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27/01/2011

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Algo está pasando - Columnas

Preparing for the Harvest

 

“La vida es un gerundio”.

- José Ortega y Gasset.

Filósofo Español.

 

         ¡Cuánto puede cambiarle la vida a alguien que está dispuesto a evolucionar! Definitivamente de esto ya no me queda la menor duda. Escribir lo que aquí te confesaré resulta ser un gran impulso de mi corazón y me emociona mucho el podértelo decir hoy. No sé que pase al final, pero aquí voy.

         Todo empezó desde hace ya varios meses en que había sentido un cambio en mi vida, pero un cambio en mi interior. Lo más curioso es que aunque hoy sé que ese cambio fue en mi interior, irremediablemente ese mismo cambio se ha visto reflejado en el exterior. Como todo cambio auténtico. Por ejemplo, hoy me he dado cuenta que desde que vivo solo y, por ende, con más momentos de silencio y quietud, vivo más en paz que antes. Y eso que me jactaba de ya vivir en paz. No sé, pero hoy la vida me es más bella que nunca. Algo está pasando. Lo noto en la manera en que dicto mis conferencias, esto ha cambiado enormemente de unos seis meses a la fecha. Lo noto en mis nuevas amistades y en cómo las trato. Lo noto en que cada vez más, me gusta estar solo. Lo noto en que cada vez tengo más pasión por leer aún más y más, estoy devorando libros. Lo noto en que cada vez aprecio más belleza en todo y en todos. No sé. Algo está pasando. Lo noto en mis más recientes escritos. Hace algunos días me quedé encerrado –literalmente— 96 horas en mi departamento tan sólo escribiendo, escribiendo como nunca antes. La inspiración me llegaba por oleadas. Me llamó la atención que una de mis sesiones de escritura alcanzó a durar hasta 17 horas continuas sin parar y nunca sentí el más mínimo cansancio ni hambre –esto último fue lo que más me llamó la atención, luego de que hice conciencia—. He escrito varios libros en mi vida, pero ahora que estaba terminando el más reciente, un libro que si Dios quiere, saldrá al mercado el próximo mes de Enero del 2002, (titulado: “Siempre hay otra opción”) sentí algo en mi vida como nunca antes lo había sentido con ningún otro. Cuando leí la edición final que Grijalbo me dio (hace apenas tres días) para su impresión, volví a sentir cierta “magia” que no te puedo explicar por ahora. Algo está pasando. Hasta en mi forma de trabajar y de comer he notado cambios.

         Tal vez todo empezó a tener mayor ilación cuando desde hace algunos días comentaba con una gran amiga acerca de un “verdadero milagro”. Así denominé a cierta observación que tuve cuando analizaba el enorme desafío –casi indescriptible— que resulta querer comprender el cómo nos llegamos a entender unos y otros. ¿Lo habías pensado? No sé por qué pero desde hace varios días me vengo preguntando esto todo el tiempo. Desde que amanece hasta que anochece, en mi oficina, en el auto, en mis viajes, en el avión, etc. Cada vez que tengo la dicha de conocer a más y más personas, no puedo dejar de admirar el cómo podemos llegar a convivir tantos miles de millones de seres humanos. Sé que en muchas ocasiones esa convivencia es imposible, pero no estoy hablando de esos casos extremos, sino de la convivencia que día a día llevamos la mayoría de las personas. ¡Somos tan diferentes por tan distintos tipos de información que unos y otros tenemos y aún así convivimos! En mi consulta como terapeuta es donde más gráfico veo esto. Son tan diferentes las formas de pensar de la mayoría, es tan abismalmente distinta la información que tenemos unos y otros, ¡y aún así logramos conversar! ¡¡¡Un milagro!!! En verdad no encuentro –o no encontraba— otra explicación. Vamos, hasta bromeando con mi amiga le llegué a decir que la convivencia entre tantos que somos (y tan distintos) me ha resultado más impresionante que los clásicos milagros que todos sabemos de Jesucristo, eso de que caminó en el agua, convirtió el agua en vino, ¡hum! Se queda corto comparándolo con el milagro de que tantos tan diferentes, con tan distintas formas de pensar y con tan variada información en nuestras cabezas, podamos convivir. ¿A poco no? Coexistiendo en el mismo planeta una organización de Talibanes AlQaeda y Disneylandia. Un milagro. Coexistiendo en el mismo país (México) diputados del PRD y Alejandro Ariza. Otro milagro. Coexistiendo en el mismo canal de televisión una novela de traición, infidelidades y trastornos de la identidad sexual, y luego el Teletón. Otro milagro. En fin, sigo con mis reflexiones.

