necesarios, a sus seguidores, con el fin de sacar de ellos lo mejor de sí mismos. La raíz etimológica de la palabra “Educar” proviene del latín educare que significa sacar desde dentro. Hoy sé que una nodriza cría pero no educa a un niño, en cambio su padres o maestros sí educan procurando sacar lo mejor de dentro que la persona trae. Es una hermosa virtud que valió la pena recordarla hoy, o quizá para muchos, aprenderla apenas hoy. Que un líder, que un ser humano interesado en ayudar al ser humano a ser más humano, procure educarse y educar, por el bien de la amistad, de la vida laboral y de la sociedad en general, siempre será fuente de armonía con su consecuente... ¡Emoción por Existir! –Alejandro ArizA.

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