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27/01/2011

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Troya - Columnas

Se valora lo que se aprecia y se suele apreciar cuando se ve, pero los ojos no ven lo que la mente no conoce. Siempre lo he dicho. Y en Nueva Conciencia esto se confirma con una frecuencia inusitada. Desde hace varios días recibí comentarios acerca de la película “Troya” donde a algunos de mis amigos –y otros no tan amigos— no los percibí muy emocionados con el filme. Uno de ellos me dijo: “…solo trata de generar un ego enorme en Brad Pitt”. Otra arrojó el florete: “…en la película no hay nada que rebase el torso de Brad Pitt”. Alguien más me dijo: “…se trata de otra clásica exageración Hollywoodense”; por ahí también escuché: “…qué tal Helena, heee, qué mujer!”. Apenas hoy recibí un agraciado correo electrónico de un extraordinario ser humano, amigo de Venezuela, que me dijo: "...cuántos mensajes tan valiosos vi en esta película, la constancia, la convicción, en fin, te la recomiendo mucho Alex". Desde hace algunos años ya no hago caso a ninguna recomendación a favor o en contra de nada. Hoy sé lo subjetivo que es el comentario de cada quien (incluso como todos los míos) y he aprendido que cada persona ve tan sólo y únicamente lo que el filtro de su percepción (sus conocimientos) le permite. Así es que fui a verla y a sacar mis propias conclusiones. ¡Es sublime esta película! ¡Extraordinaria! ¡Con un mensaje tremendamente poderoso y enaltecedor! Carambas, podría escribir toda una crítica de esta hermosa obra fílmica del poema de la Ilíada de Homero. Se trata de la afamada guerra de Troya donde reluce refulgente la lógica imagen de Aquiles, el mayor de los guerreros griegos de esa historia. ¡No se trata de Brad Pitt! Es Aquiles. En fin, hay quien no ve más allá de un actor porque no sabe y de esa forma no alcanzó a ver el sublime mensaje de la mitología griega. Recuerdo de mis clases en la preparatoria que Aquiles fue hijo de la ninfa del mar, Tetis, y de Peleo, rey de los mirmidones de Tesalia. A ella se le permitió hacer de su hijo a un ser casi inmortal cuando de niño lo sumergió en la fuente de Éstige, cuyas aguas transformarían a quien le tocaran en inmortal. Su madre para sumergirlo lo sostuvo del talón y esa fue la única parte que no tocó el agua generadora de inmortalidad. Por eso se dice que “el talón de Aquiles” es el único punto débil de una persona. Me he llevado la sorpresa que preguntándole a varios amigos acerca de este hecho mitológico, la gran mayoría no lo sabía, ni las personas que yo pensé sí lo sabrían. Lógicamente un personaje así, Aquiles, debía ser interpretado con arrogancia, con una tremenda imagen de poder y soberbia, ¡caray era un ser prácticamente inmortal que no conocía el miedo desde niño! En la película se ve claramente como lo mata únicamente una flecha de Paris, quien le atraviesa el talón. La belleza de Aquiles muy manifiesta en la película e inteligentemente mostrada, debía ser así porque la idea griega de belleza era lo que hoy entendemos como perfección, y solo se veía en lo masculino. Por ejemplo, Aristóteles definió a la mujer como un “macho inválido” que sufrió un accidente en la gestación, comento esto solo para darnos cuenta de cómo se veía a la feminidad en aquella época. La belleza era concepto exclusivo del varón. Los filósofos afirmaban: “El amor es un anhelo de engendrar belleza”, y si la belleza era exclusiva de la perfección del varón, el silogismo concluía: únicamente el varón resulta digno de amor. De ahí que el amor griego de la época clásica sea un amor entre muchachos de la “edad divina”. Esto se observa en la película por el amor que le profiere Aquiles a su amigo Patroclo (primo en la película), y el dolor de su muerte hace que combata y mate a su perpetrador, Héctor, otro célebre guerrero de la época. En esta película se observa claramente el tipo de amistad amorosa –erotiké— clásica de la época, con los arrebatos del carácter y temperamento típicos de esas relaciones eratés-erómenos (feminidad masculina-actividad masculina). La simbología de un juego con espadas entre Patroclo y Aquiles son muy reveladoras para un terapeuta, así como un golpe en el trasero que el segundo le confiere al primero en un momento en que parece desobedecer Patroclo. Esta película está cargada de simbolismos hermosamente preparados para el ojo entrenado en verlos. ¿Desnudos masculinos esculturales en la película? Caray si se trata de los griegos, en aquella época los más maduros se reunían en el gimnasio para observar a los atletas, de hecho la palabra gimnasio proviene del griego “gymnos” que quiere decir desnudo. Más adelante, la escena donde Aquiles arrastra el cadáver del príncipe Héctor frente al rey de Troya, Príamo, es desgarradora. Hay otra escena donde las lágrimas se me rodaron al ver cómo la extraordinaria interpretación de Peter Otoole encarnando a Príamo, rey de Troya, besa las manos de Aquiles, quien mató a su propio hijo para pedirle el cuerpo y recuperarlo con afán de preparar un funeral que todo un príncipe y gran guerrero merecían. El arrepentimiento de Aquiles fue cautivante en cuanto a la observación de los valores que entraban en conflicto en su interior. Príamo frente a Aquiles, momentos donde pude ver la gallardía de un verdadero rey (como símbolo de lo que podemos ser todos en nuestro interior), aquel que hace a un lado su orgullo para conservar el amor de alguien, a diferencia de muchos humanos comúnes que hacen a un lado el amor de alguien para conservar su orgullo. Esta escena es “otro nivel” de conciencia, por nombrarte alguna. Y qué decir del concepto del “honor” tremendamente manifiesto en varias escenas de la película. El honor es algo olvidado para muchos en esta época, incluso definirlo es imposible para una gran cantidad de personas, inténtalo y lo verás, pregunta. Si ves esta película, observarás la trascendencia que tenía el honor de un caballero y la fuerza y gallardía que esto le daba.