         Cada vez que voy en mi automóvil e incluso ahí me encuentro en tanta paz y al mismo tiempo volteo a ver a un par de personas gritarse y discutir en la calle, no lo entiendo. Vamos, más me admiro de que en un cuadrante de menos de 500 m. a la redonda, podamos coexistir personas con una gran paz y otras con tremenda ansiedad y desasosiego, y otras tantas indiferentes a las primeras dos. ¡Wow! Milagro. ¿Y por qué te comento esto? Pues porque hoy por la tarde que venía volando en el avión que me traía de regreso de una de mis conferencias, me surgió una idea: yo, en algún momento pasado de mi vida, también tuve momentos de tremenda ansiedad. ¿Por qué hoy ya no? Algo está pasando. Y me gustó nombrar así a esta columna: “Algo está pasando” para jugar con la palabra “pasando”, ya que se puede entender como un acontecimiento que se está sucediendo, o bien, se puede entender como algo que esta desapareciendo del presente y está ingresando precisamente al pasado, “está pasando”. ¿Me explico? Y tal vez me quiero quedar con esta última opción. Quiero que pienses que la vida es precisamente evolución. Tú y yo, ahora mismo, estamos evolucionando. Sólo que ciertas personas lo hacen a mayor velocidad que otras, todo depende de su “despertar” a esta Nueva Conciencia de los hechos en la vida.

         Hoy, he notado que ya no me gustan ciertas cosas que antes me encantaban. Ese cambio me ha impresionado. ¿Cómo si antes me fascinaba, hoy ha perdido todo interés? Pues así es. Por ejemplo, antes (hace 3 o 4 años) me fascinaba salir en la noche con mis amigos y pasear, ir al cine cuando tuviera tiempo, o cenar con ellos. Esto en realidad me encantaba. Hoy me gusta pero prefiero por mucho, meditar y leer durante horas, para luego escribir más horas. ¿Qué pasa? De hecho, antes le daba mucha importancia a lo que la gente (sobre todo mis amigos) dijera de mí, hasta me daba cierta pena negarme a salir cuando me invitaban y terminaba yendo. Hoy hasta he encontrado placer en negarme y quedarme en mi casa. ¡Caray! Y pensar que hasta hace unos cinco años criticaba a mis papás porque siempre preferían quedarse encerrados en su casa cada vez que los invitaba a salir. Hoy me estoy pareciendo. ¡Ups! Qué bueno que no los critiqué mucho que digamos. ¿Ya estaré “ruqueando”? Mmm..., no, no creo. No me siento viejo. De hecho, no lo soy ni me identifico con esa actitud. Pero de que algo está cambiando, sí. Algo está pasando. Está cambiando tanto mi vida. Permíteme platicarte otro ejemplo, uno que me emociona. Desde hace 7 años, cuando dictaba mis primeras conferencias a nivel internacional y empezaba como un orador profesional, en algún recoveco de mi mente llegaba a pensar: “Me gustaría que llegara algún día en que las empresas no mi invitaran a dictar una conferencia pidiéndome un tema en específico –como en ese entonces sucedía—. Me gustaría que llegara el momento en que las empresas sólo me invitaran a dictar una conferencia sin tema alguno, sino que sólo se anunciara algo así como “Una tarde con Alejandro Ariza” y ya, no más”. Pues el tiempo ha pasado y hoy estoy impresionado de que ¡han sido así mis últimas 50 conferencias! Ya nadie me pide un tema, tan sólo me preguntan de qué quiero hablar y, tan sólo para que quien toma nota se quede tranquilo le digo: “La Fuerza del Pensamiento” y ya. Algunas otras empresas y organizaciones ya ni eso me piden, sólo quieren que Alejandro Ariza les hable y eso es suficiente. Tan sólo acordamos el día y la hora en que debo llegar y listo. Sé que esto puede escucharse arrogante, ¡pero es que así es! Mmm..., no me refiero a que sea arrogante, heee, sino que así me viene sucediendo en los últimos 12 meses. Ya no me llaman para hablar de lo que dictaba hace 7 años, los clásicos temas de “Liderazgo”, “Servicio”, “Calidad”, no, nada de eso. De hecho, lo más impresionante –y aquí viene una gran confesión que te haré hoy— es que ni a mí mismo ya me gustan esos temas. Hace años que ya no hablo de eso, y de hecho, me consideraba un “experto” en esos temas. Hoy, cuando veo mis primeros videos de conferencias que dictaba... ...hasta cierta vergüenza he sentido. Sí, pena. Me admiro de cómo llegué a convencer a miles de personas de algo que hoy, ya no creo. Peor aún, me admiro de cómo logré persuadir a miles, de algo que hoy me he dado cuenta que no es cierto. Fuerte, ¿verdad? Yo también lo siento así. Bueno, tal vez no es que no sea cierto, sino que fue cierto para aquella época y en su momento funcionó, pero hoy no me funciona por lo menos mí. Por ejemplo, antes, hace años, me fascinaba dictar conferencias en donde motivaba enormemente –algo que hago estupendamente bien— a cientos de personas a ¡ser mejor! Hoy, ya no me interesa en lo más mínimo que la gente sea mejor. Hoy me interesa que la gente viva en paz, aceptando mucho de lo que ya es y que con eso realmente sea feliz. Ya no me interesa en lo más mínimo la excelencia y todos esos eslóganes que en algún momento de mi vida me convencieron. Ya no quiero hablar persuadiendo a la gente de que puede llegar a ser líder, no, para nada. Hoy he encontrado algo más trascendente. Hoy propongo una Nueva Conciencia en donde la gente sea feliz y viva con mayor paz, así tal como es. Entendiendo que todo pasa por algo y que nosotros sólo somos observadores de todo aquello que pasa. Y hoy, irónicamente, tengo más éxito que hace años. Hoy tengo más seguidores que antes. Hoy he encontrado en mi vida una auténtica invitación a que todos despertemos a ser más espirituales. No sé. Algo está pasando. Hace años, cuando en ciertas entrevistas por radio se me preguntaba acerca de cuál podría ser el sentido de la vida, daba respuestas como “ser feliz”, “encontrar sentido a lo que hacemos y a la felicidad misma”, “realizarnos en nuestro trabajo”, “ayudar a los demás”, etc. Hoy, ante esa misma pregunta, ¿Cuál será el sentido de la vida? Me atrevo a decir: Conocer a Dios. Sentirlo.

Hace años invitaba a la gente a competir, ¡a ganar! ¡a ser los mejores! Hoy no, no en absoluto. Ya no creo en esto que tanto nos separa a unos de otros. Siempre queriendo demostrar que somos mejores. ¡No! Hoy invito a la gente a colaborar. Creo que este ha sido un gran cambio. Colaborar en lugar de competir. Tal vez por eso, el libro que pienso publicar en el año 2003 llevará el siguiente título: “Sólo el auténtico perdedor necesita ganar”. Ya lo empecé a escribir y nunca había escrito con tanta fluidez y con tanta paz. Algo esta pasando. De hecho, hace unos días que se me ocurrió leer mi primer libro, me llevé la sorpresa de lo ahí expuesto. No quiero decir que lo que haya dicho o escrito no sea útil o sea falso, no, pero me doy cuenta de que eran estrategias vistas desde otra perspectiva, desde otro nivel de conciencia.