            Por otra parte, las escenas de ego desenfrenado en ambición de poder que datan desde la mitología griega y más allá, se me siguen haciendo tan manifiestas hoy en día. Cada vez que escuchaba a Memmón, rey de los etíopes, con sus ansias de dominio y poder absurdo, solo veía lo poco que han evolucionado muchos de los políticos y líderes de este país al verlos reflejados en el actuar y la miopía del rey de los etíopes. La falacia de que “el fin justifica los medios” aquí es muy manifiesta y de manera espectacular las consecuencias de priorizar mediante un silogismo así también son mostradas en forma exquisita en esta película.

            Qué sólo se trata de generar un enorme ego en Brad Pitt, ¡por Dios, si es Aquiles no Pitt! Que en la película no hay nada que rebase el torso de Brad Pitt, ¡lo dijo un ciego cultural, lo más seguro! Qué se trata de otra clásica exageración Hollywoodense, ¡por Dios si se trata de uno de los poemas épicos de mayor envergadura en la historia de la humanidad relatados en la Ilíada de Homero ateniéndose a las costumbres de la época! La cantidad de valores y virtudes que se entretejen en la trama de esta fantástica historia, los juicios de valor y su polaridad: traición-lealtad, odio-amor, fortaleza y cobardía, verdad-mentira, entre otros, el manejo de prioridades con sus silogismos en las tomas de decisión, y más, hacen de esta obra un excelso ejemplo de los bastísimos comportamientos humanos y su complejidad. Eso fue lo que yo pude ver en las extraordinarias actuaciones de varios artistas en Troya. Hay quien no vio más que a Helena y a Pitt. En fin. Repito con lo que empecé esta nota: Se valora lo que se aprecia y se suele apreciar cuando se ve, pero los ojos no ven lo que la mente no conoce. Ah, y por cierto, recomiendo mucho esta película. Son de esas películas que en cuanto la veas, se me antojaría mucho ir a tomar un café contigo y comentarla. –ArizA.

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