         Pues bien, hoy me emociona haber encontrado una explicación a todo esto que estoy viviendo y que tú, muy posiblemente, también. Hace algunos meses, un gran amigo al que quiero mucho, Carlos Osegueda, me recomendó estudiar más profundamente los arquetipos junguianos y me di a la tarea. ¡Ahí encontré la explicación! Esta tuvo que llegar a mí en esta etapa con una gran sincronía. Carl Jung, en su obra “El hombre moderno en busca de un alma”, ofreció algunas percepciones críticas sobre las tareas del desarrollo de la edad adulta. Estaba convencido de que la conciencia de un yo superior, un verdadero yo, constituyen una tarea de desarrollo de la edad adulta. A continuación, te ofrezco mi propia interpretación de las fases del desarrollo adulto del doctor Jung.

         Escribo sobre estas cuatro fases con un cierto grado de experiencia personal porque he pasado varios años en cada una de ellas. Han sido como escalones para subir hacia un nivel de conciencia cada vez más alto y hoy más que nunca entiendo por qué bauticé a mi empresa como “Nueva Conciencia”, y es que cada escalón la vuelve a hacer “nueva”. Tú y yo estamos en este ascenso y mi mayor ilusión es que este breve ensayo que te presento hoy te ayude a percatarte de tan valiosa percepción de la vida. Quiero aclarar enfáticamente algo: creo que ninguna de las fases es una mejor o peor que otra, son simplemente etapas que todo adulto pasamos y darnos cuenta de ello ya es un gran principio para poder avanzar a la siguiente. Cada fase supone experiencias que nos llevan una a la otra, escalones que nos permiten alcanzar nuestro propio destino, nuestro verdadero yo.

         Cuando las leas, examina las fases personales y únicas de tu desarrollo como adulto y encuentra un paralelo con los arquetipos del doctor Jung. Quisiera que tu objetivo sea ser conciente de tu verdadero yo, como una dimensión de tu ser que trasciende las limitaciones de un mundo material.

 

Las cuatro fases del desarrollo adulto.

 

1ª Fase: El Atleta.

 

         Aquí uso la palabra “atleta” sin la más mínima intención de denigrar a los atletas o el comportamiento atlético, al contrario, admiro esa disciplina. Sólo uso esta palabra para identificar a este período del desarrollo adulto. Fase en la que una persona se identifica fundamentalmente –y en ocasiones únicamente— con su cuerpo físico y en cómo funciona en nuestra vida cotidiana. Es la fase en la que medimos nuestro valor y felicidad por nuestro aspecto y nuestras capacidades físicas, tales como: la rapidez con la que corremos, lo lejos y fuerte con que arrojamos una pelota, lo alto que podemos saltar y el tamaño de nuestros músculos o las conquistas sexuales que logramos. Juzgamos el valor de nuestro aspecto físico por un canon de capacidad de atracción basado en la forma, el tamaño, el color de nuestra piel, la textura de nuestras partes del cuerpo, el tipo y color del cabello, lo marcado del abdomen, etc. Incluso, en una sociedad como la nuestra, marcada por el consumo, este juicio se extiende al tipo de automóviles que usamos, la casa y fundamentalmente la ropa. En esta fase, vestir con ropa “de marca” o de una exclusiva calidad, es lo que le da seguridad a la persona. Sin ese tipo de ropa, la persona no se siente nada bien. En esta etapa, el automóvil que usa la persona lo experimenta como una extensión de sí mismo, como un reflejo de su ser, por ejemplo, si el auto pasa por un bache y se golpea, le llega a doler al dueño como si el golpe lo recibiera él mismo en su propio cuerpo. Esto también se ve cuando una persona ya vieja siente rejuvenecer manejando un automóvil juvenil o deportivo.

         Se trata de preocupaciones que tiene la persona cuando se encuentra en la fase incipientemente inicial del desarrollo adulto. Es el período en que la vida parece imposible sin un espejo y una continua necesidad de aprobación que nos haga sentirnos seguros. Esta fase del “atleta” es en la que más nos identificamos con nuestro rendimiento, atracción y éxito social. Es aquí donde a mucha gente le importa “la imagen del éxito”.

         Muchas personas salen de esta fase y llegan a hacer consideraciones de su vida más significativas. Otros entran y salen de esta fase dependiendo de circunstancias sociales. Otros se quedan en esta fase durante toda su vida. El que tú logres avanzar más allá de esta fase depende del cómo te obsesiones por tu propio cuerpo como fuente primordial de autoidentificación. Estoy de acuerdo en que resulta valioso –muy valioso— cuidar de nuestro cuerpo, pero sin identificarnos con él. ¡Somos más que un cuerpo! Aunque algunas personas no lo crean.

         Esta fase definitivamente no es una en la cual puedas manifestar tu verdadero yo. Para alcanzar a ver y sentir tu capacidad y energía interior divina, tienes que superar la idea de que eres un ser exclusivamente físico y no vivir pensando sólo en tu belleza o atracción. Así, favorecerías poder avanzar y pasar a la...

 

2ª Fase: El Guerrero.

 

         Una vez que hemos dejado atrás la fase del atleta y subimos al siguiente escalón de nuestro desarrollo adulto, entramos a la fase del guerrero. Se trata de una etapa en la que el ego domina nuestras vidas y nos sentimos ilusionados con conquistar el mundo para demostrar nuestra superioridad. Es cuando hacemos todo lo necesario para sentiros importantes sintiéndonos “diferentes” a los demás.

         El objetivo del guerrero es someter y derrotar a los demás en una carrera por alcanzar la excelencia, alcanzar el primer puesto, coleccionar trofeos y diplomas. Es una fase en donde la competencia por lograr el éxito se sucede. Es una fase motivada por conceptos tales como: “Ganar no es lo más importante, es lo único”, “Si no sabes a dónde vas, cómo sabrás cuándo has llegado”, “El tiempo es oro”. Esta fase, dominada por el ego, esta repleta de ansiedad, misma que es la lógica consecuencia de nuestra constante comparación con los demás. El guerrero es alguien que se encuentra constantemente preocupado por el futuro y por todo aquello que pueda interponerse en su camino al éxito.

         En la fase del guerrero, la competencia intelectual, el estatus social y la posición económica se convierten en obsesiones. Convencer a los demás de nuestra superioridad es el objetivo del ego en esta fase. El guerreo disfruta menospreciar y hacer sentir menos a los demás. En las reuniones sociales se burla de quien tiene menos cosas que él, la humillación es su deporte, hace mofa de las personas con un estado financiero inferior al de él, pero sin darse cuenta de que en esa misma burla se estanca y se atrofia cada vez más. Es un nivel de conciencia de la persona en donde no alcanza a darse cuenta de que “cada vez que tira tierra, lo único que hace es estar perdiendo terreno”.

         La prueba para determinar si has abandonado esta fase o sigues ahí, es analizar cuál es la fuerza propulsora de tu vida. ¿Qué te mueve? Si la respuesta es conquistar, derrotar, adquirir, comprar y ganar a toda costa, está clarísimo que todavía te encuentras estancado aquí. Con todo respeto, si eres de estas personas, ya puedes tirar este ensayo que ni me vas a creer, hasta puede que sientas que tú lo hubieras escrito mejor y con menos “rollo”. Si entras y sales de esta fase dependiendo “del mercado”, ya llevas un gran avance; pero insisto, si vives fundamentalmente instalado en esta, no podrás nunca manifestar tu verdadero yo, ese del que te estoy hablando ahora que “algo está pasando”. Sin duda, si te permites evolucionar en el arte de ser humano, pasarías a la...

 

3ª Fase: El Conserje.

 

         Esta fase la he denominado así, porque es la etapa en la cual se ha empezado a dominar el ego y empieza una Nueva Conciencia: en esta fase queremos saber qué es lo importante para otra persona. En lugar de obsesionarnos con nuestros propios logros, empezamos a emocionarnos por servir a los demás. Tal vez por eso llamé así a esta fase, y lo digo con todo respeto al maravilloso mundo de los conserjes de un hotel –de hecho he dado varias conferencias para ellos—, ya que es en estas personas en las que he observado esa mágica actitud de servicio que todo ser humano debemos tener en alguna etapa de nuestro desarrollo adulto. Aquí es donde se empieza a saber que nuestro propósito fundamental es el de dar, antes que recibir. El conserje puede seguir con su intención de lograr cosas (el guerrero) e incluso ser “atleta”. No obstante, su impulso interior es el de servir a los demás. Permíteme decirte más:

         La auténtica libertad (donde hay paz) del ser humano no puede experimentarse sino hasta que se aprenda a dominar el ego y dejar atrás la obsesión por uno mismo.

         Cuando te sientas alterado, ansioso o muy molesto, vacío, pregúntate en qué medida esto se debe a tu forma de valorar cómo estas siendo tratado y percibido. Sólo se empieza a estar verdaderamente en paz cuando uno puede desprenderse de sus propios juicios sobre sí mismo durante un prolongado período de tiempo.

         Permíteme platicarte que pasar de la fase del guerrero al conserje fue para mí una experiencia extremadamente liberadora y generadora de paz. Fue cuando algo pasó en mí y me dejó de importar mi imagen cuando dictaba conferencias y si la gente querría o no comprar mis libros, videos y audios. Fue cuando por primera vez en años, empecé a meditar antes de dictar mis conferencias y sólo pedirle a Dios que me usara para hablar con la gente que estaría frente a mí. Mi pronunciación mejoró ostensiblemente. Fue ahí cuando ya no usé ninguna nota en mis conferencias, ningún apunte. Nada. Sólo me paraba frente a la audiencia y empezaba a hablar incluso durante más de 8 horas sin necesidad de nota alguna. Hoy sé que no hablaba yo, sino Alguien a través de mí. Así llevo varios años y esta experiencia no la cambio por nada.

         La fase del conserje de la edad adulta tiene que ver con el servicio y el agradecimiento por todo aquello que uno ha logrado en la vida. En esta fase te encuentras muy cerca de tu verdadero yo. Es cuando tu verdadero propósito en la vida dejó de ser el más poderoso, el más atractivo, el que domina o conquista. Has entrado al ámbito de la paz interior. De alguna u otra manera me he dado cuenta de que siempre se encuentra la bendición que se busca cuando se actúa al servicio de los demás, independientemente de lo que hagas en tu trabajo.

         Aquí siempre me ha conmovido una historia que cuenta mi maestro Wayne Dyer en uno de sus cursos, cuando una amiga suya, Pat,  tenía planeado hacerle una entrevista a la madre Teresa de Calcuta. Mientras conversaban, antes de comenzar la entrevista, Pat le dijo: “Madre Teresa, ¿hay algo que yo pueda hacer para ayudar a su causa? ¿Puedo ayudarla a conseguir dinero o darle alguna publicidad?”.

         La madre Teresa contestó: “No, Pat, no necesitas hacer nada. Mi causa no tiene nada que ver con la publicidad, y tampoco con el dinero. Se trata de algo mucho más elevado que eso”.

         Pat insistió y dijo: “¿De veras madre, no hay nada que pueda hacer por usted? Me siento impotente”.

         La respuesta de la madre Teresa fue: “Si realmente deseas hacer algo Pat, levántate mañana a las cuatro de la madrugada y sal a las calles de tu ciudad. Encuentra a alguien que viva en ellas y que crea que está solo, y convéncelo de que no lo está. Eso es lo que puedes hacer”. Esta es una persona conserje, quien es capaz de entregar todo a los demás y en cada uno de los días de su existencia.

         Tengo la ilusión de que cada vez más, un número más abundante de personas, adquieran esta Nueva Conciencia y vivamos entregados a esta misión de vida. Si has llegado hasta este nivel de tu lectura, casi puedo apostar de que tú eres alguien así.

         Al ayudar a otros a saber que no están solos, ayudarles a saber que ellos también tienen un espíritu divino en su interior, independientemente de las circunstancias de su vida, es como avanzamos otro escalón más en nuestro desarrollo adulto y nos acercamos más a la manifestación de nuestro verdadero yo, nos adentramos a la...

 

4ª Fase: El Espíritu.

 

         Independientemente de la edad que tengas y de la posición que ocupes o el género que seas, es en esta fase de la vida en donde alcanzas a reconocer tu esencia, tu verdadero yo. Créeme en esto por favor: cuando descubres tu verdadero yo, empiezas a transitar por un camino en donde te conviertes en cocreador del mundo, empiezas a controlar las circunstancias de tu vida y participas con seguridad en la creación. Así es como te conviertes.

         La fase espiritual de tu vida se caracteriza por una Nueva Conciencia en ti con la que te das cuenta de que este lugar llamado Tierra no es tu hogar. Estas aquí, pero no eres de aquí. Sabes que no eres un atleta, ni un guerrero o ni siquiera un conserje, sino una energía infinita, ilimitada, inmortal, universal y eterna que reside temporalmente en un cuerpo. Es cuando sabes que todo es energía, que nada muere, que sólo se transforma.

         Debido a que puedes alcanzar esta fase de conciencia pero aún así tienes un cuerpo, es la razón por la que te sientes terriblemente atraído hacia tu mundo interior. Dejas atrás los temores y empiezas a experimentar una especie de distanciamiento con respecto a este mundo de plano físico. Te conviertes en un observador de tu mundo y pasas a otras dimensiones de conciencia. Esta energía que te das cuenta que eres, la empiezas a observar en todos los demás y en todo lo demás. Así, empiezas a ver con más amor a todo el mundo. Pasas por alto el cuerpo de alguien y alcanzas a identificarte con su alma, y para colmo, puedes llegar a sentir el alma de otro mientras ese otro ni se da cuenta de su alma. Se empiezan a suceder cada vez más momentos en que amas a todos sin ningún distingo. Son momentos donde incluso puedes sentir un poco de confusión, pero con el tiempo, llega la confianza. Y es esta la palabra clave de la fase: confianza. Es cuando empiezas a depositar todo tu ser en una energía superior y tu te rindes a que todo sea como debe ser. Es cuando verdaderamente te dejas fluir. Es cuando todo empieza a ir bien porque sabes que no puede ir de otra manera. Empiezas a confiar en esa energía que esta en todo y en todos. Por ejemplo, tú no haces crecer tu cabello, la Naturaleza es la que lo hace por ti y el espíritu confía en ella. Es la energía. Llama a esta energía como quieras, Naturaleza, Dios, alma, espíritu –la denominación en este nivel ya es lo de menos— pero tan sólo sabe que esta no puede morir nunca. Es cuando alcanzas a saber que eres eterno. O lo que es lo mismo, es cuando estas conciente de tu eterno presente. Y es precisamente ahí que se siente a Dios. Cuando ya no haces conciencia de nada de tu pasado, cuando ya no te preocupa nada de tu futuro, es cuando te instalas meramente en tu presente y sabes que el espíritu es ahora. En este nivel de conciencia forzosamente se siente la presencia de Dios. Doy fe de ello.

         Aunque te parezca increíble, la energía que se manifestó en tiempos de Shakespeare, de Jesucristo, de Galileo, de Miguel Angel, o en cualquier otra forma humana, es la misma, exactamente la misma que se esta manifestando ahora mismo en ti o en mí. La energía de estos grandes de la historia universal nunca fue su cuerpo, sino su espíritu, y ese es inmortal. Esa misma energía es a la que podemos acceder tú o yo; tal vez por eso es que te puedes encontrar con tanta paz cuando conoces a personas que han llegado a esta fase espiritual, incluso en nuestros tiempos. Las hay. En esta fase es cuando se entiende la vida de muchos santos de la historia de la humanidad, pero insisto, también hay santos actuales.

Es hasta esta fase que te desprendes de tu apego emocional a lo que considerabas tu realidad. Es cuando ya no te preocupa en absoluto prácticamente nada. El auto que antes tanto te preocupaba hasta por traerlo limpio, pasa a un nivel casi de olvido. La ropa “de marca” que tanta seguridad te hacía sentir, en esta fase sólo cumple el propósito de abrigar tu cuerpo, pero nada tiene que ver contigo, con tu verdadero yo. Las cosas que antes te gustaban y atesorabas, hoy te estorban y cada vez más. Las “cosas” te empiezan a pesar y en esta fase te sientes cada vez más necesitado de “ligereza”. Cada vez quieres menos cosas materiales que te aten. Es aquí cuando empiezas a gozar intensamente del silencio y de tus momentos de completa soledad, incluso los procuras con toda intención. Es cuando empiezas a darte cuente de que todo lo que haces ni siquiera es por iniciativa propia, sino que tu confianza llega a tal grado que sabes que tan sólo estas obedeciendo a Alguien y te dejas guiar. Hay paz. O mejor dicho, eres paz.

         Bien, he tratado lo mejor que me fue posible de exponerte las cuatro fases del desarrollo adulto. Podría decir las fases de una Nueva Conciencia cada vez. Hoy llegué a entender cómo es que “algo está pasando”. Y me emociona que ahora tú también puedas darte cuenta de esta Nueva Conciencia de la que tanto hablo. Ojalá que te sirva (esto lo escribió mi fase conserje). Prometo que muy pronto volveré a escribir para ti en esta, nuestra página de Internet, para compartirte cómo lograr avanzar en este desarrollo, cómo pasar de una etapa a la otra. Hay forma.

         Hoy entiendo porqué antes hablaba de lo que hablaba y por qué escribía de lo que escribía. Y es que en ocasiones hablaba y escribía mi atleta o mi guerrero. En su momento fue bueno, o mejor dicho, me fue bueno. Hoy le es bueno a otras personas y también me alegro por ello. De hecho, si se siguen vendiendo mis libros anteriores es porque todavía hay muchos clientes atletas y guerreros que gustan de esa literatura. De hecho, te confieso que siguen gustando mis conferencias con tinte de guerrero, la única diferencia es que hoy me di cuenta de que gustan no porque yo sea así, sino porque en mi audiencia hay muchas personas que así lo son y les estoy manifestando lo que ellos gustan de escuchar. Pero incluso en esas conferencias que “tengo” que dictar todavía, aprovecho y siempre introduzco un mensaje espiritual. Ese es un gran cambio. Tal vez, esa adaptación a las fases, esa coexistencia de fases ¡sea la explicación al milagro del que te hablé al principio! Podemos convivir porque hay opciones para todas las fases, incluso en un mismo cuadrante de 500 m. a la redonda. Lo único que te puedo decir es que, aunque haya opciones para todo, no te pierdas de la dicha de experimentar quien realmente eres, de experimentar tu verdadero yo. Y la única forma de manifestarlo es evolucionar en tu propia identidad. Esa es mi invitación. Convéncete de que tienes un verdadero yo que puedes alcanzar a conocer. Si así lo eliges, ¡enhorabuena! Ahí nos encontraremos. Hoy tengo la plena certeza de que así se puede conocer a Dios. Lo conozco. Y eso sí, conocer a Dios, es una plena, constante, maravillosa, sublime e indescriptible...

¡Emoción por Existir!

Alejandro Ariza Z.

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